Colegio de Historia y Humanidades de Reynosa

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El objetivo del CHHRAC es investigar y difundir la historia de Reynosa y la región..

27/03/2023

El sirviente ladrón

Reynosa, 1841



EN EL JUZGADO de esta villa de Reynosa, se presentó el día de hoy a las nueve de la mañana don Antonio Peña, demandando a su patrón Pacífico Ochoa, por no haberle pagado su salario durante los últimos dieciocho meses.

El asunto no hubiera llegado a tanta notoriedad a no ser porque, cuando se desarrollaron las primeras diligencias, empezaron a salir los prietitos en el arroz, y los dimes y diretes entre los implicados exacerbaron los ánimos a tal punto que la fuerza pública tuvo que intervenir para evitar mayores desaguisados.



Puesto cada antípoda en su correspondiente esquina, los careos empezaron a iluminar aristas aparentemente oscuras en este caso. Para sorpresa de todos los allí presentes, no todo se concretaba al pago de un salario; esto era ap***s la punta del iceberg. El fino hilo de la justicia iría atando cada uno de los cabos sueltos.

Resulta que como Pacífico Ochoa no le pagaba su salario, Antonio Peña se vio en la necesidad de contratar sus servicios con Patricio Ortiz, quien ofreció una jugosa gratificación si lo reemplazaba en la campaña que el jefe de la milicia local, Sebastián Campos, había organizado para perseguir a los indios bárbaros que andaban cometiendo una enorme serie de tropelías en la región.

Enterado de esta trastada Ochoa encaró a Ortiz, reclamándole que no podía celebrar relación laboral alguna con su fámulo, ya que la ley le autorizaba mantenerlo a su servicio. Impedido por el derecho, don Patricio no tuvo otra alternativa que renunciar a contratar a Antonio Peña.

En respuesta, por no decir en castigo a su sirviente, Pacífico le ordenó que por los próximos quince días, realizaría labores de guardián de su casa, ya que saldría con su esposa de vacaciones a la vecina villa de San Miguel de las Cuevas.

Sin otra alternativa, el indisciplinado doméstico acató la orden sin chistar. Pero llegado el fin de semana, cansado del confinamiento forzoso a que fue obligado, decidió ir con su esposa Pomposa Ríos al baile que ofrecía Valentín Pérez.

Huapango a huapango y copa tras copa, la fiesta fue adquiriendo tonos de verdadera euforia y diversión.

Doña Pomposa, preocupada porque su marido no estaba cumpliendo con las órdenes de su patrón, le pidió que fuera a dar un vistazo a la casa.

Vaya que la consorte de Antonio tenía razón, algo le decía que negros nubarrones se acercaban.

Obligado por la terquedad de su esposa, Peña no tuvo otra alternativa que ir a la casa de don Pacífico. Al llegar a la casa, se encontró con la nada agradable sorpresa de que tres ladrones estaban desvalijándola. Uno de ellos conocido como Cenobio González, alias «El Barril» quien ni tardo ni perezoso puso en una disyuntiva Peña: o aceptaba seis pesos con tal de que se quedara callado y no anduviera de soplón, o bien, ahí en caliente lo mataban.

Como era de suponerse, el sirviente nada tonto, tomó el dinero, regresó al baile y como si nada hubiera sucedido, continuó disfrutando de la amena velada.

De regreso en la villa, don Pacífico fue enterado del robo cometido en su hogar. Con prontitud se avocó a buscar a los siniestros personajes que tuvieron la osadía de cometer el hurto.

Obviamente, el primer sospechoso era su trabajador contra el que arremetió con palabras altisonantes, pidiéndole una explicación. Sin más rincón hacia donde hacerse, Antonio le confesó toda la verdad, señalando que la noche del robo vio a Bernardino González, Francisco Gutiérrez y Pedro Muñoz robando en su casa.

Don Pacífico que para entonces ya había perdido el significado de su nombre, visiblemente trastornado por los acontecimientos, se dirigió con el subprefecto de policía para solicitar el arresto de los malhechores, los cuales excepto Bernardino González, fueron aprehendidos y llevados a la prisión de la villa.

Lo imprevisto del caso se daría a la mañana siguiente, cuando un piquete de soldados allanaron la prisión y sacaron a los reos, llevándolos protegidos a casa de Patricio Valdés, compadre de Pacífico Ochoa.

¿Por qué motivos se facilitó la salida de los reos?, nadie lo sabe, el caso es que nadie hizo comentario alguno al respecto.

Otro hecho que pone en tela de juicio los verdaderos móviles del robo, es el relacionado con el papel que desempeñó el mismo Pacifico Ochoa, quien ahora se sabe, convenientemente preparó el allanamiento de su casa, aun más, cuando los ladrones fueron sacados de la cárcel, no interpuso alegato alguno y a las setenta y cuatro horas de sucedidos los acontecimientos, se comprobó que se entrevistó con Bernardino González en el charco grande.

Por si esto fuera poco, Nepomuceno Barrera, rico comerciante de Laredo, fue señalado como el principal agitador de este galimatías.

Era indudable que en el ambiente flotaban más preguntas que respuestas. ¿Qué se escondía detrás de esta ensalada de enredos? ¿Por qué los militares sacaron a los prisioneros de la cárcel y ninguna autoridad actuó en consecuencia? ¿Acaso el robo fue fingido? ¿Por qué Pacífico Ochoa se entrevistó con el supuesto hombre que encabezó el robo a su casa?

Nunca sabremos la verdad, desafortunadamente, ya que el fuego de este escándalo fue apagado de inmediato con un simple «ustedes disculpen», no hay ni demanda ni demandado.

Queda sin embargo, una postrer pregunta: ¿por qué, nunca se mencionó en las diligencias, en que consistió el hurtó en casa de don Pacífico. ¿Será acaso que nunca existió tal robo y sólo fue una cortina de humo?

De última hora se nos informa que el día de ayer 16 de abril de 1841, fue otorgado a Antonio Peña y Bernardino González, un permiso para vados públicos.4 El permiso lo extendió Pedro García, amigo del subprefecto de la villa y enemigo de Pacífico Ochoa.

Photos from Colegio de Historia y Humanidades de Reynosa's post 09/03/2023

Los repatriados. Reynosa, 1848

Por Adolfo Kott Gramlich


Triste y larga fue la noche para don Manuel del Rivero y su familia en aquel lugar que por muchos años albergó un hogar seguro. Temores y angustias que había en su corazón los acosaban como perros de presa.

Hacía dos semanas que se mantenía al alba. Sus ojos no eran capaces de cerrarse y proporcionarle el reparador sueño que tanto necesitaba. Cavilando en la soledad por la desesperación, se interrogaba: ¿Qué esperar del día cuya llegada parecía demorar? ¿Acaso la vida tendría algún sentido que aún desconocía? ¿En las condiciones actuales, sería posible afirmarse de una vez y para siempre en algo sólido, firme como una roca?

¿A dónde iría a parar el esfuerzo y trabajo de tantos años, en aquellas tierras que desde tiempos inmemorables, eran el sustento de tres generaciones de del Rivero?

Sus angustias y temores empezaron a disiparse un poco cuando se enteró que vía el correo de la cordillera, el gobernador del estado, Francisco Vital Fernández, hizo llegar al Ayuntamiento de Reynosa, catorce ejemplares del decreto expedido el día 19 de agosto de 1848 por el Presidente de la República, José Joaquín de Herrera en el que se comunica a las familias de mexicanos que quedaron en el territorio cedido de los Estados Unidos de América que si así lo desean, pueden ser repatriados a territorio nacional, o bien quedarse en sus lugares de origen y adoptar la ciudadanía americana.

Para tal fin, señala el decreto, los interesados en ser repatriados deberán anotarse en las listas que están dispuestas en los antiguos ayuntamientos mexicanos.

Entrevistado por un medio local, don Francisco Candela, juez de la villa, señaló: «Es de capital importancia que los compatriotas sepan que ninguna autoridad norteamericana los puede presionar o coaccionar para que abandonen sus lugares de origen, posesiones y bienes materiales. Quedarse en el hoy territorio norteamericano o regresar a la República Mexicana, es una decisión estrictamente personal».

El alcalde de nuestra villa, consciente del impacto causado a los mexicanos por la mutilación del territorio nacional que abarcó lo que hoy constituye los estados de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, Wyoming, Texas y parte de Colorado, nos ordenó reproducir textualmente el artículo VIII del Tratado de Guadalupe - Hidalgo, con la finalidad de que las personas involucradas en esta catástrofe, al tomar noticia de ello tengan elementos de juicios que les permitan normar su criterio y tomar las decisiones que más convengan a sus intereses.

Tratado de Guadalupe - Hidalgo, celebrado el día dos de febrero de 1848 entre México y los Estados Unidos de América, con las enmiendas hechas por el Senado americano y aprobadas por el gobierno mexicano.


Artículo VIII.

Los mexicanos establecidos hoy en territorios pertenecientes antes a México y que quedan para lo futuro dentro de los límites señalados por el presente tratado a los Estados Unidos, podrán permanecer en donde ahora habitan o trasladarse en cualquier tiempo a la República Mexicana, conservando en los indicados territorios los bienes que poseen o enajenándolos y pasando su valor a donde les convenga, sin que por esto pueda exigírseles ningún género de contribución, gravamen o impuesto.

Los que prefieran permanecer en los indicados territorios podrán conservar el título y derechos de ciudadanos mexicanos, o adquirir el título y derechos de ciudadanos de los Estados Unidos. Mas la elección entre una y otra ciudadanía deberán hacerla dentro de un año contado desde la fecha de canje del las ratificaciones de este tratado. Y los que permanecieren en los indicados territorios después de transcurrido el año sin haber declarado su intención de retener el carácter de mexicanos, se considerará que han elegido ser ciudadanos de los Estados Unidos.

Las propiedades de todo género existentes en los expresados territorios y que pertenecen ahora a mexicanos no establecidos en ellos serán respetadas inviolablemente. Sus actuales dueños, los herederos de éstos y los mexicanos que en lo venidero puedan adquirir por contrato las indicadas propiedades, disfrutarán respecto de ellas tan amplia garantía como si pertenecieren a ciudadanos de los Estados Unidos.

«Es importante conciudadanos que en la medida de lo posible, tomemos este infortunio con cordura y mesura. Dimensionando en todo tiempo sus diferentes ángulos y facetas, estamos ciertos que no es sencillo aceptar que perdimos más de la mitad de nuestro territorio; para ser exactos un millón doscientos noventa y cinco mil kilómetros cuadrados.

»Sin embargo, no debemos asumir conductas de orgullo vencido, infortunios y ofensas que sólo incitan a la indignación. México es más que eso y aunque los norteamericanos pretendan convertirnos en una especie de Unicum sui generis que todo absorbe y aglutina. Tenemos la capacidad e inteligencia suficiente para responder no con el corazón, sino con el uso de la razón.

»Con lo que quedó de territorio, aprestémonos a fincar para nuestros hijos y nietos, un México más unido, políticamente estable y democrático, con una economía competitiva y pujante que en un lapso muy corto, haga resurgir a este país de entre las cenizas.

Photos from Colegio de Historia y Humanidades de Reynosa's post 27/02/2023

Crónica de Historia Económica y
Social de Reynosa 1770 – 1810

Por Antonio Campos

A partir de su fundación en el año de 1749, los pobladores de la villa de Reynosa se dedicaron a trabajar y explotar los recursos existentes en el territorio con las técnicas de trabajo y la tecnología disponibles, y desarrollar una economía de autoconsumo basada en la cooperación simple de la familia.

La agricultura, en especial el cultivo de gramíneas como el trigo y el maíz se constituyeron como uno de los principales componentes de sus actividades. Estas se realizaron en pequeñas labores con la aplicación de técnicas tradicionales y atrasadas donde no prevaleció el criterio de realizar siembras escalonadas, lo que seguramente les habría permitido cosechar casi durante todo el año.

Por lo general, a años de buenas cosechas le siguieron tiempos de estiajes que provocaron escasez y un ambiente de tensión y zozobra.

Como puede apreciarse en carta que en 1753 Fray Agustín Fragoso envía a las autoridades virreinales comunicándoles que se ve precisado […] dentro de corto tiempo a permitirles a los indios salvajes que se retiren a los montes para mantenerse de sus comistrajos por hallarse totalmente sin maíz para su manutención ante la enorme sequía que prevalecía en la región durante tres años consecutivos.1

En 1775 las sequías continuaban agobiando a la población al punto que el alcalde de la villa, Nicolás Cantú, se ve obligado a solicitar al Justicia Mayor de la villa de Santo Domingo de los Hoyos […] nos haga la gracia de favorecernos con su atención haciéndonos llegar algunas arrobas de maíz a esta villa de Reynosa por las penurias causadas por las largas faltas de agua que han incitado falta de bastimento.2
No sólo las sequías provocaban la falta de abastecimiento de productos agrícolas en Reynosa, sino que a la par, el alto costo de los fletes para su conducción, ya que los caminos para transportar las diferentes mercaderías eran en la mayoría de los casos de difícil acceso, no sólo por lo desigual del terreno y la excesiva vegetación, sino porque la superficie era en algunos lugares blanda, lo que causaba que las carretas constantemente se atascaran.

Las largas distancias entre villa y villa de igual manera frenarían el desarrollo y crecimiento de la agricultura.

A la par de estos problemas, los reynosenses tuvieron que sortear la enorme dificultad que les generaba la extracción de agua del Río Grande, al no poder controlar el abanico aluvial que hacía que las compuertas edificadas en cal y canto cedieran ante el embate de las grandes aguas que anegaban las tierras de cultivo echando a perder las cosechas.

Esta paradoja cíclica de escasez y exceso de agua causó no sólo que la villa fuera cambiada de su asiento original a las Lomas de San Antonio, sino que algunos de sus pobladores la abandonaran emigrando al Nuevo Reino de León, Coahuila y otras villas del Nuevo Santander, esperando encontrar mejores oportunidades de vida.

Testimonios documentales de la época permiten advertir esta tendencia, al evidenciar que muchas familias no lograron conservar sus tierras más allá de la segunda generación.

Este fenómeno migratorio y abandono de tierras fue en aumento a través de los años, por lo que en 1798, el gobernador Manuel Muñoz, preocupado por sus efectos de desarticulación de los intereses geopolíticos de la Corona Española, emite un comunicado no sólo al alcalde de Reynosa, sino a los de las villas del norte, exigiéndoles que

[…] no permitan la venta de tierras que les fueron mercedadas a pobladores de las villas y sus herederos. Ya que está ocasionando muchos problemas al andar mendigando entre los demás vecinos un pedazo de tierra para poder sembrar cuatro matas de maíz de que no les resulta alivio, y sí mucho trabajo.3

Otros dos hechos que habrán de contribuir al deterioro de la agricultura y el abandono de las tierras, fueron por un lado, el alto pago de alcabalas que las autoridades virreinales exigían a los vecinos de Reynosa. Lo que los obliga en 1799 a otorgar a José Nepomuceno Gil y a Juan Antonio Chávez un poder para que los representara ante el virrey de la Nueva España y le solicitaran exonerarles del oneroso pago de alcabalas del cuatro por ciento que están pagando […] ante la notoria escasez de reales, víveres, semillas y decadencia en que se halla esta villa, misma que se manifiesta en que los pocos bienes que poseen se ven precisados a malbaratarlos para poder mantenerse.4

Por el otro, las imposiciones tributarias a la extracción y comercialización de sal de la Real Salina, que dejó de ser obtenida libremente.
Este recurso natural que tanto apoyo dio a las familias reynosenses, en adelante estaría controlado por el gobierno teniendo los pobladores que pagar impuestos cada vez que las carretas extrajeran la sal.

La ganadería fue el sector económico que recibió mayor atención por parte de los pobladores de la villa, actividad que se expandió muy lentamente dado su carácter rústico de crianza, ya que no existía la selección apropiada de pie de cría, la higiene animal era nula, amén que el control del ganado no existía pues estos deambulaban libremente en la vastedad de aquellas tierras que no tenían límites precisos.

Si bien la carne se constituyó como un alimento fundamental en la villa, su precio comercial era bajo, ya que el cuero y el sebo tuvieron más valor, al fabricarse con ellos principalmente arreos de trabajo, jabón y velas.
Sin embargo, la crianza de ganado mular fue de especial relevancia dada su alta demanda al ser utilizada no sólo en tareas agrícolas y ganaderas, sino en caravanas de carretas, grupos de viajeros y por el Ejército.

Al igual que la agricultura, la ganadería tuvo que enfrentar serios problemas y obstáculos que imposibilitaron su crecimiento y desarrollo. Dos de ellos de la mayor relevancia. Primero, el tener que lidiar con los indios, los cuales se constituyeron en un verdadero azote para la villa por sus constantes incursiones para robar ganado y todo género de bienes. Segundo, los abigeos que pululaban por toda la región ocasionando con sus correrías serios estragos de desabastecimiento e ingresos a los pobladores.

Esta ilegal actividad generó sustanciales ganancias a quienes se dedicaron a ella. Involucró redes de parentesco y compadrazgo permitiendo a quienes la ejercieron actuar de manera franca e impune gracias a sus nexos con las diferentes autoridades virreinales.

Muestra de ello es José Nepomuceno Cavazos, quien en 1799 fue aprehendido por las autoridades […] en las inmediaciones de la villa de Reynosa arreando ganado caballar y mular robado con el cual realizaba actividades de faenamiento clandestino y comercialización.5

Sin embargo y a pesar de ser sorprendido en flagrancia, fue exonerado del delito de abigeato.

Otro caso es el de Juan Agustín Molina, Francisco González y Joseph Lerma, acusados por el delito de robo de animales a Ignacio Ramírez y al indio Pedro. Se les impuso como castigo propinarles sólo 15 azotes y con ello evitar ser encarcelados.

Desafortunadamente el abigeato fue un delito que comúnmente no se denunciaba dada la falta de aplicación estricta de las normas legales que lo tipificaban, así como por la impunidad gubernamental que lo rodeaba.
Lo cierto era que aunque los abigeos fueran identificados y en el mejor de los casos, atrapados robando ganado, tardaba más el poblador de la villa en regresar a su casa que los abigeos en recuperar su libertad.

Otro factor que inhibió el castigo al abigeato fue que el proceso de las denuncias era tortuoso dadas las pérdidas de tiempo en los trámites judiciales, con la desventaja de que los delincuentes, al quedar rápidamente en libertad, tomaban represalias contra los propietarios de ganado por el hecho de haber sido denunciados.

Aunado al abigeato, el contrabando, salteadores de ranchos y caminos causarían de igual manera enormes trastornos en la economía de la villa y la región.
Estos delitos encontraron la oportunidad de hacerse presentes en el escenario novosantanderino “gracias” a la baja productividad, escasez de capital, trabas burocráticas, leyes que inhibían el desarrollo de las actividades agrícolas, pecuarias, monopolios y ahorcamiento del comercio.

Por si este obscuro panorama no fuera suficiente, un enorme empobrecimiento popular impulsó a muchos pobladores de la región a ingresar en las filas de estos grupos delincuenciales.
Amén de un escenario regional que había visto sucederse a través de los años una larga lista de conflictos por el acceso a posiciones de poder entre los gobernantes.

Lo que significó que para el logro de sus objetivos se valieran de actividades violentas ejecutadas principalmente por bandoleros y gavilleros.

Al igual que los abigeos, los contrabandistas también capitalizaron las zozobras económicas y políticas de la región desplegando todo género de acciones de comercio ilegal y con ello allegarse buenos dividendos. Al igual que los grupos delincuenciales antes señalados, ellos también gozaron de impunidad.

Melchor Noriega, en 1802 recaudador de las Reales Rentas desde la villa de Reynosa, solicita al gobernador de la provincia del Nuevo Santander se investigue el encubrimiento de contrabando por parte de alcaldes y militares.

En 1803 Melchor Noriega de nueva cuenta informa al gobernador que
[…] se encontraron quince barriles con vino, en un navío como a una legua y media… cerca de las riberas del Río Bravo.6

Los cuales fueron decomisados por Francisco Ballí, alcalde de la villa de Reynosa.

Días después del decomiso el edil Ballí fue conminado por los oficiales de la Real Hacienda, José Ignacio Vélez y Silvestre Juárez a entregarles […] el monto de los barriles de vino que agarró y no notificó a las autoridades.7

En ese mismo año se abre otra averiguación en Reynosa, para que se esclarezca […] la introducción ilegal de tabaco y otros objetos, a cambio de animales (mulas y caballos) por individuos que trasladaron los animales a Estados Unidos.8

El funcionamiento y operación del contrabando contó con varios canales de introducción y comercialización. Uno de ellos fue la ruta que iniciaba en Saltillo pasando por Burgos y llegando a Reynosa.

Otra proveniente del puerto de Corpus Cristi a través de la cual se introdujeron toda serie de géneros provenientes principalmente del noreste norteamericano.

Un ejemplo de cómo se llevaba a cabo el contrabando lo encontramos en el año de 1801, cuando dos individuos se hicieron pasar por soldados y falsificaron un pasaporte para poder transportar y comerciar harina en diferentes villas del Nuevo Santander.
Estas credenciales les facilitaban llevar la carga de harina a cada poblado dejándola a consignación fuera de los canales legales como lo eran los estancos oficiales en que se comercializaba.

Para que este ilícito pudiera cometerse, por regla general los contrabandistas contaron con el apoyo de […] los justicias mayores que les proveían alojamiento y caballos frescos.9

Debió de ser tan extendido el problema del contrabando que orilló al gobierno a tomar medidas muy estrictas.

En 1810 por medio de Bernardo de Portugal, Administrador de Renta del Nuevo Santander se ordena a Daniel Pérez Quijano, Director General de Alcabalas, se refuercen […] las aduanas de los delitos de contrabando que se están realizando en gran manera en la provincia.10

Toda esta problemática de delincuencia no surge como algo espontáneo, es indudable que el hambre y la miseria que atenazó a las villas, así como la falta de una equitativa distribución de la tierra, la inestabilidad política causada por gobiernos efímeros e inoperantes.

Fue el caldo de cultivo propicio para que muchos marginados sociales se situaran fuera de la ley, buscando amparo en las sombras de la delincuencia, que para su expansión precisó de condiciones especiales que se concretaron en la complejidad de la orografía de algunas zonas del Nuevo Santander que permitieron su ocultación.

Así como en una baja densidad de población que propició que sus movimientos se desarrollaran en amplias zonas donde fijaron sus bases logísticas y guaridas alejadas de su actividad delictiva.

Desde el punto de vista militar, estos sujetos no tuvieron estrategias prefijadas, ni acaudillaron a grandes cuadrillas, sus acciones fueron efectivas y su pervivencia considerable, si nos atenemos a datos que confirman su desaparición hasta principios del siglo XX.

En el caso concreto de la villa de Reynosa, este fenómeno obedeció también a la especulación y acaparamiento desmedido de tierras que provocó la expulsión de algunos de los pobladores de la villa, de sus condiciones de trabajo y entorno rural, llevándolos al paso del tiempo al vagabundaje como posteriormente podremos apreciar.

Este monopolio de tierras impulsó el interés pecuniario directo, sin más compromiso de reinversión de sus propietarios que recibir el monto del capital de las transacciones concertadas, motivando que el precio de la tierra no sólo estuviera determinado por su valor de mercado, sino que se incrementara porque poseía adicionalmente la función de atesoramiento y ahorro que la hicieron más costosa.

Los cargos políticos y militares favorecieron esta acumulación de terrenos. Dos familias son especialmente representativas de este fenómeno que actualmente continúa provocando agrias discusiones, elevado pago de abogados e innumerables visitas a las cortes norteamericanas.

Una de ellas, representada por Juan José de Hinojosa, Capitán y Justicia Mayor de la villa y sus hijos, Vicente y Rosa María, la segunda integrada por la familia Ballí.

Al capitán Hinojosa le tocó por órdenes de Juan Fernando del Palacio, Gobernador del Nuevo Santander y José Osorio y Llamas, visitador de esta provincia, formalizar el repartimiento de mercedes de tierras y solares a los vecinos de la villa en el año de 1767.

Lo que indudablemente le permitió poseer un conocimiento amplio de las tierras a repartirse y con estar en posibilidad de realizar transacciones a su favor y el de su familia.

Muestra de ello, en 1793 compra una merced de tierra en el paraje Las Estacas a Pedro Miguel.

A María Susana de Tijerina en el mismo año, en el paraje El Guajolote. Xavier Zamora le vende su tierra en el paraje El Rodeíto. Antonio Margil Cano, su porción en el paraje San José. Adquiere el El Coral, de San José, tierra propiedad de José María Cantú.

En 1798, su hija Rosa María, denuncia ante las autoridades virreinales en San Luis Potosí doce sitios de ganado mayor en el agostadero Las Mesteñas. En el mismo año compra a María Rita de la Garza tierra en el paraje de Las Castañas.

Otorga un poder a Pedro Félix Campuzano para que los represente en el pleito de tierras que tienen con Domingo Guerra en el paraje de La Florida.
Su hermano, Vicente de Hinojosa, en el mismo año otorga a José de Arzúa un poder para que sean agilizadas las diligencias de denuncio de tierra que hace ante la Intendencia de San Luis Potosí.

No sólo la familia Hinojosa se vio envuelta en la compra de terrenos, también tuvieron el control, administración y monopolio del fielato de tabaco, el cual obtuvieron al aportar una considerable suma de dinero a las autoridades virreinales.

Su bonanza económica también se vio reflejada al fundar una capellanía por cuatro mil pesos a favor de su hijo José Nicolás Ballí.

Por lo que respecta a los Ballí, hicieron enorme acopio de tierras.

Estuvieron investidos de poder e influencia política y económica.

Su intervención e injerencia en los asuntos de sus conciudadanos originó cambios significativos en el desarrollo de las actividades económicas y políticas de la villa.

Estuvieron al mando de la villa durante veintinueve años.

No sólo eso, durante sus respectivas gestiones participaron activamente en la firma y certificación de poderes, hipotecas, testamentos, venta y repartimiento de tierras y agostaderos. Llegándose a dar el caso en que no se declararon incompetentes para otorgar a favor suyo, familiares y demás parientes escrituras públicas.

El régimen latifundista, los arreglos y componendas políticas como antes se pudo apreciar condujeron no sólo a la delincuencia, empujaron también a pobladores de las villas al vagabundeo.

Se trató de un problema mayúsculo que obligó al gobierno a calificarlo como una preocupante causa de malestar social y enfrentamiento entre pobres y ricos que generaba inseguridad social.

El alcalde de la villa, Nicolás Cantú, ante la magnitud del fenómeno emite un bando que contemplaba disposiciones muy rigurosas en contra de ellos, decretando:
“Se convoca a los habitantes de esta villa a denunciar a los vagos, o quienes aparenten serlo y no comprueben una manera honesta de vivir.
Los pobladores, sobre todo los de origen español, que den cobijo a los holgazanes sean hombres o mujeres y no los denuncien a la autoridad serán multados y puestos en la cárcel pública.

Los ciudadanos que proporcionen a los vagos alimento y ropa, la autoridad les previene que serán castigados con multa y quince días de cárcel.

Si un vago es encontrado disfrazado de buen ciudadano y es sorprendido por la autoridad, se mandará investigar quién le ayudó, so pena de pasar quince días en la cárcel y el pago de una multa.

Si los vagos una vez expulsados de este poblado tienen la intrepidez de regresar y son reaprehendidos, la autoridad los castigará con azotes y cárcel pública”.11

Este tipo de decreto lo respaldaba el edil en las leyes que tipificaban a la vagabundez como un lastre social y una ofensa a la moral pública y cristiana. Eso sí, ignorando el problema de fondo que era una inadecuada planificación gubernamental de la economía, así como los obstáculos y cerrazones para que esta floreciera libremente de acuerdo a la injerencia directa y abierta de los productores e inversionistas en los diversos sectores que componían la economía Novo Santanderina.

Así con una visión tan cerrada de la realidad los vagabundos no encontrarían lugar alguno en los pocos espacios que les dejaba un sistema que los consideraba perjudiciales.
El gobierno local intentó utilizarlos en labores de servicios públicos, a fin de revertir su estado de briba, sin embargo, esta medida tuvo poco éxito.

Otro hecho que daña la vida económica y social de la villa es la proliferación de bebidas alcohólicas y juegos de azar en el que intervinieron por igual indigentes, pobladores de las villas y la milicia.

Este fenómeno de salud pública se convirtió en un serio problema para las autoridades, a tal grado que ya desde el año de 1776, el alcalde de la villa de Reynosa, Juan Antonio Ballí, da cuenta de él mandando publicar un bando donde prohibieron los juegos de azar.

[…]se prohíben todos los juegos de naipes y palillos, albures y cuetes de donde se experimentan las mayores inconsecuencias, descréditos, daños, quebrantos y pecados públicos y que para incurso en este delito hay notables p***s y estas son las leyes, y pragmáticas de los reynosenses[…]12

En el mismo año la villa de Camargo parece estar experimentando el mismo problema, Blas María de la Garza Falcón, solicita a las autoridades virreinales […]la prohibición de juegos y bebidas embriagantes en la villa, ya que están causando muchos problemas. 13

El virrey de la Nueva España Juan Francisco de Güemes y Horcasitas Primer Conde de Revillagigedo, enterado de la problemática social causada por el consumo de alcohol y los juegos de azar no sólo entre los pobladores de las villas hace saber […]que los militares que sean apresados en juegos prohibidos y consumo de bingarrote se les impondrá arresto en la cárcel del cuartel como castigo.[…]14

Sin embargo, por más decretos que conminaban a los novosantanderinos a alejarse de estas prácticas perniciosas, el hecho era que para el año de 1807, el problema del alcoholismo y el juego de naipes parecía no tener fin; aún lo que era peor, su práctica iba en aumento.

Es Manuel de Iturbe, Teniente Coronel de los Reales Ejércitos quien da cuenta de ello en el año de 1807 notificando a Félix Calleja, Subinspector de las Tropas Provinciales […]que al soldado miliciano que estando de servicio en guarnición o Compañía incurra en delitos como vender ropa, municiones, asistir a juegos prohibidos aún sin participar y embriagarse, entre otros, será corregido con un mes de prisión por la primera vez, dos meses por la segunda y cuatro años en una tercera ocasión.15

Por lo que respecta a la actividad comercial en la villa de Reynosa, esta se caracterizó por ser un sector cerrado, poco significativo al no tener capacidad para producir excedentes y venderlos en otras regiones. Las operaciones e instrumentos financieros eran de igual manera escasos.

La mayoría de las transacciones económicas se realizaron utilizando el trueque como mecanismo de intercambio ante la inestabilidad y volatilidad del peso y el real.

Los precios de los bienes tuvieron fluctuaciones producto de sequías, epidemias, acaparamiento y cuando las autoridades decidían frenar el contrabando.

El crédito fue parte importante en los intercambios mercantiles.
Las adquisiciones de los reynosenses estuvo basada en gran medida en él.

Muchos de los productos fueron introducidos en la villa de manera legal pagando al fisco los correspondientes impuestos y las más de las ocasiones, como antes se señaló, a través del contrabando.
Acto delictivo que se instauró como el mecanismo de mercadeo más importante al no existir un mercado con flujo recíproco y una escala poco significativa de mano de obra y productos.

Al igual que con la agricultura y la ganadería, el comercio sufrió del mismo modo los embates de la maquinaria impositiva virreinal.

En el año de 1791 una Cédula Real notifica a los justicias mayores de los pueblos y villas que por ningún motivo deje de cobrarse y pagar el derecho de alcabalas sobre las ventas realizadas en las villas del Nuevo Santander.

Dicho cobro contemplaba entre otros que: Toda mercancía que saliera o entrara a las villas tenía un impuesto del 5 por ciento. Se cobrará un impuesto por todos los artículos de primera necesidad.

Impuestos sobre el tabaco y el aguardiente.
Por si estos impuestos no fueran suficientes, los pobladores pagarían también el 10 por ciento de los productos agrícolas y ganaderos, lo que se conoció como el pago del diezmo.

A guisa de conclusión podemos decir que este obscuro panorama de la economía reynosense fue producto de la miopía económica de las autoridades virreinales que ahogaron con sus políticas proteccionistas la economía no sólo local, sino novohispánica.

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