18/10/2022
Yo le preguntaría de qué va este gran trabajo. Él respondería que reunió el himno latino Veni, creator spiritus y el final de la segunda escena de Fausto de Goethe. Él haría una pausa para ver mi sorpresa. Yo le diría que suena abstracto, que suena intenso, romántico, extrovertido, pero sobre todo antiguo. Le diría que se parece a él. Luego se reiría de mi observación, como un Mahler lo haría y como un Mahler sabe hacerlo. Me diría que escribe con fiebre, como si alguien lo empujara. Me contaría de su epifanía cuando un libro antiguo cayó sobre sus manos y al encontrarse con el himno Veni, creator spiritus un relámpago, un flechazo, un golpe abrió sus ojos y todo pudo verlo escrito bajo las pestañas, desde el tema de apertura hasta el primer movimiento. Yo le respondería que tiene a Dios de su lado, y él diría sin perder segundo que ni Dios, ni ninguna figura religiosa es responsable de su obra. Yo, insistente como soy, diría que desearía que Dios me golpeara de vez en cuando. Desearía que lo que haya caído sobre Mahler, cayera sobre mí también y en doble porción, si se puede. Si tuviera la certeza, de que Dios no prueba mi paciencia, oraría y cantaría por recibir al espíritu de la creación. Porque como Mahler, viviría con prisa y ambición. ¡Ah! Ternura de mí, pero para ser Mahler, no hay marca divina que alcance, se requiere trabajo arduo, constante, entrega total al oficio, ser incansable, me digo mientras transbordo en Tacubaya entre este mar de personas a las que les veo el cansancio en la cara y en la prisa por llegar a casa. Es la hora de tomar la última combi a la Primero de mayo, y yo todavía pienso en Mahler. Él, obsesivo como es, me diría que la obra en cuestión requiere a 858 cantantes y 171 instrumentistas, que tiene que aumentar la orquesta a 84 cuerdas, seis arpas, 22 maderas y 17 músicos de metal.
El Cervantino tiene entre su programación la obra de Gustav Mahler. La Sinfonía de los mil será interpretada p bajo la dirección de Roberto Beltrán–Zavala