14/04/2026
Hay cuerpos que se construyen para verse bien… y otros que se transforman para vivir de otra manera.
Después de años en el tatami, uno empieza a notar que el cambio no es solo técnico. El cuerpo deja de responder a una lógica estética fragmentada y comienza a organizarse desde el centro. El abdomen ya no se entrena para marcar “cuadritos”, sino para sostener, girar, absorber, proyectar. La fuerza deja de ser localizada y se vuelve una continuidad: de los pies a las manos, del eje al movimiento.
En Aikido, este principio es claro: no se trata de oponerse, sino de integrarse. Y el cuerpo lo refleja. La respiración se vuelve parte del movimiento, la postura deja de ser rígida, la estabilidad aparece sin tensión excesiva. Lo que se desarrolla no es solo músculo, sino conexión.
Curiosamente, este tipo de práctica transforma zonas que en otros entrenamientos pasan desapercibidas. Aparecen estructuras más profundas, una espalda más viva, un centro más sólido. No es un cuerpo diseñado para el espejo, sino para la acción, la presencia y la relación con el otro.
Practicar Budo no es acumular técnicas. Es permitir que, poco a poco, la forma de moverse atraviese la vida cotidiana: en cómo caminas, cómo reaccionas, cómo sostienes el conflicto o lo disuelves.
El entrenamiento no termina al salir del dojo.
Si te interesa descubrir lo que tu cuerpo puede llegar a ser cuando deja de fragmentarse y comienza a integrarse, te invitamos a entrenar.
Aikido UNAM
15/04/2023
31/01/2023
23/11/2022