08/07/2026
Como seres racionales buscamos, casi de manera automática, una explicación para todo lo que vivimos. A toda costa queremos encontrar un culpable, cuando en realidad lo que necesitamos es comprender, no señalar.
Con frecuencia olvidamos que la vida es una gran maestra y que cada circunstancia, por más adversa que parezca, trae consigo una enseñanza.
Desde que inicié mi camino como aprendiz de tanatología, he aprendido a mirar los duelos desde otra perspectiva. Entiendo que la vida es cíclica: todo comienza, todo cambia y, en algún momento, todo concluye para dar paso a un nuevo inicio.
Ayer me sentía profundamente abrumada entre pagos, una estafa, preocupaciones y varias noches de insomnio. Hoy decidí dejar de mirar únicamente el punto negro del lienzo. Elegí aceptar que, aunque hoy no comprenda el propósito, todo sucede por algo y cada experiencia tiene un sentido.
Esas pausas a las que la vida nos invita —o, en ocasiones, nos obliga— tienen mucho que decirnos. Y no, no siempre hay culpables.
El cuerpo habla. Grita a través de un síntoma. Desde la mirada de la biodescodificación, cada manifestación física puede entenderse como un mensaje que merece ser escuchado. Sea desde esa perspectiva o desde cualquier otra, pocas veces nos detenemos a escuchar lo que nuestro cuerpo intenta decirnos. Preferimos silenciar un dolor de cabeza con una pastilla antes que preguntarnos qué hay detrás de ese malestar.
Hoy elijo creer que existe un tiempo para cada cosa: para sembrar, para esperar, para llorar, para sanar y para volver a empezar.
Y, aun en medio de la incertidumbre, confío en que nunca caminamos solos. Siempre estamos sostenidos por la Gracia Divina.