27/12/2025
“A los niños se les manda al colegio para que los formen, no para que los eduquen”. Esta frase es engañosa, porque reduce un problema complejo a una consigna que, en la práctica, termina cargando culpas y ocultando responsabilidades estructurales.
La formación en valores no ocurre en compartimentos aislados. La familia es el primer espacio de socialización, sí, pero no es el único ni actúa en condiciones ideales. Familias atravesadas por jornadas laborales extensas, precariedad económica, violencia comunitaria o exclusión social educan como pueden, no como quieren. Pretender que ahí se resuelva todo es desconocer la realidad social del alumnado.
La escuela, por su parte, no es un espacio neutro. Cada norma, cada sanción, cada forma de evaluar, cada interacción cotidiana transmite valores. Cuando una escuela castiga el error, fomenta la competencia extrema o normaliza la desigualdad, también está educando moralmente, aunque no lo reconozca. Negar esta función no elimina el efecto: solo lo vuelve irresponsable.
El discurso oficial suele decir: “la escuela apoya, la familia educa”. Pero cuando aparecen problemas de convivencia, violencia, discriminación o apatía escolar, la mirada gira de inmediato al aula y al docente. Se exige que el maestro forme ciudadanos éticos, regule emociones, contenga crisis familiares y garantice resultados académicos, todo sin condiciones materiales ni respaldo institucional suficiente. Esta contradicción es funcional a un sistema que delega sin invertir.
Cargar la responsabilidad moral exclusivamente en el docente es injusto. No solo porque excede su rol, sino porque invisibiliza la obligación del Estado de construir políticas educativas integrales, con apoyo psicosocial, trabajo con familias y comunidades, y marcos claros de corresponsabilidad. Pedirle al maestro que “eduque en valores” mientras se le niegan recursos, formación y tiempo es una forma de desgaste profesional normalizada.
Educar en valores es una tarea compartida, conflictiva y política. Requiere diálogo entre escuela y familia, sí, pero también condiciones dignas, coherencia institucional y un sistema que deje de usar al docente como amortiguador de todas las fallas sociales. Mientras no se diga esto con claridad, seguiremos repitiendo frases cómodas y sosteniendo prácticas que profundizan la desigualdad.
Porque no: los valores no se tercerizan, ni se improvisan, ni se imponen por decreto. Se construyen colectivamente. Y eso exige asumir responsabilidades reales.
Fuentes de información
Bourdieu, P., & Passeron, J. C. (2009). La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Madrid: Popular.
Delors, J. (1996). La educación encierra un tesoro. Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI. París: UNESCO.
Dubet, F. (2010). El declive de la institución. Barcelona: Gedisa.
Freire, P. (2004). Pedagogía de la autonomía. Ciudad de México: Siglo XXI Editores.
Tedesco, J. C. (2012). Educación y justicia social. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
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