05/10/2026
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Déjame solo un rato
Por Koko Lemus Abreu
Licenciado en psicología, Maestro en ciencias pedagógicas y Doctor en educación
Hay una frase que puede sonar peor de lo que significa: “quiero estar solo”. La escuchamos después de una
discusión y pensamos que alguien está huyendo. La dice un compañero que rechaza una invitación y
sospechamos que algo le pasa. Si una persona disfruta comer sola, caminar sin compañía o cerrar la puerta
durante media hora al llegar a casa, tarde o temprano alguien preguntará si está bien. Hemos aprendido a
mirar con cierta desconfianza a quien se aparta. Existen buenas razones para preocuparnos por algunas
formas de desconexión social, pero esa preocupación ha terminado mezclando experiencias
psicológicamente distintas.
Aislamiento, soledad y solitud suelen utilizarse como si describieran lo mismo. El aislamiento se refiere a
una reducción objetiva del contacto social y puede ser voluntario o impuesto. La soledad es una experiencia
subjetiva: sentimos que nuestras relaciones o conexiones no corresponden con aquello que necesitamos. Por
eso podemos sentirnos profundamente solos rodeados de gente. La solitud describe algo diferente: estar
voluntariamente sin interacción social inmediata. Puede durar una tarde o apenas quince minutos y, bajo
ciertas condiciones, convertirse en un espacio para regular nuestro estado emocional. Ninguna de estas
experiencias es saludable o perjudicial por definición. Hay que observar su función. No toda persona que
está sola se siente sola. Pero tampoco toda persona que elige estar sola se está regulando.
La preocupación científica por la soledad tiene sustento. Una revisión publicada en septiembre de 2026 por
Christine Dworschak analiza su relación con la regulación emocional y recupera una metaanálisis de 61
estudios que reunió datos de 40,641 participantes. La asociación entre soledad y dificultades generales de
regulación emocional alcanzó r = 0.49; también aparecieron asociaciones con rumiación y supresión
expresiva. Correlación no significa causalidad: esos datos no demuestran que una mala regulación produzca
soledad ni que sentirse solo provoque necesariamente dificultades regulatorias. Sí sugieren que ambos
fenómenos mantienen una relación que merece atención. La misma revisión señala que las intervenciones
dirigidas a disminuir la soledad suelen obtener efectos modestos, lo que obliga a pensar que aumentar el
contacto social por sí mismo no resuelve necesariamente la experiencia subjetiva de desconexión.
Quizá esa evidencia explique parte de nuestra prevención cultural frente a estar solos. Sabemos que el
aislamiento persistente puede asociarse con problemas de salud y terminamos sospechando también de la
decisión voluntaria de apartarnos durante un rato. Sin embargo, conviene hacerse una pregunta: ¿cuándo fue
la última vez que estuviste realmente solo? No cuenta permanecer en una habitación mientras respondes
mensajes. Tampoco conducir escuchando una reunión del trabajo o acostarte revisando redes sociales.
Piensa en un periodo breve durante el cual nadie esperaba una respuesta inmediata de ti y tú tampoco
llenaste automáticamente ese espacio con nuevas entradas. ¿Cuánto tiempo tardarías en sentir la necesidad
de hacer algo?
Nuestra capacidad para ocupar cada minuto disponible hace difícil responder. Esperamos y miramos el
teléfono. Comemos solos y ponemos un video. Caminamos escuchando un podcast. Ninguna de esas
conductas es necesariamente problemática. La pregunta aparece cuando descubrimos que nos resulta extraño
permanecer unos minutos sin responder a algo exterior. Podemos estar cansados y continuar atendiendo
pendientes. Podemos reconocer irritación y seguir conversando. Sentimos que necesitamos apartarnos y
pensamos: “después descanso”. Ese después suele llegar cuando nuestro estado ya está afectando la manera
en que tratamos a los demás.
Una investigación publicada el 21 de septiembre de 2026 en BMC Psychology permite mirar esa experiencia
desde otro ángulo. Yi-Hsin Lai, Dong-Ling Jhu y Kun-Hua Lee estudiaron a 392 adultos taiwaneses y
desarrollaron el Assessment of Solitude as Emotion Regulation (ASER). Su propuesta consiste en observar
la solitud como un proceso temporal de regulación emocional: qué ocurre antes de buscar estar solos, qué
hacemos durante ese periodo y qué sucede después. Los resultados iniciales mostraron que las asociaciones
con bienestar afectivo aparecían principalmente en lo ocurrido durante la solitud y después de ella. La
frecuencia de estar solo, por sí misma, aportaba mucha menos información. Los autores son prudentes: el
estudio utiliza autoinformes, corresponde a una población específica y no demuestra que retirarse durante
cierto tiempo produzca bienestar. Tampoco presenta la solitud como tratamiento. Su aportación resulta
interesante precisamente porque desplaza la atención desde cuánto tiempo estamos solos hacia qué hacemos
psicológicamente con ese tiempo.
Investigaciones experimentales anteriores ya habían encontrado que periodos breves de solitud pueden
reducir estados emocionales de alta activación. En algunos experimentos, aproximadamente quince minutos
a solas produjeron un efecto de desactivación tanto sobre emociones positivas intensas como sobre algunas
negativas. Otros trabajos han encontrado resultados más variables según el contexto y las características de
las personas. La conclusión razonable está lejos de recomendar quince minutos diarios de aislamiento como
nueva receta de bienestar. Estar solo cambia las condiciones en las que nuestro sistema nervioso está
respondiendo; lo que ocurra después depende de muchas otras variables.
Ahí aparece el retiro regulatorio. Pensemos en alguien que llega a casa después de varias horas atendiendo
demandas. Está cansado, comienza a irritarse con facilidad y nota que cada nueva petición le cuesta más.
Podría continuar respondiendo hasta que una pregunta perfectamente razonable provoque una contestación
desproporcionada. También podría reconocer su nivel de activación y reducir durante unos minutos las
demandas externas. Esa retirada no elimina la emoción. Crea condiciones para observarla antes de continuar
actuando desde ella.
La dificultad es que muchas personas interpretan ese espacio como una falta. Si alguien nos necesita,
permanecemos disponibles. Si queda trabajo pendiente, seguimos. Si estamos en casa, siempre parece existir
algo que podríamos hacer. Reconocemos el cansancio, pero no consideramos que sea razón suficiente para
interrumpir temporalmente nuestra disponibilidad. Nos damos permiso para estar solos cuando ya
terminamos todo, una condición bastante difícil de alcanzar.
La neurociencia tampoco necesita explicarse mediante la vieja imagen de una amígdala que secuestra al
cerebro mientras la corteza prefrontal deja de funcionar. La regulación emocional implica redes distribuidas
relacionadas con atención, valoración de relevancia, control cognitivo y procesamiento de señales
procedentes del propio organismo. Antes de decir conscientemente “estoy saturado”, pueden aparecer
cambios en la respiración, tensión muscular, dificultades para concentrarnos o mayor sensibilidad a
estímulos que minutos antes tolerábamos. Esas señales no constituyen un diagnóstico ni indican
automáticamente qué emoción sentimos. Son información sobre nuestro estado. La cuestión es si hacemos
algo con ella.
Retirarnos tampoco garantiza regulación. Podemos cerrar una puerta y pasar cuarenta minutos
reconstruyendo una discusión, revisando mensajes o imaginando lo que deberíamos haber respondido.
Físicamente abandonamos la situación; nuestra atención continúa completamente atrapada en ella. Podemos
utilizar el teléfono para distraernos y sentir alivio temporal. También podemos descubrir que debajo de
aquello que llamábamos enojo había cansancio, vergüenza o tristeza. Desde afuera todas estas personas
están haciendo exactamente lo mismo: están solas. Psicológicamente están haciendo cosas muy diferentes.
Por eso la secuencia propuesta por Lai y sus colegas resulta tan útil fuera del laboratorio: antes, durante y
después. ¿Cómo estaba cuando decidí apartarme? ¿Qué hice realmente durante ese tiempo? ¿Cómo regresé?
La última pregunta quizá sea la más reveladora. Si después de veinte minutos puedo escuchar mejor,
disminuyó la urgencia por reaccionar y entiendo un poco más lo que estaba sintiendo, aquel espacio
probablemente tuvo alguna función regulatoria. Si salgo todavía más irritado o necesito aislarme
indefinidamente, ocurrió otra cosa.
La solitud tampoco necesita convertirse en una nueva obligación de autocuidado. Algunas personas buscan
demasiado refugio en ella y otras apenas pueden tolerarla. También están quienes desean unos minutos a
solas y nunca consideran legítimo concedérselos. Quizá pertenezcas a ese último grupo. Sabes que estás
saturado, reconoces que preferirías que nadie te hablara durante un rato y, aun así, continúas disponible
hasta que tu propia conducta anuncia aquello que llevabas tiempo sintiendo.
“Déjame solo un rato” puede expresar rechazo, evitación o cansancio. También puede ser una petición
bastante sensata: necesito dejar de responder durante unos minutos para recuperar capacidad de elegir cómo
quiero responder después. La diferencia no está únicamente en cerrar la puerta. Está en aquello que hacemos
mientras permanece cerrada.
Tal vez por eso la pregunta interesante no sea cuánto tiempo deberíamos pasar solos. Tampoco necesitamos
decidir si la solitud es buena o mala. Podemos comprobar algo bastante más concreto la próxima vez que
necesitemos apartarnos: cuando regreso, ¿estoy en mejores condiciones para volver?
Sanar es amar.