29/09/2020
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Despertar.
Aquel ojo que toda su vida había vivido atado, sin conocer nada más allá que dos seres unidos a él por una fuerza que no comprendía pero podía sentir, así como sentían la necesidad de proteger algo, sin saber qué, estos lo hacían ciegamente, protegían una extraña fuerza, así como las que los mantenía unidos.
Aquellos seres eran del mismo tamaño que el pero pareciese que fueran masas sin vida, nunca mantuvo contacto con ningún otro ser que no fueran ese par de masas, un día, sin que el ojo se lo esperara, la fuerza incomprensible para aquellos seres desapareció, se desvaneció por completo, y todo un mundo nuevo e inexplorado se había abierto paso hacia la visión del ojo, de pronto el ojo se vio a sí mismo, al par de seres que vio durante toda su vida, y a unos cuantos más, de diferentes formas, tamaños, y colores, seres que lo acompañaban cayendo todos a una gran velocidad, sintió una gran libertad, pero al mismo tiempo un miedo enorme de no saber qué pasaría.
Una paz invadió cada milímetro de sí mismo, se sintió lleno de libertad, paz, felicidad, se sintió con ganas inmensas de recorrer aquel mundo inexplorado aún para él, mientras todos los demás seres aun sentían la necesidad de proteger ese “algo” a costa de lo que fuera, luchaban por reencontrarse. Una vez reagrupada la mayoría de estos entes, se dieron cuenta de que faltaba el pequeño y rebelde ojo, este, los observaba sigilosamente desde lejos, cuidando de que no lo observaran para así no perder su libertad que apenas comenzaba a experimentar.
Mientras aquellos extraños seres planeaban la búsqueda de aquel ojo, para completar el circulo de protección a aquella fuerza que no comprendían pero seguían con mucho fervor y ceguera, un crujido los alertó, ¡era el ojo!, en cuanto lo vieron corrieron hacia él, el ojo corrió despavoridamente en todas direcciones, hacia donde nunca pudieran encontrarlo, poco a poco, el ojo fue dejando atrás a aquellos que tenían deseos de volver a aprisionarlo, pero el ojo, anhelando su libertad logró escapar, pero eso no duró mucho tiempo, por un ligero descuido, causado por la impresión que le causaba ver todas las maravillas que la libertad podía ofrecerle al pequeño ojo, logró ser capturado por aquellos que protegían a “la fuerza”.
Durante varias semanas, el ojo estuvo buscando incansablemente la manera de escapar de nuevo del encierro, ya había probado la libertad, y ahora él sabía que lo que realmente anhelaba de este mundo, era su libertad; llegada la madrugada, el ojo logro escabullirse entre las sombras, caminó y caminó durante muchos días, hasta que estuvo totalmente seguro de que ya no lo perseguían aquellos seres que deseaban poner trabas a sus sueños. Desde ese día, la vida del pequeño ojo, cambio rotundamente, viajo por el mundo sin detenerse, sin poder cerrarse, siempre buscando nuevas experiencias que lo enriquecieran cada vez más.
El ojo, durante mucho tiempo estuvo observando las cosas más bellas de la existencia, desde la montaña más alta, hasta el lugar más profundo del océano, viendo todos y cada una de los seres que esta realidad puede regalarnos; pero algo extraño estaba sucediendo en el mundo, hasta ese día, el ojo siempre vio cosas hermosas, lugares increíbles, criaturas extraordinarias, pero el mundo no solo era eso, aquella pequeña criatura desconocía el lado oscuro de la vida, de las cosas.
El ojo quedó horrorizado cuando se enteró de que en el mundo no solo había cosas bellas, si no también desgracias, muertes, violencia, así que este entró en pánico, por un momento anhelo demasiado volver a la zona de confort en donde había permanecido toda su vida; sintió un miedo terrible de que a él en algún momento le llegase a pasar algo peligroso, temió por su vida, pero comprendía que todo tiene un fin, un principio, que no puede existir lo blanco sin lo negro y que no todo era belleza infinita, aprendió que debía apreciar los tintes obscuros tanto como los brillantes. Y así, poco a poco, el ojo se volvió más consciente de sí y de todo lo que lo rodeaba, nunca más quería volver a estar dormido, atado, sometido, y entonces… despertó.
Samuel Ibarra
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