20/05/2026
“¡No me gusta el piano!”
Esa era la frase que escuchaba cada jueves a las 4:30 de la tarde, justo a la hora en que Miguelito llegaba a su clase.
—Pero dime —le pregunté—, ¿por qué ya no te gusta el piano? ¡Antes lo disfrutabas!
Miguelito solo se encogió de hombros y cruzó los brazos, visiblemente molesto.
—¿Estás enojado?
—Sí —respondió.
—¿Con quién? ¿Conmigo?
—No.
—¿Con mamá?
—No...
—¿Con el piano?
—¡Sí! —contestó, esta vez un poco más tranquilo.
—¿Estás enojado porque ahora tienes que esforzarte más y las cosas ya no te salen a la primera?
Y di en el clavo.
Miguelito es un alumno brillante de siete años, con una sensibilidad musical extraordinaria. Durante mucho tiempo, todo parecía resultarle con facilidad; incluso interpretaba piezas más complejas de lo habitual para su edad.
Pero había llegado a un punto en el que la lectura musical, la coordinación y la posición correcta de sus pequeñas manos comenzaban a exigirle algo nuevo: esfuerzo, constancia y, sobre todo, la capacidad de tolerar la frustración.
Ese día salió molesto, pero antes logramos hacer un acuerdo.
El siguiente paso era hablar con su mamá.
Le envié un mensaje diciéndole que necesitaba comentarle algo importante. Mientras esperaba su respuesta, mi mente imaginó toda clase de escenarios.
“En diez minutos te llamo”, respondió.
Tragué saliva cuando sonó mi celular.
—¿Miguelito le contó sobre nuestra clase de ayer? —pregunté.
—Sí —me respondió—. Ya escuché su versión; ahora quiero escuchar la tuya.
Con cierta tensión, le relaté con detalle lo ocurrido hasta llegar al acuerdo que había hecho con él.
—Le propuse que eligiera una pieza para trabajar de aquí al recital , que la estudiara todos los días con todas sus fuerzas y que la interpretara de la mejor manera posible. Después de eso, podría tomar un descanso del piano y sentir que había cerrado este ciclo. No es mi intención que deje de venir —aclaré—. Mi deseo es que, al llegar a la audición, reciba el aplauso por todo su esfuerzo y dedicación, y que experimente el valor de su trabajo.
Hubo un breve silencio.
Entonces ella respondió con una firmeza admirable:
- Maestra, ayer Miguelito me dijo que después de la audición dejaría el piano. Yo le expliqué que esa no es una decisión que le corresponda tomar. Soy su mamá y sé que el piano es una disciplina demasiado valiosa para su vida como para abandonarla en este momento.
Continuó:
—Hablé con él y, en lugar de dejar el piano, vamos a buscar la manera de que asista más días. Necesita aprender a manejar la frustración cuando las cosas no salen a la primera. También sé que esta es su forma de pedir mi atención, debido al tiempo que debo dedicar al trabajo. Entiendo que este no es únicamente “su” problema; también es mío, y asumo mi responsabilidad.
Como maestra y como madre de tres hijos, sé que hablar sobre ellos se tocan fibras muy sensibles.
Nos encanta escuchar sobre sus virtudes y, en el fondo, también deseamos sentir que estamos haciendo bien nuestro trabajo como madres y educadoras.
Es mucho más sencillo retirar a un niño de una actividad porque “ya no le gustó” que asumir la labor silenciosa y exigente de formar carácter: enseñarles a perseverar, regular sus emociones, desarrollar disciplina y enfrentar aquello que como adultos necesitamos corregir en nosotros mismos.
A lo largo de los años dando clases, he sido testigo de los frutos que cosechan las madres valientes: aquellas que no se rinden, que no condicionan su amor, que no temen confrontar sus propias áreas de oportunidad y que están dispuestas a transformarse por el bien de sus hijos.
Admiro profundamente a esta mamá.
Su inteligencia, honestidad y fortaleza me inspiran y me motivan a esforzarme cada día por estar a la altura de familias así.
*Los nombres de esta historia han sido cambiados para proteger la identidad de sus protagonistas.
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