09/07/2025
Este es un texto escrito por Luis Fernando Cabrera que habla de una realidad que se vive mucho en los contextos escolares, dejemos ya de ver minimizada la capacidad de aprender, de sentir, de entender a la niñez con discapacidad. Te invito a que leas el texto, como profesionales, como familia, como vecino, amigo, etc. debemos también verlos sin etiquetas, todos tienen un nombre, que los identifica igual que el tuyo o el mío
Hace unos días preparaba una conferencia sobre niñez y discapacidad.
Y me atreví a profundizar en un terreno que muchas veces prefiero no tocar.
En esos recuerdos que, aunque uno crea superados, siguen ahí.
Pensé en el capacitismo. En cómo nos atraviesa toda la vida.
Pero sobre todo, en cómo se cuela con brutalidad en la niñez.
Porque cuando somos niñas y niños no tenemos defensa.
No tenemos herramientas. No tenemos lenguaje para resistir.
Todo lo absorbemos. Y eso que absorbemos echa raíces.
Raíces que se aferran al alma.
Como personas adultas, por más cruel que sea el capacitismo,
tenemos formas de enfrentarlo, de cuestionarlo, de ponerle nombre.
Pero como niñas y niños… no.
De niñas y niños creemos que los adultos tienen la razón.
Y cuando escuchamos “pobre de ti”,
“qué triste que estés así”,
“qué tragedia lo de tu hijo”,
“ojalá pudiera mejorar”,
“a ver si un día camina”,
“es un angelito”,
“Dios da estas pruebas a quienes las pueden soportar”…
lo creemos.
Y también creemos cosas que no se dicen pero se sienten:
cuando alguien baja la voz para hablar de nosotras o nosotros,
cuando no nos miran directamente,
cuando preguntan si “estamos bien” en vez de saludarnos,
cuando nos dicen “no preguntes”,
cuando le dicen a mamá: “él está malito, ¿verdad?”
Cuando los juegos no son para ti,
cuando el deporte no es para ti,
cuando no te invitan,
cuando te excluyen,
cuando sutilmente, desde niño, la sociedad empieza a hacerte sentir
que estás mal por no encajar en ese molde.
Y cuando lo escuchamos en casa, en la escuela, en la calle,
cuando lo sentimos en la forma en que nos miran, nos aíslan o nos sobreprotegen,
el mensaje cala hondo:
que algo está mal en nosotros,
que somos menos,
que damos lástima.
Y así empieza el capacitismo interiorizado.
Desde la infancia.
Cuando no hay defensa.
Cuando nadie lo nombra.
Cuando duele y no sabemos por qué.
Quizá pasen décadas para desenterrar esas raíces.
Quizá incluso tengamos que volver a esas heridas para entendernos.
Pero es necesario decirlo:
el capacitismo en la niñez es una violencia silenciosa,
normalizada, y muchas veces celebrada como ternura o compasión.
Y lo que no se nombra, no se transforma.
Hoy tengo una voz poderosa.
No para hablarme solo a mí,
no para hablar solo a las personas con discapacidad.
Tengo una voz poderosa para decirle al mundo:
nada que normalizar,
nada que curar.
Eres tan valioso, tan valiosa, como todas y todos.
Tu dignidad siempre primero.
Eso es lo que debimos escuchar desde el principio.
Y eso es lo que niñas y niños con discapacidad necesitan escuchar hoy.
Y si queremos cambiarlo, necesitamos empezar desde las infancias.
Porque sí, hay otras formas de criar, de enseñar, de acompañar:
🔸 Deja de hablar con lástima frente a niñas y niños con discapacidad.
🔸 No uses sus historias como ejemplos de superación.
🔸 Escúchales sin minimizar lo que sienten o piensan.
🔸 Asegúrate de que puedan jugar, participar, decidir, ser parte.
🔸 No los excluyas ni los sobreprotejas: inclúyelos con dignidad.
🔸 Cuida el lenguaje con el que te refieres a ellos.
🔸 Educa también a otros niños y niñas para que no repitan violencias.
El cambio empieza por dejar de actuar como si la niñez con discapacidad no sintiera o no entendiera.
Sí sienten. Sí entienden. Y sí recuerdan.