27/03/2024
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Aurora, Blancanieves, Cenicienta. Todas eran jóvenes, bellas, pasivas y dóciles; y los príncipes, enérgicos, aventureros, potentes y, sí, quizá algo maniacos, por aquello de tomarlas como suyas sin preguntarles siquiera. ¿A quién podía ocurrírsele cuestionar esos romances? ¿Qué niña decente se habría preguntado acerca de las intenciones de los autores de aquellos relatos? Porque lo cierto es que ninguna de nosotras pensaba entonces que los hermanos Grimm eran hombres que contaban lo maravilloso que era ser hombre y lo aburridísimo que era ser mujer. Nuestra meta era el amor del príncipe, y si para ello había que ser buenas, pues seríamos buenas, lo cual no significa protagonistas. Porque en los cuentos de hadas, nos dimos cuenta con el tiempo, que las verdaderas protagonistas son otras mujeres: unas que no piensan en romances ni se quedan sentadas, y menos aún dormidas a la espera de que un hombre las salve. Son tan dueñas de su vida que era importante que entendiésemos que eso no estaba bien, así que las transformaron en malvadas y buscaron cualquier motivo que las convirtiera en nuestras enemigas.
De nuevo el mensaje cala: nuestra naturaleza es perversa y ha de ser contenida, a ser posible por un hombre, al cruzar el umbral de la adolescencia, cuando dejamos de ser niñas inocentes para convertirnos en mujeres.
Durante muchísimos años, entre las peores malas de cuento despuntaron las madrastras malvadas. O deberíamos decir madrastras, a secas, ya que no existían de otra naturaleza.
Las madrastras no eran una figura insólita a principios del siglo XIX: en aquella época, muchas mujeres morían durante el parto, y era de esperar que los hombres volvieran a casarse con otras más jóvenes, capaces de cuidar de su prole y de darles más hijos, que para eso estaba el sagrado matrimonio, al fin y al cabo.
En las primeras versiones de aquellos relatos orales que los her manos Grimm popularizaron, las madrastras no eran la única encarnación del mal. Hay que decirlo: muy a menudo, la mala era la madre biológica. El cuento cambió, literalmente, cuando los Grimm reemplazaron a las madres malas por las madrastras malvadas, convirtiéndolas en un chivo expiatorio, en la imagen de todo aquello que iba en contra de lo que se esperaba de las mujeres y de la maternidad.
Las madrastras de Cenicienta, Hansel y Gretel, Rapunzel y la Bella Durmiente son buenos ejemplos. Y, desde luego, la de Blancanieves; el primer personaje así de cruel en una película de Disney.
Con los Grimm a los mandos, a partir de 1819 todas las versiones de Blancanieves contaron la historia de una reina que deseaba tener una hija y que moría al parirla, pero en el relato original de 1812. aquella reina no moría al dar a luz a la niña; más bien lo contrario: vivía para hervir de celos a causa de la belleza de su hija, de piel blanca como la nieve, cabello negro como el ébano y labios rojos como la sangre. Lo mismo ocurrió con Hansel y Gretel: no fue hasta la versión de los Grimm de 1840 cuando la madre que empujaba al marido a abandonar a sus hijos en el bosque por no poder alimentarlos (y, de hecho, para poder alimentarse de ellos) se transmutó en bruja maléfica. Antes de ese giro, la mujer que había parido a los pequeños era su peor pesadilla. Una representación un pelín perturbadora de quien nos trae al mundo.
Sin embargo, según la visión de la época, una razón de considerable peso subyacía a este cambio que redimía a las madres y condenaba a las segundas esposas.
Las madres malvadas y crueles constituían un desafío a los valores familiares del siglo XIX, mientras que las madrastras, figuras que llegaban a la familia quién sabe de dónde, podían encarnar el mal sin arrastrar consigo las estructuras patriarcales. Si las madres no eran santas, Dios nos libre, todo lo que ellas tocaran podría acabar corrompido: léase, los niños. Difícil aceptar algo semejante. De modo que los Grimm en realidad creían estar poniendo a salvo la maternidad. Sí, la naturaleza pérfida de las madrastras también es un cuento.
Liantas y envidiosas, las madrastras de los Grimm encuentran satisfacción en fastidiar a las hijastras, aunque no haya herencia ni amor por el que competir. Al final, siempre aparece un motivo.
Según el historiador alemán Eckhard Sander, el cuento de Blancanieves estaría basado en la historia real de la condesa alemana Margarita von Waldeck, que vivió en la primera mitad del siglo XVI. Se cuenta que Margarita coincidió en su juventud con el príncipe Felipe de España, con quien tuvo una aventura, y que fue envenenada por la corte del emperador Carlos V, que no veía con buenos ojos ese romance. Por supuesto, la culpable acabó siendo la madrastra, y en manos de los Grimm, el motivo del conflicto pasó a ser algo tan voluble como la belleza (algo que, con razón, desde pequeñas interiorizamos como un asunto trascendental). Para derramar más sangre, en el cuento se castiga a la madrastra con unos zapatos de metal ardiente con los que tendría que bailar hasta el día de su muerte.
Debe de ser pura casualidad, pero las madrastras perversas de los Grimm, y de Disney después, son mujeres fuertes y astutas que no dependen de ningún hombre. Y por si fuera poco, les sobra ingenio e iniciativa. Si no se dedicasen a intentar matar a diestro y siniestro, hasta podríamos admirar sus enormes talentos.
Las heroínas de los cuentos, en cambio, no muestran un pelo de voluntad propia. Blancanieves jamás cuestiona a su madrastra y, en cambio, acepta todos los venenos que aquella le ofrece. Rapunzel se resigna mansamente a vivir desterrada por la hechicera malvada hasta que el príncipe ciego se t**a con ella en el bosque. Cenicienta no habría pasado a la historia si la mano derecha del rey (otro hombre) no hubiese insistido tanto en que se probase el zapato de cristal que todas ansiaban, hasta el punto de que una de sus hermanastras incluso llega a amputarse los dedos del pie para poder calzarlo.
Son las madrastras las que se echan a la espalda el peso de los cuentos. Sin ellas, la historia sería un culebrón como cualquier otro. Para derrotar a mujeres de esta talla, enemigas declaradas de otras más jóvenes e indefensas, hace falta un hombre; y si es príncipe, mejor, que así podrá mantenerla de por vida, para que ya no necesite salir de casa y meterse en problemas. En los cuentos tradicionales, son ellos los que viven la aventura y los que imprimen aliento vital a la vida de las doncellas, incluso sin su consentimiento. Como anota Hélène Cixous en La risa de la medusa, cuando estas mujercitas inertes vuelven al mundo real, su primera visión son los príncipes, sus salvadores, su nuevo universo de referencia. Solo ellos pueden restablecer el equilibrio roto por alguien que podría haber sido una amiga y compañera.
Con los años, a medida que dejé de ser la niña a la que llamaban loca, entendí que aquello solo eran cuentos, pero se habían reproducido tantas veces en mi cabeza que la lección había quedado grabada. Y de pronto, ¡sorpresa!, me veo envuelta en una relación amorosa en la que, como por encantamiento, yo soy la madrastra de la historia, y ahí ya no hay nada de ficción.
Todo iba genial, me llevaba bien con el hijo de mi pareja e incluso con la madre del niño, porque a esas alturas ya había entendido que la otra no era mi enemiga. Aun así, no sabía cómo nombrarme (o sí, pero no me atrevía, porque eso de arriesgarme a que me hicieran bailar con zapatos candentes no me apetecía nada): no era la amiga, ni la prima, ni la novia del padre. Era otra cosa, esa figura innombrable. Porque intuía que si decía tres veces la palabra madrastra delante del espejo, me convertiría en bruja de inmediato y todo el mundo lo notaría. Es algo que ocurre con las malas: siempre llaman la atención.
Como lo que no se nombra no existe, sentía que andaba por la periferia de una galaxia a la que quería pertenecer, como un planeta raro al que aún no han puesto nombre. Me llevó un año y medio aquel bautizo. Tenía que mirarme en el espejo y decir con voz fuerte: MA- DRAS-TRA.
Y entonces la magia -o la brujería, porque quién podría distinguirlas- hizo su trabajo: lo dije, y el niño me dio una varita de hada y se rió, porque en el fondo él ya lo sabía. Y ya está, no había nada malo en mí. Ya era parte de esa galaxia.
Autora e ilustradora: Maria Hesse
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