16/04/2026
D M M Preparatoria 8
Pagina dedicada a la organización estudiantil D.M.M.
16/04/2026
03/03/2026
Feliz aniversario!!! Orcos 3 de Marzo del CCH Vallejo
Que sigan incomodando al tiempo, sobreviviendo a su ridicula vejez y demostrando que algunos grupos no se apagan…
No cualquiera logra sostener generaciones, "carácter" y ese nivel de rijosidad sin perder la esencia (Aunque si ya perdieron la juventud).
Atte: Jenn Stark 😌👑✨ ❤️
Varias personas administran esta página pero solo a mi síganme en IG 😉
https://www.instagram.com/jenn_stark?igsh=dXVlOHVtbmU0Nzhn
18/02/2026
Lo que comenzó como un grupo "estudiantil y deportivo" (guiño,guiño) en la prepa terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: amistades, historias, recuerdos...carácter, identidad, pertenencia.
Ya no compartimos fiesyas, pasillos, banca, ni horarios… ahora compartimos memorias y anécdotas
Recuerden que el grupo seguira existiendo mientras haya alguien que lo recuerde, lo nombre o sonría al pensar en él...
"La D.M.M." Sigue vivo en cada recuerdo, en cada historia contada, en cada “¿te acuerdas cuando…?” Y mientras exista alguien que diga “yo fui parte de eso”, mientras haya anécdotas que sigan dando risa, vergüenza o ambas… esto sigue vivo. (al menos por internet)
D.M.M. no desaparece. Solo se rehúsa "elegantemente" a morir.
No éramos solo "porros".
Éramos caos organizado, identidad, drama, risas, deporte y un montón de historias que con el tiempo le agregan mas cosas!! 🤥
Feliz aniversario a todos los que fueron, son y serán parte de esta historia ❤️
PD: Ofrezco una disculpa pública por haberles fallado miserablemente como imagen, ícono e indiscutible influencer de este honorable grupo. Sé que esperaban más glamour, más fama y probablemente más followers. Haré lo posible por redimirme… o mínimo seguir aparentando que represento dignamente 😌👑✨
Hay varios administradores en esta página pero solo síganme a mi en IG 😉😘
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16/02/2026
GÉNESIS, DESARROLLO Y ¿MUERTE? DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL
I. La torre
Esta parte me la contó alguien que sí estuvo ahí, sentado en ese piso de Rectoría. Con el paso del tiempo, he notado que cada vez que recuerda ese momento lo hace sin nostalgia: habla seco, como quien ya entendió que ciertos hechos terminaron por volverse inevitables. A veces se le cuela el enojo, sobre todo cuando menciona a la “izquierda mexicana”.
Según su versión, en 1985 los subieron al onceavo piso de Rectoría. No era una invitación abierta, sino una convocatoria dirigida a líderes que ya movían una banda principalmente en prepas y CCH´s, muchos de ellos ya estaban vinculados a la federación universitaria conocida como Animación Deportiva. En la sala también estaban las autoridades. Del lado institucional destacaba José Narro Robles, entonces Secretario General de la Universidad Nacional Autónoma de México.
No hubo acuerdos firmados ni discursos melodramáticos. Narro no amenazó ni suplicó. Planteó algo concreto: los grupos institucionales debían organizarse mejor, cerrar filas y estructurarse. Había que hacer contrapeso a una corriente política que crecía dentro de la universidad. La universidad —quedó claro— no pensaba ceder el terreno.
Ahora bien, quienes estaban ahí, aunque jóvenes, no eran improvisados ni ingenuos. Entendieron de inmediato que no se trataba solo de torneos o actividades culturales —eso ya existía—. Lo que estaba en juego era la ocupación del espacio político. Era presencia. Era anticiparse a los grupos vinculados a la facción priista que comenzaba a escindirse con Cuauhtémoc Cárdenas.
Así lo cuenta uno de los fundadores: en ese piso empezó a tomar forma lo que después sería el Grupo Daniel Márquez Muro. No nació en una asamblea multitudinaria ni al pie de una consigna pintada, sino en una sala cerrada, con vista a Ciudad Universitaria y con la claridad de que el conflicto nacional ya había entrado al campus.
En ese momento, el movimiento estudiantil era uno solo. La inconformidad era compartida y las discusiones estudiantiles giraban en torno a la universidad y a un país que ya crujía antes del 85. No había dos bandos definidos; había una corriente tensionada desde dentro.
El quiebre vino no por diferencias teóricas o ideológicas profundas, sino por la irrupción directa de la clase política en el movimiento. La ruptura dentro del priismo con Cuauhtémoc Cárdenas bajó a las asambleas y, cuando eso ocurrió, el movimiento dejó de ser solo universitario: se convirtió en campo de disputa partidista.
De esa fractura surgió el CEU, no como algo ajeno, sino como desprendimiento de la misma base, ya orientado hacia la corriente cardenista. Todavía no existían el PRD ni el Frente Democrático Nacional como estructuras formales; eso vendría después. Sin embargo, el proyecto político ya estaba delineado y perfilado para la disputa electoral.
Rectoría lo advirtió y decidió no permitir que una sola corriente monopolizara la universidad.Ellos también habían tenido una definición clara: permanecer fieles al tricolor, a Salinas y al orden institucional.
Así, lo que comenzó como base común terminó dividido. Y en esa división nació un grupo que, según sus fundadores, no se alinearía a ninguna corriente partidista. Esa es la versión que me contaron; y aunque toda memoria acomoda las piezas a su favor, es claro que en esa torre se trazó una línea entre “la izquierda” y “lo institucional” que ya no se borró.
II. El nombre
El nombre no salió de un manifiesto ni de semanas de debate. Fue una decisión inmediata. En Rectoría, cuando preguntaron cómo se llamaría el nuevo grupo, nadie traía respuesta preparada. Entonces uno de los líderes de la prepa dijo: Daniel Márquez Muro.
El maestro había mu**to hacía poco. Daba Lógica, Ética y Etimologías Grecolatinas en la Prepa 8. No era una celebridad, pero sí respetado. Su muerte repentina —al parecer en un banco— aún era muy comentada. Nombrar al grupo en su honor parecía un gesto correcto.
Pero también había algo práctico y pícaro. La sigla D.M.M. sonaba fuerte y encajaba con el juego de palabras que este personaje hacía circular circulaba en la prepa al decir que la prepa era “De MeMocho”. Además tenía ritmo, se podía gritar y cantar (“Mota, tabaco y puro…”).
Lo que empezó como una solución improvisada terminó convirtiéndose en identidad. A fuerza de repetición, el nombre dejó de ser homenaje y se volvió estructura. El DMM pasó de ocurrencia a escudo y consigna. Las generaciones siguientes ya no conocieron al maestro, pero heredaron las siglas como si siempre hubieran estado ahí.
Otra cosa respecto al nombre, a finales de los noventa comenzó a circular la versión de que la familia del profesor había pedido retirar el nombre al grupo. No sé si fue presión real u ocurrencia administrativa. Lo cierto es que ese intento de borrarlo confirmó algo: ya no pertenecía a una persona, sino a una red.
El homenaje se convirtió en marca. Y la marca trajo problemas. Para entonces, el grupo no podía desmontarse con una decisión externa ni interna. La prueba apareció en las discusiones recurrentes: ¿mantener el nombre o borrarlo? Cada debate confirmaba lo mismo: no era solo una sigla; era parte de la estructura simbólica que sostenía al grupo.
Segunda parte en comentarios... 👇👇
TU TAMBIÉN FUISTE PARTE DEL DMM, O DE LA PREPA OCHO? QUE NÚMERO DE CUENTA ÉRES? CUENTANOS EN COMENTARIOS CUAL FUE TU EXPERIENCIA?
No olvides que tu apoyo es invaluable. Reescribamos juntos la historia del movimiento estudiantil en la UNAM
El presente texto es una obra literaria. Todos los personajes, imágenes, nombres, grupos, acontecimientos y situaciones descritas —incluido el narrador y el autor implícito— son ficticios y han sido creados mediante IA. Cualquier semejanza con la realidad, así como con hechos del presente o del pasado, organizaciones o espacios existentes, es estrictamente coincidencia. El contenido constituye un testimonio histórico, no es una crónica ni una imputación de hechos a personas u organizaciones reales. Esta obra es con fines, históricos, literarios, narrativos y expresivos.
14/02/2026
D.MM. 41 aniversario
13/01/2026
Noviembre de 1996
Este escrito es un acto de memoria y de resistencia frente al olvido y la domesticación producidos por una transición discursiva y política por parte de un aparato estatal que hoy es controlado por una izquierda hegemónica e institucional que ha sustituido al antiguo régimen “revolucionario institucional” en el poder, no para desmontar las lógicas de dominación, sino para reconfigurarlas con mayor intensidad y alcance en la vida diaria. Esa transición política (ocurrida en 1998 en la Cd. MX.) no significó más libertades, sino que se ha traducido en formas más sofisticadas y eficaces de control social, donde palabras como derecha e izquierda, justicia, inclusión, bienestar, etc., operan como dispositivos de legitimación para vigilar y administrar comunidades a partir de la normalización de la obediencia y la polarización. Este, es testimonio de una época en la que la rebeldía no era un discurso administrado desde el anonimato de la red global o la "izquierda institucional", sino una práctica cotidiana que atravesaba el cuerpo, la calle y la escuela pública, lo narrado aquí ocurre antes de que el control, la vigilancia, y la administración de personas a través de la ministración de recursos y la gestión del miedo se convirtieran en formas ordinarias de gobierno.
En aquel entonces yo venía de un barrio al poniente de la ciudad, relativamente cercano a la preparatoria 8, allí en la calle, el juego, y en general el d3$m4dr3 enseñaban a leer el mundo desde una óptica propia. En este contexto, la víspera de mi primer Clásico Poli-UNAM no era un simple partido, sino —aunque no lo sabía en ese instante— un rito de politización informal que repetiría año con año durante más de una década; una escuela de coraje, pertenencia y confrontación física, simbólica e ideológica. En aquel momento, aún era posible disputar el espacio público, ensayando y encontrando identidades propias, performáticas, y en esos procesos reconocerse como “parte de algo más”. Desde esa experiencia, lo escrito aquí busca dar cuenta de un proceso histórico y de diferentes cambios generacionales, anteriores a un presente enajenado, hiperregulado y aparentemente libre, donde la rebeldía es mercantilizada, vigilada o reducida a simulacro desde un ordenador.
Ese día, un viernes de finales de noviembre, pasado el mediodía, las autoridades del plantel empezaron a sacar a los alumnos sin dar mayores razones; solo se limitaban a decir que la escuela se cerraría, por lo que comenzaron a arrear desde las canchas que estaban al fondo de la escuela hasta los salones del edificio B que están al frente, incluyendo el área “nueva” de medios audiovisuales. Sin embargo, yo ya sabía, por unos carteles pegados en el muro del edificio B —en el paso para bajar al C—, que ese día sería La Qu3m4 del B***o.
Cuando la mayor parte del alumnado estuvo fuera, se escuchó que algunos cuantos empezaron a gritar porras, primero las goyas y las chichis. Bastaron pocos segundos para que toda la banda se prendiera y empezara a acompañar los cánticos, encabezados por unos pocos weyes entre los que se encontraban algunos que ya había conocido en los partidos de la temporada. A esos pocos se les sumaron otros —también pocos— que, en lugar de permanecer como simples espectadores o coristas, y portando botes “sellados”, pedían cooperación voluntaria al alumnado y a todo aquel que transitaba por las inmediaciones, incluido el transporte público, donde los pasajeros, y especialmente los choferes, se mostraban generosos e introducían billetes en los botes.
En medio de la euforia y del grito de “vámonos de compras” apareció un camión de refrescos, seguido de uno de sabritas y otro de carnes frías, y la banda empezó a “reunir mercancía”. Lo que me sorprendía, era cómo, azuzados por unos pocos, un c de banda estaba dispuesta a participar en las compras escondidos en el anonimato que daba la multitud, pues la mayoría eran solo estudiantes, en mi experiencia los “porros” eran del turno vespertino y no eran muchos. Por mi parte, me apropié de unos paquetes de sabritas que me comí ahí mismo y regalé entre mi banda, los de mi grupo, y antes de las dos me moví a casa para buscar a un carnal y regresar más tarde al desmadre.
Al final, no recuerdo si se quemó algo ese día, y no supe qué pasó durante aproximadamente cuatro horas en las que no estuve en el d3$m4dr3. Cuando regresé, alrededor de las 18:30, todo era confuso: había bastante banda desorganizada a la que no conocía, y los “porros” conocidos andaban p**os, o en su propio p**o. Poco después, como a las 19:00, alguien empezó a decir que “nos moveríamos” hacia Revolución para “tomar micros” y trasladarnos a la Quema que se estaba desarrollando en Ciudad Universitaria. Salimos caminando por todo Lomas de Plateros, en dirección al triángulo para tomar Río Mixcoac hasta Av. Revolución, y a cada momento, cuando “se prestaba la ocasión”, diferentes grupos realizaban compras que iban guardando o consumían ahí mismo.
Entre un semáforo y otro se entonaban canciones contra el Poli, los mirones y la p0l1c1a que r03a de noche y r034 de día (no tiene madre la p0l1c14). Ya en Revolución, tomamos varios microbuses, invitando a los pasajeros a cooperar para la “tradicional quema del 3urr0”, y se les pedía que se bajaran, pues en lo sucesivo el viaje iría “especial” hasta Rectoría. A lo largo del trayecto se cantaban las “campanitas” contra la demás banda que iba en otros micro, contra “los mirones”, en algún momento los camiones de la prepa se confundieron con los de otras escuelas que también se movilizaban hacia el mismo lugar.
No faltó la banda que, a lo largo del trayecto, se iba bajando para hacer compras en diferentes establecimientos y en los camiones repartidores que encontrábamos. Para agilizar el tránsito, se paraban las avenidas aledañas, se movía a los automovilistas para que dieran paso a los micros que avanzaban por Av. Revolución rumbo a Ciudad Universitaria. Al llegar a Rectoria la escena era un hervidero de colores, risas, cantos, 4Ico y música, banderas ondeando, un chingo de banda aprovechando el tránsito y recorriendo los carriles “boteando” hasta llenarlos y vaciarlos en sus propios bolsillos para empezar otra vez el recorrido pidiendo para “la tradicional quema del 3uRR0”. Aunque llegué en un micro con la banda de la prepa, la multitud hacía que te perdieras y ni siquiera a esos weyes de la “santa” con los que había ido a los partidos de temporada regular lograba ubicar.
Pronto me di cuenta que la mayoría de los que participaban en la movilización no eran de la banda, no eran p0rr0$, sino simple banda que se unía y aprovechaba el desmadre de distintas formas. Una cosa cierta era que la multitud de estudiantes de las diferentes escuelas se mezclaba en un solo latido colectivo.
Entre la algarabía había zonas donde se establecían las distintas escuelas: en un lado la prepa 7, en otro la 4, el CCH 31 de Azcapo y los weyes de Vallejo portando el 33, esta banda destacaba por sus jerseys con el escudo de la Universidad en la espalda, además del nombre de su banda, el 3 de marzo. Todo el evento era presenciado por las autoridades y su personal “a lo lejos”, no obstante que mostraban su “apoyo” para mantener el orden y la convivencia. Cada escuela gritaba sus porras y todos se unían en los “goyas UNAM” y en los cantos contra el Politécnico. En medio de ese torbellino, convertido en ritual, podía identificar a algunos weyes de otras escuelas que habían ido a los partidos durante la temporada; cada uno en su propio p**o, pero participando en la fiesta del encuentro estudiantil de futbol americano, una tradición que nació con la creación misma del IPN y su equipo.
En todo esto yo era un simple espectador, fascinado por todo lo nuevo que ocurría a mi alrededor y que ya estaba en mi imaginación desde años antes cuando veía los partidos por canal 11. Aproximadamente a las 20:30 ya había mucha gente peda y empezaban los “sacones de onda” entre algunas escuelas; el ambiente estaba tenso, por lo que opte por movernos a casa con una promesa en mente: mañana asistiría al clásico con mente abierta, cabeza fría y los w3bs por delante.
Al final de la jornada caminamos hacia San Ángel con la cabeza llena de imágenes y el corazón latiendo al ritmo de las porras y los cánticos universitarios. Pensé en la noche que acababa de vivir; sin saberlo, era un rito de paso hacia una identidad que se estaba definiendo, éramos jóvenes en plena construcción. Llegué a casa con una promesa clara: mañana entraríamos al clásico, no era solo deportivo ni ritual. Era un juramento silencioso, hecho con el cuerpo cansado, la ropa oliendo a humo, calle, la cabeza todavía la tenía encendida. Algo se había movido por dentro. Ya no se trataba solo de mirar, de seguir a la banda o de dejarse llevar por el desmadre: había una intuición nueva, incómoda y potente, al día siguiente no solo vería un partido, sería medirnos y participar en algo más grande, más denso, más político de lo que alcanzábamos a nombrar.
Esa noche dormí poco por la expectativa. Sabía —aunque todavía no lo entendía del todo— que lo que venía ya no iba a ser inocente. El clásico sería otra cosa: un escenario donde el coraje, la lealtad, la incertidumbre y la rabia iban a ponerse a prueba. Lo que pasara ahí no se iba a quedar en el estadio. Lo que empezó esa noche apenas era el preludio de toda una época, estábamos calentando motores.
Hoy, al volver sobre esa experiencia, entiendo que no se trataba solo de un partido, ni siquiera de una fiesta o un desmadre juvenil, sino de una forma concreta de habitar otras colectividades y de aprender a confrontar a la autoridad y al poder desde el cuerpo y la calle. Ese tipo de experiencias, hoy casi impensables bajo la lógica del “gobierno humanista” y su control, la vigilancia y la gestión del miedo; aquello fue el suelo donde se forjaron subjetividades críticas y vínculos reales. Recordarlas y narrarlas no es nostalgia: es una forma de disputar el sentido del presente y de afirmar que, alguna vez, la rebeldía fue vivida y no administrada por gobiernos de “izquierda”.
El presente texto es una obra de ficción. Todos los personajes, imágenes, nombres, grupos, acontecimientos y situaciones descritas —incluido el narrador y el autor implícito— son ficticios y han sido creados mediante IA. Cualquier semejanza con la realidad, así como con hechos del presente o del pasado, organizaciones o espacios existentes, es estrictamente coincidencia. El contenido no constituye un testimonio histórico, una crónica real ni una imputación de hechos a personas u organizaciones reales. Esta obra es una creación literaria con fines literarios, narrativos y expresivos.
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