17/01/2024
En la antigua Roma era fácil conocer a primera vista a qué clase social pertenecía alguien por el vestido que llevaba e incluso por su peinado.
También el calzado era un signo externo de estatus.
Patricios y plebeyos, cónsules y senadores, civiles y soldados se distinguían por el tipo de calzado que llevaban, al menos en público.
EL CALZADO, UN SÍMBOLO DE CLASE EN ROMA
Desde el principio, el calzado romano de uso común se caracterizó por fijarse siempre al tobillo, pero dentro de esos rasgos generales hubo una gran variedad de tipos, desde botas y zapatos hasta sandalias de toda clase.
La mayoría fueron adaptaciones de los calzados utilizados por etruscos y griegos, aunque los romanos terminaron por apropiárselos y convertirlos en una de sus señas de identidad.
En líneas generales, en Roma existieron tres tipos de calzado:
- las sandalias,
- los zapatos y
- las botas.
Las primeras fueron adoptadas por los romanos del mundo griego.
Llamadas en latín soleae, consistían en una simple suela de cuero unida al pie por suaves lazos o cordones, también fabricados en cuero.
La forma de estos cordones podía variar, pero como norma general la mayor parte del pie permanecía descubierta.
El espesor de la sandalia variaba en función de las condiciones climáticas, siendo muy frecuentes las sandalias reforzadas y acolchadas en los ambientes más fríos.
Otras sandalias de tradición griega eran las crepidae, unas zapatillas con suela de madera y con correas de cuero que se pasaban entre los dedos y que se podían atar de diferentes maneras.
De hecho, las soleae y las crepidae a menudo se confundían entre sí.
Las sandalias eran, sin lugar a dudas, un calzado cómodo, ideal para estar en casa, estaba mal visto llevarlas en público.
Los romanos celosos de las tradiciones nacionales consideraban que era un ejemplo de la corruptora influencia griega, un signo de informalidad (como hoy lo sería salir a la calle con pantuflas) o de pérdida de estatus, pues llevar descubierto el empeine se parecía mucho a ir descalzo, algo que era propio de los esclavos.
Otros decían que era un calzado propio de enfermos y viejos.
Sin ir más lejos, a personajes como Escipión el Africano o Marco Antonio, los criticaron por vestirse con la túnica griega (pallium) y calzar crepidae.
Sin embargo, durante el Imperio la moda de las sandalias griegas se difundió ampliamente; Tiberio, Germánico y Calígula se presentaban en público con sandalias, e incluso aparecían representados con ellas en las esculturas.
Algunos elegantes hasta adornaban con joyas las correas de sus sandalias.
A los banquetes privados sí se podía ir con sandalias, al menos si se iba en litera (lectica); antes de entrar en el comedor, el invitado hacía que sus esclavos le quitaran las soleae y las pedía al marcharse.
Por esto, la expresión soleas poscere, "pedir las sandalias", acabó significando "prepararse para partir".
Un tipo de sandalia muy concreto era el solo alto o coturno, provista de una plataforma y usada por los actores.
UN ZAPATO ELEGANTE
El calzado por excelencia de los ciudadanos romanos fue el calceus (en plural, calcei).
Parecido a un mocasín, estaba hecho de cuero, cubría todo el pie y la planta y se ataba con tiras de cuero en el tobillo o la pierna.
Hay que tener en cuenta que los romanos no usaban calcetines ni medias, aunque la gente humilde seguramente se resguardaban del frío con prendas de lino y de lana.
Los calcei era un calzado pesado y no demasiado cómodo, pero su uso era obligatorio, como el de la toga, para todo ciudadano que se presentaba al exterior.
En cambio, estaba totalmente prohibido llevar calcei a los esclavos.
Existían varios tipos de calceus según la categoría social de cada ciudadano, que se distinguían, entre otros aspectos, por su color.
El calceus senatorius, propio de los senadores, estaba hecho con piel tintada de negro (nigris pellibus). Se distinguía por la suela gruesa con tacón (calx) y porque estaba sujeto con cuatro correas que partían de la suela, llegaban hasta la mitad de la tibia y se ataban en el empeine.
Algunos llevanan un singular adorno de marfil o plata, en forma de pequeña luna creciente, llamada lunula («lunita»); indicaba que quien lo calzaba descendía de alguno de los cien linajes más antiguos de Roma, que integraron el Senado en tiempos de Rómulo.
Según un testimonio de la época bizantina, los cónsules llevaban calcei de color blanco.
Los patricios llevaban un tipo especial de calcei, los calcei patricii, zapatos muy llamativos por su color marrón oscuro.
Aparte del color resulta difícil determinar las diferencias entre el calzado patricio y el senatorial.
En todo caso, un edicto imperial del siglo III fijó los precios de unos y otros: los calcei senatorii valían 150 denarios, mientras que los calcei patricii costaban 100.
El calceus mulleus estaba reservado a las personalidades más elevadas del Estado romano, en particular al emperador.
Eran de color púrpura y recibieron el nombre de mullei en alusión a la tonalidad que adquirían por haber extraído el pigmento de un caracol llamado mulleus.
Por otro lado, se encontraban los calcei ripandi, unos zapatos de tradición etrusca con la punta realzada y ligeramente enroscada.
Los plebeyos también llevaban calcei, pero más burdos y baratos. La versión más simple y robusta utilizada por la plebe era el pero, un zapato sin tacón que cubría el tobillo, dejando libre la pierna, a diferencia de los calcei lujosos.
Los más pobres y los esclavos solían usar viejos zapatos remendados.
La gente pobre también podía llevar suecos de corcho o de madera, los sculponeae, o bien, sencillas sandalias confeccionadas únicamente con fibras vegetales.
BOTAS PARA LOS LEGIONARIOS
En cuanto a las botas o caligae, similares en cierto modo a las sandalias, fueron utilizadas por los campesinos, por los jornaleros y, sobre todo, por los soldados roldados; de ahí que a los militares se los conociera también como caligati.
Excepto los oficiales de más alto rango, que para destacar entre sus hombres utilizaron los calcei.
Los soldados calzaron botas de cuero dotadas de anchos y firmes cordones que llegaban hasta los tobillos; para proporcionar a este tipo de calzado mayor tracción y resistencia, se clavaban en la suela casi un centenar de tachuelas de hierro o de cobre; experimentos modernos han demostrado que con este sistema las botas podían aguantar hasta mil kilómetros de marcha.
Tomado de la red
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