15/06/2026
Soy hija de maestros.
Crecí entre escuelas, comunidades y familias que veían en la educación una esperanza para salir adelante. También fui testigo del compromiso de maestras y maestros que, más allá de un horario o un salario, han dedicado su vida a formar generaciones enteras.
Mi profesión me ha permitido comprender con mayor profundidad algo que siempre estuvo frente a mí: cuando la educación se debilita, cuando las desigualdades se profundizan y cuando las necesidades de las personas no son atendidas, las consecuencias terminan alcanzando a toda la sociedad.
Por eso hoy apoyo la lucha del magisterio.
No desde la distancia, sino desde la historia que me formó; desde las aulas que conocí desde niña, desde las carencias que vi en muchas comunidades, desde el sufrimiento de familias que enfrentan grandes necesidades y desde las injusticias y carencias que aún hoy continúo viendo en las comunidades y en las familias.
Como criminóloga, he visto que la desigualdad, el abandono y la falta de oportunidades suelen estar en el origen de muchos de los problemas que después intentamos resolver como sociedad. Por eso hablar de educación también es hablar de prevención, de desarrollo y de justicia social.
Y también lo hago desde mi fe, porque creo en un Dios que escucha el clamor de su pueblo, que defiende la justicia y que nos llama a no ser indiferentes ante las necesidades de los demás.
Hoy apoyo a quienes alzan la voz en defensa no solo de sus derechos, sino de los derechos de todos, porque cuando se lucha por la justicia y la dignidad, los frutos alcanzan a todo el pueblo.
La justicia no debe ser un privilegio.
Los derechos no deberían ser una lucha permanente.
— Betel Martínez