24/05/2026
Hace unos días, algunos niños en la escuela estaban empujando a otros en el juego.
No con maldad, pero sí con fuerza.
En la escuela tenemos un acuerdo claro:
si el nivel de intensidad o rudeza en el juego sube demasiado, deben parar 5 minutos.
No como castigo, sino como pausa para regular y regresar mejor.
Les dijimos: “Si siguen empujando, van a tener que parar un momento.”
Lo volvieron a hacer.
Y cumplimos lo acordado:
paramos el juego para ellos cinco minutos, y luego pudieron regresar.
No hubo gritos.
No hubo castigo.
Solo un límite sostenido con calma.
A los cinco minutos regresaron. Jugaron mejor.
Entendieron.
Porque los niños no necesitan amenazas.
Necesitan adultos que hablen claro, sostengan lo que dicen y no se dejen llevar por el enojo.
Poner límites no es controlarlos.
Es darles estructura.
Es enseñarles qué sí y qué no.
Es mostrarles cómo se vive en relación con otros.
Un límite bien puesto da seguridad, no miedo.
Y sí, puede que al principio se enojen, protesten o digan “¡qué mala eres!”.
Pero lo que les queda es otra cosa:
que los adultos confiables cumplen lo que dicen, sin dejar de estar presentes.
Muchos de los conflictos en casa y en la escuela no se deben a los niños,
sino a que los adultos no ponemos los límites a tiempo,
o no los sostenemos cuando se ponen a prueba.
Poner un límite no es ser dura.
Es ser clara.
Y a largo plazo, es ser justa.
¿Quieres que hablemos más sobre cómo poner límites con firmeza y sin castigos?
Te leo.
MO
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