16/08/2026
Íbamos caminando los chicos de Comunidad (de entre 14 y 17 años) y yo cuando pasamos junto a unos niños de cómo 10 - 11 años, que estaban jugando futbol y hablándose en doble sentido.
Yo no dije nada… Pero uno de mis chicos volteó a verlos y, entre sorprendido y riéndose, dijo:
—¿Dónde está su scouter (el adulto a cargo)?
Me miró… Yo lo miré… Y nos reímos…
Fue uno de esos micro momentos de complicidad en los que no hace falta explicar demasiado… Los dos sabíamos a qué se refería.
Y me dio gusto.
No porque espere que nuestros chicos nunca hablen de cierta manera, ni porque espero que ellos sean correctos todo el tiempo…
Me dio gusto porque su comentario me dejó ver algo mucho más profundo: que ya existe una referencia interna.
Le brincó… lo notó… no tiene normalizado el relacionarse así…
Sabe que hay lugares y formas… Que convivir con otros implica ciertos acuerdos…. Y que cuando un grupo de niños está creciendo y aprendiendo a relacionarse, debe haber adultos presentes que acompañen esa convivencia.
A veces creemos que la cultura de una escuela se construye explicando valores, poniendo reglamentos o dando discursos sobre respeto… Pero la verdad la cultura se construye en cosas mucho más pequeñas.
En cómo nos hablamos todos los días…. En lo que dejamos pasar y lo que decidimos acompañar…. En cómo interviene un adulto cuando alguien cruza un límite… En cómo reparamos cuando lastimamos… En las conversaciones cotidianas que parecen insignificantes.
Esto hecho cada día… Una y otra vez.
Hasta que un día sales de la escuela, te encuentras con otra forma de relacionarse y un tu niño pregunta sorprendido:
—¿Dónde está su scouter?
Ahí te das cuenta de que dejó de ser una regla externa, para irse convirtiendo en criterio propio.
Si observáramos cómo conviven nuestros niños cuando nadie se los recuerda, ¿qué nos diría eso de la cultura que hemos construido?
Mariana