19/09/2026
Esta semana me hice muchas preguntas.
Preguntas que nacieron de observar esas conductas que poco a poco se van manifestando durante el desarrollo de los niños y de preguntarme cuánto de lo que vemos pertenece realmente al niño… y cuánto está relacionado con la manera en que los adultos hemos aprendido a criarlo.
Porque la crianza tampoco ocurre en el vacío.
Está atravesada por nuestra historia, nuestras expectativas y, profundamente, por la cultura en la que se construye la relación entre madres, padres e hijos.
Durante los últimos años he estado inmersa en la cultura anglosajona y esto me ha permitido observar de cerca algunas formas de acompañar la primera infancia que me resultan particularmente interesantes.
Pienso, por ejemplo, en tres procesos absolutamente naturales: dormir, comer y dejar el pañal.
Alrededor de ellos han aparecido cada vez más métodos, programas y perfiles profesionales especializados: especialistas del sueño, asesores de alimentación, consultores para el potty training…
Y entonces me surge una pregunta:
¿En qué momento procesos que forman parte del desarrollo comenzaron a convertirse en tareas que el niño debe cumplir correctamente y el adulto debe aprender a ejecutar a cabalidad?
No cuestiono la importancia del acompañamiento profesional cuando una familia lo necesita. Al contrario. Me pregunto por algo más profundo: ¿desde qué mirada estamos acompañando?
¿Desde la observación del desarrollo y sus tiempos individuales?
¿O desde la expectativa adulta de que el niño duerma, coma, controle esfínteres, regule sus emociones y se comporte de determinada manera dentro de ciertos tiempos socialmente establecidos?
Mientras pensaba en todo esto regresé a Montessori.
Y encontré una frase que hoy cobra para mí un significado especial:
“El periodo que va de los 0 a los 6 años es, por tanto, la parte más importante de la vida incluso por lo que se refiere al carácter.”
—Maria Montessori, 1986, p. 244.
Montessori nos invita a mirar el comportamiento infantil desde una perspectiva mucho más amplia. No como una colección de conductas que debemos corregir una por una, sino como la expresión de un ser humano que está construyéndose en interacción permanente con su ambiente.
Y lo dice de una manera todavía más poderosa:
“Para construir el futuro es necesario vigilar el presente. Cuanto más cuidamos las necesidades de un periodo, mayor éxito tendrá el periodo siguiente.”
—Maria Montessori, 1986, p. 244.
Tal vez ahí está una de las claves.
Antes de preguntarnos:
“¿Cómo hago para que duerma toda la noche?”
“¿Cómo consigo que coma lo que debe?”
“¿Cómo logro que deje el pañal?”
“¿Cómo hago para que deje de hacer berrinches?”
podríamos comenzar con otras preguntas:
¿Qué necesita este niño en este momento de su desarrollo?
¿Qué está intentando conquistar por sí mismo?
¿Qué le está comunicando su conducta?
¿Qué obstáculos estamos colocando los adultos, incluso con nuestras mejores intenciones?
Montessori escribió que la construcción del carácter depende de esa “energía vital creativa” del niño y también de “los obstáculos que se pueden encontrar en el ambiente.”
Esto cambia profundamente nuestra mirada.
Porque entonces el comportamiento deja de ser únicamente “un problema del niño” y comenzamos también a observar el ambiente, las expectativas adultas y nuestra intervención.
Quizá algunas veces acompañar no significa hacer más.
Quizá significa intervenir menos.
Montessori dejó una recomendación sorprendentemente sencilla:
“¿Qué consejo podemos dar a las madres? Proporcionar a sus hijos trabajos y ocupaciones interesantes, no ayudarles sin necesidad y no interrumpirlos cuando han iniciado un trabajo inteligente.”
—Maria Montessori, 1986, p. 251.
Y esta semana esa frase se quedó conmigo.
Porque detrás del sueño, la alimentación, el control de esfínteres, los berrinches, la autonomía y tantas otras preocupaciones de la primera infancia quizá necesitamos volver a mirar algo esencial:
al niño antes que a la conducta.
Observar antes de intervenir.
Comprender antes de corregir.
Acompañar antes de apresurar.
Y reconocer que incluso aquello que hoy llamamos “buena crianza” también está profundamente influido por nuestra cultura, nuestro momento histórico y nuestra idea adulta de cómo “debería” desarrollarse un niño.
Así que me quedo con una pregunta que quiero compartir también con ustedes:
¿Estamos acompañando el desarrollo del niño… o intentando que el desarrollo del niño se adapte a los tiempos y expectativas del mundo adulto?