20/09/2026
EL PROBLEMA NO ES EL CELULAR, SINO CÓMO APRENDIMOS A VIVIR CON ÉL
Resulta paradójico que el debate educativo llegue nuevamente a la regulación del uso del celular en las escuelas, como si retirar el dispositivo del aula resolviera por sí mismo los problemas de atención, concentración, aprendizaje y convivencia que estamos enfrentando.
Cada escuela tiene un contexto diferente. Cada comunidad educativa tiene necesidades, características y realidades particulares. Por eso, más que pensar únicamente en prohibir o permitir, tendríamos que preguntarnos para qué, cuándo, cómo y bajo qué criterios debe utilizarse un dispositivo digital dentro de la escuela.
El celular puede ser una herramienta pedagógica extraordinaria cuando su utilización tiene una intención educativa clara. Puede permitir investigar, crear, comunicar, producir contenidos, acceder a información, resolver problemas, documentar procesos, desarrollar proyectos y construir conocimiento.
Pero también puede convertirse en un distractor permanente cuando su uso carece de propósito.
Y aquí aparece una pregunta fundamental:
¿Estamos enseñando a los estudiantes a utilizar la tecnología o solamente estamos intentando controlar la tecnología que utilizan?
Porque el problema no comienza necesariamente dentro de la escuela.
¿Qué sucede con un alumno que llega al aula después de haberse dormido a las tres de la mañana porque estuvo conectado a redes sociales, jugando en línea o conversando con sus compañeros?
Podemos retirar el celular durante seis horas escolares, pero si no modificamos los hábitos fuera de la escuela, el problema permanece.
La familia tiene aquí una responsabilidad fundamental: formar hábitos, establecer límites, acompañar, dialogar y enseñar a autorregular el uso de las pantallas.
No basta con decir: “Ya no uses el celular”.
Hay que enseñar:
¿Cuánto tiempo estoy conectado?
¿Qué estoy consumiendo?
¿Para qué lo estoy utilizando?
¿Quién produce la información que estoy viendo?
¿Es verdadera?
¿Qué emociones me provoca?
¿Qué estoy dejando de hacer mientras permanezco conectado?
¿Cuánto tiempo llevo frente a una pantalla?
¿Estoy utilizando la tecnología para aprender, crear y comunicar o solamente para consumir?
Estas preguntas nos llevan directamente a un tema que considero mucho más importante: las habilidades digitales y el pensamiento crítico.
Porque formar ciudadanos digitales no significa únicamente enseñarles a manejar aplicaciones, plataformas o dispositivos.
Significa enseñarles a pensar dentro del mundo digital.
Significa aprender a buscar información, seleccionarla, contrastarla, interpretarla, cuestionarla y utilizarla responsablemente.
Significa comprender que internet no es una fuente única de conocimiento, sino un enorme espacio en el que conviven información valiosa, entretenimiento, publicidad, desinformación, manipulación, contenidos de dudosa calidad y oportunidades extraordinarias para aprender.
Entonces, ¿qué estamos haciendo desde la escuela para desarrollar el pensamiento crítico frente a todo aquello que aparece en una pantalla?
Y hay otra cuestión todavía más profunda.
¿Qué está sucediendo con nuestras funciones ejecutivas?
Atender, concentrarse, inhibir respuestas, cambiar de una tarea a otra, organizarse, planificar, recordar, esperar, terminar una actividad y autorregularse son procesos fundamentales para aprender.
Cuando la experiencia cotidiana se caracteriza por estímulos constantes, gratificación inmediata, interrupciones continuas y consumo rápido de contenidos, resulta pertinente preguntarnos qué hábitos estamos construyendo y cómo están repercutiendo en los procesos de aprendizaje.
No se trata de afirmar que el celular, por sí mismo, “destruye” la atención o la memoria.
Se trata de observar qué hacemos con él, cuánto tiempo lo utilizamos, qué tipo de contenido consumimos y qué actividades estamos desplazando.
Porque también existe una diferencia enorme entre pasar una hora creando un podcast escolar, investigando una problemática de la comunidad, elaborando un video científico o aprendiendo una lengua, y pasar una hora desplazándose mecánicamente de un contenido a otro.
El dispositivo es el mismo.
La experiencia cognitiva no.
Por eso, quizá el verdadero desafío educativo no sea sacar el celular de la escuela, sino devolverle un lugar dentro de una cultura digital consciente.
Y entonces aparece otra pregunta que pocas veces nos hacemos:
¿Por qué el celular se convirtió en refugio, compañero y hasta amigo?
No solamente de los estudiantes.
También de los adultos.
¿Por qué una reunión familiar puede convertirse en varias personas sentadas alrededor de una misma mesa, pero cada una mirando su propia pantalla?
¿Por qué conversar parece, en ocasiones, más difícil que enviar un mensaje?
¿Por qué estar un día sin celular puede producir ansiedad, incomodidad o estrés?
¿Por qué muchas veces buscamos el teléfono incluso cuando no tenemos ninguna necesidad concreta de utilizarlo?
Tal vez el celular no haya robado por sí solo la convivencia familiar.
Tal vez nosotros le entregamos progresivamente ese espacio.
Le dimos nuestros momentos de espera.
Nuestros silencios.
Nuestros descansos.
Nuestros encuentros.
Nuestros aburrimientos.
Incluso algunos momentos que antes utilizábamos para pensar.
Y quizá ahí esté una de las grandes paradojas de nuestro tiempo:
tenemos más posibilidades de comunicación que nunca y, al mismo tiempo, podemos estar perdiendo espacios para conversar verdaderamente.
La escuela no puede resolver sola esta situación.
La familia tampoco.
Se necesita una corresponsabilidad entre escuela, familia y comunidad.
La escuela debe enseñar ciudadanía digital, pensamiento crítico, autorregulación, búsqueda y selección de información, creación de contenidos y uso ético de la tecnología.
La familia debe establecer hábitos, límites y momentos de desconexión, acompañando a niñas, niños y adolescentes en la construcción de una relación saludable con las pantallas.
Y ambos espacios deben recuperar algo que ninguna tecnología puede sustituir:
la conversación cara a cara, el juego, la lectura profunda, el silencio, la espera, la convivencia, la observación, la creatividad y la capacidad de estar presentes.
Porque quizá la pregunta educativa del futuro no sea:
“¿Permitimos o prohibimos el celular?”
La pregunta verdaderamente importante podría ser:
“¿Estamos formando personas capaces de decidir cuándo utilizarlo, para qué utilizarlo y cuándo tener la capacidad de apagarlo?”
Ahí comienza la verdadera educación digital.
No en la prohibición.
En la autorregulación.
No en el miedo a la tecnología.
En el pensamiento crítico.
No solamente en aprender a utilizar dispositivos.
En aprender a no depender de ellos.
Y, sobre todo, en comprender que una herramienta diseñada para conectarnos con el mundo jamás debería terminar desconectándonos de quienes tenemos frente a nosotros.
Profra. Amy Andrade Maldonado