03/02/2022
Cuando Richard Feynman estaba en la escuela de posgrado de Princeton estudiando física, le llamó la atención un artículo sobre psicología. El autor sugería que el «sentido del tiempo» de nuestro cerebro estaba, de algún modo, determinado por una reacción química en la que participaba el hierro. Feynman llegó enseguida a la conclusión de que aquello era una «solemne chorrada»,1 la cadena de razonamiento era demasiado confusa y contenía demasiados pasos, cada uno de los cuales habría podido ser erróneo. No obstante, acabó tan intrigado por la cuestión propiamente dicha, dónde radica en efecto el control de la percepción temporal, que inició su propia serie de investigaciones pese a que el problema no tenía nada que ver con lo que estaba estudiando en ese momento. Comenzó demostrándose a sí mismo que era capaz de contar mentalmente a un ritmo normal y más o menos constante. A continuación se preguntó qué afectaba a ese ritmo. Al principio pensó que este acaso tuviera algo que ver con la cadencia de los latidos del corazón, pero tras repetir el experimento mientras subía y bajaba corriendo las escaleras (lo que aumentaba el ritmo cardíaco), acabó convencido de que esa cadencia no influía absolutamente en nada. Después intentó contar mientras confeccionaba una lista de quehaceres y mientras leía el periódico, y vio que ninguna de estas actividades parecía afectar al ritmo. Al final comprendió que sí había algo que sin duda no podía hacer mientras contaba: hablar. La explicación de este impedimento era que, en esencia, en el acto de contar hablaba para sí mismo. Al mismo tiempo, descubrió que uno de sus colegas, con el que había hablado del problema, contaba para sí mismo valiéndose de un método distinto: visualizando en su cabeza una cinta móvil con números escritos. Este colega no era capaz de leer mientras contaba pero sí de hablar con facilidad. Partiendo de estos experimentos aparentemente triviales, Feynman concluyó que siquiera la simple acción de contar para uno mismo quizá conllevaba procesos diferentes en el cerebro de cada persona: en un caso, contar significaba sobre todo «hablar»; en el otro, «mirar».
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