11/07/2026
KINGO NONAKA, UN MIGRANTE JAPONÉS EN LA REVOLUCIÓN MEXICANA...
Biografía...
Nacido en la prefectura de Fukuoka, Japón, el 2 de diciembre de 1889, el joven Kingo Nonaka llegó a México en 1906, a la edad de tan sólo 16 años, como inmigrante japonés al lado de muchos otros de sus compatriotas.
Su objetivo era trabajar en el cultivo de café en Chiapas. Su arribo fue a través del puerto de Salina Cruz, Oaxaca. Sin embargo, después de laborar por un tiempo decidió partir hacia los Estados Unidos en busca de mejores condiciones de vida, llegando a Ciudad Juárez, Chihuahua, después de tres meses de caminata siguiendo las vías del tren. Establecido en Ciudad Juárez fue adoptado por una señora llamada Bibiana Cardón, quien lo bautizó y le dio educación y manutención.
El capitán Nonaka en el movimiento revolucionario…
Tiempo después, trabajó como enfermero en el Hospital Civil de Ciudad Juárez donde le tocó vivir de cerca el conflicto revolucionario enrolándose como enfermero en la sección de sanidad del grupo maderista y después con los villistas en la famosa División del Norte.
En ese hospital Kingo trabajará durante varios años. Al respecto existe una anécdota que forma parte de la narrativa de la historia nacional donde participó Kingo Nonaka vinculado con el líder revolucionario Francisco I. Madero: la noche del 4 de marzo de 1911, llegó Madero a Galeana, Chihuahua, para planear desde allí un ataque a Casas Grandes. Dos días después, el 6 de marzo, Madero atacó Casas Grandes defendida por el coronel Agustín Valdés, pero el ataque fue repelido y los revolucionarios dispersados por el oeste y el sur, Madero resultó herido de un brazo y el ingeniero Eduardo Hay perdió un ojo y fue capturado. De esa batalla revolucionaria don Kingo será el enfermero que curará la herida de Francisco I. Madero. Se trata de un hecho registrado en los libros de historia de ese periodo, inclusive existe una fotografía donde aparece Madero con un vendaje en la mano derecha, pero la anécdota de que fue el enfermero Nonaka quien lo atendió, personalmente, no está registrada en sus páginas.
Sin embargo, ahí .no terminan las andanzas de don Kingo Nonaka en la Revolución Mexicana, ya que hay otras experiencias que a Nonaka le tocó vivir al lado de otros personajes relevantes como el mismísimo Pancho Villa y Rodolfo Fierro, en los álgidos años del movimiento armado.
En su interesante narrativa don Kingo rememora cómo conoció a Francisco Villa, y cómo por órdenes expresas de él se conformó el mejor servicio sanitario de la Revolución Mexicana, participando entre 1913 y 1914 en. las batallas de Chihuahua, Ojinaga, Bermejillo, San Pedro de las Colonias, Paredón, Torreón y Zacatecas, así como las del bajío.
Presencia en Tijuana y legado a la historia e identidad regional…
En 1915, el capitán Kingo Nonaka, después de sortear diversas acciones de guerra al lado del general Pancho Villa en la sección sanitaria de la División del Norte, regresó a Ciudad Juárez a trabajar en el Hospital Civil. Ahí conoció a la enfermera Petra García Ortega, con quien contraería matrimonio y procrearía cinco hijos: María, Uriel, Virginia, José y Genaro.
En 1919 renunció al hospital y en 1921 se trasladó a residir a Baja California. Anduvo en Mexicali y Ensenada, pero es en Tijuana en donde se quedó a vivir en compañía de su familia. En esta población fronteriza se empleó como barbero y después laboró en el comercio. Para 1924, el señor Nonaka recibió su carta de naturalización como ciudadano mexicano, firmada por el presidente Plutarco Elías Calles.
En 1923 comenzó a tomar fotografías e instaló un estudio fotográfico ganando rápidamente fama como fotógrafo entre la comunidad tijuanense. En ese contexto, las autoridades de la Delegación de Gobierno lo contrataron para que tomara fotografías a los reos y presos que se localizaban en la cárcel pública, siendo fundador del Departamento de Identificación de la Comandancia de Policía de Tijuana. Con el fin de mejorar su condición como policía y fotógrafo, estudió por correspondencia un diplomado en "Fotografía, Dactiloscopia, Criminología y Grafología", graduándose en 1933 por el Institute of Applied Science, de Chicago, Illinois, Estados Unidos.
Entre 1923 y 1942, el fotógrafo Nonaka tomó con su cámara Graflex cientos de imágenes de la Tijuana de los años veinte, treinta y principios de los cuarenta, en especial de las actividades cotidianas de sus habitantes. Por ello, este personaje japonés fue un pionero de la fotografía de la ciudad, ya que sus imágenes se han constituido en clásicas para conocer la Tijuana de ese periodo.
En este mismo orden de ideas, es oportuno recalcar que el señor Nonaka era un conocido miembro de la comunidad tijuanense de la época: sus hijos fueron a la Escuela Primaria "Miguel E Martínez" y "Álvaro Obregón". Don Kingo era un respetable integrante del Cuerpo de Policía de Tijuana. Pertenecía a la Logia Masónica de los Elks y su esposa Petra a la Logia Minerva; asimismo formó parte de la Asociación Japonesa de Tijuana. En 1934 creó una escuela mecánica automotriz para dar oportunidad de estudios a los jóvenes de la época.
Su vida posterior en Ciudad de México…
En 1942, debido a los sucesos de la Segunda Guerra Mundial, don José Kingo Nonaka fue trasladado, al igual que otros japoneses, a la Ciudad de México.
En la capital del país fue uno de los fundadores del Instituto Nacional de Cardiología. Y años después se trasladó a Monterrey para laborar en el Hospital Muguerza, pero ya no volvió aTijuana.
En los años sesenta el gobierno mexicano le otorgó diversas condecoraciones al Mérito Revolucionario, como veterano de la Revolución Mexicana en sus diversas etapas. Ya de regreso en la Ciudad de México, falleció a la edad de 88 años, el 8 de octubre de 1977. Sus restos fueron depositados en el Panteón Jardín de la Ciudad de México.
RESCATANDO DE LAS AGUAS PROFUNDAS AL GENERAL FIERRO'...
Estaba trabajando en el hospital cuando me llamó Conchita, la secretaria, y me dijo:
—Capitán José, lo llaman por teléfono, de larga distancia. Tomé la bocina y pregunté:
—¿Con quién hablo?
—Soy Nakamura, tu compadre, el cuñado del general Quevedo. Te llamó, compadre, en nombre del general Manuel González, que con mucha urgencia vengas aquí a Nuevo Casas Grandes.
—¿Qué es lo que pasa?
—No sé, únicamente me dijo que vinieras pronto y que el tren sale a las 11 a.m.
Enseguida fui a la oficina del administrador, para solicitar el permiso para ausentarme unos días y el permiso me lo autorizó el teniente coronel y doctor Algudin.
Me fui a la estación, compré mi boleto y apenas alcancé a tornar el tren. Llegamos a Nuevas Casas Grandes, ya me estaban esperando un Mayor de nombre Jorge y le pregunté si él sabía para que me mandaron llamar, me contestó:
—Mi capitán Nonaka, yo creo que te llamaron por el asunto del general Fierro.
—¿Qué fue lo que le pasó?
En ese momento llegó el general González, bajó de su auto, nos saludamos y me dijo:
—Te llamé, capitán, por sugerencias del general Villa. El general Fierro se mató hace dos días.
—¿Cómo?
—Se ahogó en la laguna Guzmán y no podemos sacarlo; y el cuñado de general Fierro, ofrece dos mil pesos al que saque el cuerpo del general.
—¿Dónde está esa persona?, pregunté:
—Ya le mandé avisar que habías llegado.
Como a los diez minutos de estar esperando, llegó un ordenanza, se dirigió al general González y le dijo:
—Mi general, dice el coronel que los espera en las lagunas. Inmediatamente abordamos el auto y nos dirigimos a dicho
lugar. Llegamos a un lugar donde hay dos lagunas, la Santa María y la Guzmán. Una era chica, de forma redonda, la Santa María, de aproximadamente unos 250 metros o un poco más. La Guzmán era más grande, de forma alargada, como de unos 600 metros de largo, y se encuentra a un nivel más bajo en la superficie, que la otra. Las lagunas estaban separadas unos 150 metros, una de otra, mientras contemplábamos las lagunas, llegó el coronel, cuñado del general Fierro, y el general Manuel González le dijo:
—Te presento al capitán José Nonaka, enfermero de la Cruz Roja, él te sacará de tu apuro, es un buen buzo.
Y dijo el coronel Buenaventura Herrán.
—Así lo espero, dime que necesitas para iniciar el trabajo de rescate.
Entonces, les contesté:
—Mi coronel, permítame primero buscar donde se encuentra el cuerpo del general Fierro.
Me metí al agua de la laguna hasta el fondo, que tiene una profundidad aproximadamente como de 15 o 20 metros.
La primera inmersión, fue de exploración, ya que al inicio de la laguna, donde cae el torrente de la otra laguna, se forma un fuerte remolino, y más en tiempo de lluvias, cuando estas corrientes son más fuertes. Llegué hasta el fondo donde la visibilidad es nula, debido a la profundidad y el agua turbia por el movimiento del remolino.
La segunda inmersión fue con el fin de explorar el piso del fondo de la laguna; la tercera, para buscar más retirado, de donde se supone cayó el general, para localizar una zona más limpia donde se pudiera filtrar la luz más abajo, con mayor claridad y buscar en ese lugar, por si la corriente hubiera arrastrado el cuerpo. Teniendo que salir a la superficie varias veces por razones obvias, y tomar puntos de referencia,
Los dos siguientes días fueron para ir cercando el área donde se podría encontrar el cuerpo del general.
Al día siguiente, a la altura donde encontré el cadáver del general Fierro, pasaba el agua sobrante que venía de la otra laguna, por un canal aproximadamente de cuatro metros de ancho y que en la caída del agua a la laguna, formaba un remolino, y que por su fuerza hacía más difícil desempeñar el trabajo de rescate.
Cuentan que por la parte media del canal pasaban a pie los leñadores arriando burros cargados de leña, carretones, etcétera. Y según decían los soldados, que ya habían pasado a caballo gente del general Fierro, varias veces, y lo hacían en la parte de en medio del canal, donde aparentemente no significaba ningún peligro, pero esta vez, venían al frente el general Fierro, su asistente y un capitán, y fue éste el que vio un letrero que de- cía: "PROHIBIDO PASAR. PELIGRO". El capitán les marcó el alto, advirtiéndole al general lo que estaba escrito, a lo que él, respondió:
—¡Que peligro ni que la...!
Y cruzó exactamente dónde cae el agua del canal a la laguna. Además, en días anteriores habían caído varios aguaceros fuertes, lo que había ocasionado que el piso del canal, en ese lugar, estuviera flojo y falso, lo que ocasionó que jinete y cabalgadura se resbalaran y se hundieran hasta el fondo de la laguna. Algunos de los presentes opinaban que, por lo pesado del cuerpo corpulento del general, más su ropa, botas, pi***la, carrillera y dinero en monedas de oro dentro de una víbora de cuero
fajada en la cintura, todo esto ocasionó que el cuerpo del general
Rescatando de las aguas profundas al general Fierro
Rodolfo Fierro no pudiera salir a flote y falleciera en el fondo de la laguna Guzmán. Éste y otros muchos comentarios más, decían que habían ocasionado la tragedia.
Salí del agua para pedir que se consiguiera una soga de más de 50 metros, cuando trajeron la soga les di instrucciones de cómo fueran soltándola, para que con el movimiento del agua no se enredara. Tomé la punta y me clavé hasta el fondo, donde estaba el cadáver del general. El cuerpo estaba boca-arriba, con los ojos bien abiertos, reflejando en ellos la desesperación de no poder salir a flote. Le di dos vueltas con la soga a la altura del pecho y la entrepierna, bien apretado y sujetado para que no se soltara con los jalones. Salí a la superficie e hice una señal para que con la ayuda de un caballo jalaran lentamente la soga, para que no se fuera a soltar. Faltando poco para que el cuerpo saliera completamente a la orilla, el coronel, cuñado del general, corrió hacia donde estaba el cuerpo, indicándome que se parara la acción momentáneamente; el nivel del agua me daba un poco más abajo de mis rodillas. El coronel empezó a quitarle cuatro anillos de oro con diamantes, pulseras, un reloj y dos víboras de cuero llenas de algo y me dijo:
—Ahora haga la señal para que jalen y saquen el cadáver.
El coronel salió de la laguna, se montó en su caballo y se fue; calculo que había como unas 500 personas observando la escena del rescate.
Al terminar el rescate rendí mi informe a las autoridades militares, en el que hacía saber:
"Que la caída del general Fierro más que nada fue sorpresiva y directamente hasta el fondo. El agua que cae de la otra laguna,
golpea sobre algo duro, como piedra o piedras grandes, que ha- cen que la corriente gire hacia un lado, y como sigue cayendo el agua de abastecimiento, esto ocasiona que se forme un pequeño remolino, no peligroso, pero hace que el agua, con el movimien- to y la tierra, se vuelve turbia, lo que dificulta mucho la visión. El caballo quedó entrampado, o sea, las extremidades, queda- ron hacia la o las piedras, no encontró apoyo porque los cascos, con las herraduras, resbalan en las piedras y esto ocasionó que por más esfuerzos que el animal hizo buscando apoyo, el aire se agotó y murieron ahogados, el general tenía una pierna atrapada con el costado de la bestia".
Me vestí, fui con el general Manuel González y le rendí mi informe de los hechos de lo que sucedió y las autoridades militares se hicieron cargo del cuerpo de Fierro. Le pregunté al general González:
—¿Quién me va a pagar mi trabajo?
Y el general me contestó:
—El coronel.
Él mismo me acompañó al hotel donde se hospedaba el coronel, al llegar nos dijeron que ya se había marchado y no supimos jamás de él, y como no tenía dinero para mi regreso, le pedí dinero a mi compadre Ricardo Nakamura, y me dio $100.00. Me fui al cuartel, vi al general González, le dije que no tenía dinero para regresarme y me dio $150,00 pesos más.
Del libro: Kingo Nonaka, Andanzas Revolucionarias.
por. Genaro Nonaka García.
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