15/08/2026
Nos incomoda el autoritarismo.
Y con razón.
El problema aparece cuando, intentando alejarnos de él, empezamos a desconfiar también de todo lo que implique autoridad: límites, corrección, dirección, responsabilidad.
Quizá el problema no está en la autoridad en sí misma.
Quizá está en lo que hacemos con ella.
La usamos para controlar.
La confundimos con poder.
La ejercimos sin responsabilidad.
Y después, cuando vimos sus excesos, empezamos a desconfiar de ella.
Pero rechazar el autoritarismo no exige vivir sin autoridad.
Porque necesitamos límites.
Necesitamos corrección.
Necesitamos dirección.
Y también necesitamos aprender a recibirlos y ejercerlos sin anular al otro.
La pregunta, entonces, no es quién manda.
Es mucho más profunda:
¿Qué hace legítima una autoridad?
Tal vez recuperar su sentido empiece por recordar que la autoridad no debería existir únicamente para dirigir al otro, sino para asumir la responsabilidad que implica tener influencia sobre su crecimiento.
Y entonces aparece otra pregunta:
¿Qué está creciendo en los demás como resultado de la autoridad que ejercemos?
Y esa conversación apenas empieza.