23/06/2026
21 años de Hombres por la Equidad: una historia de resistencia
Hace 21 años tomamos una decisión difícil. Después de una crisis de más de un año en el Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias, A.C. (Coriac), decidimos cerrar una de las experiencias pioneras de trabajo con hombres en América Latina.
No fue un fracaso. Al contrario.
Entre nuestros principales logros estuvo la creación del Programa de Hombres Renunciando a su Violencia (PHRSV), el primer programa completamente sistematizado de intervención con hombres que ejercían violencia hacia las mujeres en América Latina. Contaba con objetivos, técnicas, indicadores, manuales y procedimientos claramente definidos. Llegó a convocar cerca de 120 hombres por semana y permitió capacitar a profesionales en México y en distintos países de la región.
Su propósito era sencillo y contundente: trabajar con hombres para detener la violencia contra las mujeres.
Sin embargo, a partir de los primeros años del siglo XXI comenzó a producirse un cambio profundo en el campo de trabajo con hombres. Diversas agencias internacionales, gobiernos, universidades y organismos multilaterales impulsaron una nueva agenda. El centro de atención dejó de estar en el análisis crítico del poder y en la responsabilidad masculina frente a la violencia, para desplazarse hacia los roles de género, las identidades, la salud masculina, la paternidad y el trabajo doméstico.
No se trató solamente de una ampliación temática. Fue un cambio de rumbo.
Mientras el trabajo que habíamos desarrollado buscaba que los hombres identificaran y abandonaran prácticas concretas de abuso de poder, la nueva orientación comenzó a privilegiar la transformación de identidades, discursos y representaciones. Poco a poco, la discusión sobre el poder fue desplazada por la discusión sobre las masculinidades.
Desde nuestra perspectiva, ahí se produjo una de las principales confusiones del campo.
Se comenzó a afirmar que modificar roles de género conduciría automáticamente a la disminución de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, la experiencia acumulada durante décadas de intervención nos mostró algo distinto: un hombre puede cambiar algunos comportamientos asociados a los roles tradicionales y seguir ejerciendo violencia. Puede compartir tareas domésticas y continuar controlando a su pareja. Puede expresar emociones y seguir manipulando. Puede presentarse como un hombre "igualitario" y continuar reproduciendo relaciones de abuso.
Por ello siempre sostuvimos que el problema central no son los roles, sino el poder.
Durante años logramos mantener nuestra propuesta gracias al apoyo de compañeras feministas y de personas que valoraban la producción intelectual latinoamericana. Fue una etapa de enorme aprendizaje y autonomía.
Sin embargo, a partir de 2014 observamos una creciente homogeneización del campo. Organizaciones, universidades e instituciones públicas comenzaron a trabajar cada vez más bajo los conceptos, objetivos y lineamientos promovidos por agencias internacionales como USAID, ONU Mujeres, el Fondo de Población de las Naciones Unidas, el Banco Interamericano de Desarrollo, Banco Mundial y un sin fin de organizaciones de la filantropia estaudinense y europea. Nosotros hemos continuado observando y nos hemos seguido preguntando aún hoy ¿Por qué el poder político y el poder del saber occidental, así como el poder del capital se han preocuparon tanto por impulsar esta ingeniería social en los hombres en América, África, Asia, Europa, etc? ¿Les da miedo que el siervo deje de obedecer? Tal vez sea obvio, pero nosotros decimos que hay que investigar y preguntarle al poder.
Hoy la diversidad de perspectivas aún sigue disminuyendo, y las puertas cerrándose.
La crítica al poder fue sustituida por una pedagogía moral centrada en la construcción del "hombre bueno", del hombre deconstruido, del hombre aliado. Mientras tanto, las preguntas sobre las estructuras políticas, económicas y culturales que producen violencia fueron quedando en segundo plano.
Quienes adoptaron esos marcos recibieron financiamiento, reconocimiento institucional y espacios de legitimidad. Quienes sostuvimos posiciones críticas fuimos progresivamente invisibilizados.
Paradójicamente, la pandemia de COVID-19 fortaleció nuestro trabajo. Al abrir procesos de atención y formación en línea pudimos ampliar nuestra presencia y profundizar nuestras reflexiones. Fue en ese contexto donde consolidamos el Programa de Nuevas Habilidades para los Hombres, una propuesta construida a partir del profeminismo de algunos hombres de izquierda estaudinense, la Escuela de Frankfurt, la epistemología del sur, el feminismo radical latinoamericano y diversas corrientes de la lingüística y pedagogías críticas.
Nuestra conclusión fue clara.
La colonización contemporánea ya no opera únicamente mediante mecanismos económicos o militares. También actúa sobre los conceptos, las categorías y las formas de interpretar la realidad. Nos ofrece lenguajes aparentemente liberadores mientras limita nuestra capacidad para nombrar el mundo desde nuestras propias experiencias.
Por eso hablamos de neocolonialismo epistémico, y de camuflaje del poder.
Hemos observado cómo la agenda de las masculinidades es en realidad una agenda del hombre liberal estaudinense. Quiere transformar a los hombres latinoamericanos, de áfrica y asia en una versión del individuo liberal anglosajón: amable, tolerante, abierto a la diversidad sexual, emocionalmente expresivo, con un machismo disimulado y adaptado al mercado; pero poco dispuesto a cuestionar las relaciones de poder, que producen desigualdad, feminicidios, guerras, genocidios, despojos y otras formas de violencia estructural. Un hombre alejado de cualquier pensamiento crítico: el feminista, el de la izquierda y el descolonial, y enamorado de la positividad de quien detenta el poder.
Con el tiempo comprendimos algo que no veíamos con claridad en los años noventa: el imperialismo no desapareció. Simplemente cambió de lenguaje.
Por ello seguimos sosteniendo que el trabajo con hombres no puede limitarse a promover identidades alternativas. Debe ayudar a identificar, cuestionar y abandonar prácticas concretas de abuso de poder. A romper y hacer visible su camuflaje.
Esa convicción explica la existencia de Hombres por la Equidad.
Nuestra apuesta sigue siendo la misma que comenzó hace décadas: escuchar, dialogar y construir críticamente con los hombres alternativas reales para asumir la responsabilidad por los actos que dañan, y fortalecer las conductas que tienden puentes de igualdad con las mujeres.
Porque no es posible transformarse sin hablar del poder.
Porque hacerlo es la única manera de construir la real equidad e igualdad.
Por eso seguimos aquí desde hace treinta y dos años. Primero en Coriac, y ahora en Hombres por la Equidad ¡Media vida!.
No ha sido fácil, pero ha valido la pena porque hemos aprendido con muchos hombres que pensar críticamente sí cambia vidas en la realidad. Y eso construye justicia en nuestras relaciones, familias, comunidades y sociedades.