17/10/2025
Oración del bailarín
Doy gracias por la Gracia
de saber con la piel que todo ha de cambiar;
porque el hecho de tratar a solas, públicamente, con mi muerte,
de llamarla por mi nombre y jugar entre sus huecos como un rizo de viento,
me hace estar más presente.
Siempre es hoy; hoy pido
no poder olvidar que estoy hecho de olvido;
tatuar en mis acciones la Historia Universal del movimiento
y dejar que esta se extinga en la milésima fracción del sueño de un impulso.
Que, mientras otros insisten en aprender a levantarse,
no olvide yo cómo caer;
que, en tanto los mandatos principales sean “llenar” y “proteger”,
conserve yo la incomprensible fortaleza que me permite danzar sobre el vacío,
al filo de ninguna otra posesión que no sea la habilidad de dar el fuego
y dejar ir
aquello que se va: el polvo, los imperios, la semántica del puño que no sabe bailar.
Al ritmo me encomiendo,
que sus variantes me destrocen, reinventen y reúnan como el mar a la sal;
que su imán siga comprometiendo los opuestos
en amoroso combate y no en paz falsa: la hipócrita paz en la que el negro no puede fusionarse con el blanco.
Numen del giro, el salto, la extensión,
no permitas que me detenga a pensar en cómo hacerlo;
deja, por el contrario, que, al hacerlo, transforme mi propio ser en pensamiento.
Sembrar raíz, volar desde mi peso,
convocar el alerta para dilapidarlo en energía,
lograr la incauta caricia sobre las bestias del silencio, para hablar desde allí:
desde el abismo de significación en donde la inercia y las palabras no se atreven.
Tempestad de la abeja. Astucia de los gatos. El reposo del pez.
Pero, si fuera mucho lo anterior, tan sólo pido
no romperme esta vez; esta vez, no.
Eso y también, quizá,
que sea imposible distinguir lo que soy de aquello que es la danza.
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Gustavo Emilio Rosales
Texto que forma parte de uno de mis libros, llamado "Fantasmata. Los espectros del cuerpo".