Juez Efraín Frausto Pérez

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Mi visión es a favor de la justicia independiente

25/05/2025
25/05/2025

Jueces en las urnas, ciudadanos en su casa

La primera elección judicial directa llega con más reglas que entusiasmo y con menos del 10% del padrón dispuesto a participar.



Hèctor Rodríguez Colmenero

Por años, las campañas electorales en nuestro país han girado en torno a promesas tangibles: una calle reparada, una beca, una tarjeta con saldo, o al menos la expectativa de que “algo toque”. Votar, para muchos, ha sido una transacción más que un acto de convicción democrática. Por eso, lo que está por ocurrir el próximo 1º de junio, cuando por primera vez elegiremos directamente a integrantes del Poder Judicial, merece una reflexión profunda: los candidatos no ofrecieron nada más que su preparación, su ética y su trayectoria.

Y eso, paradójicamente, fue visto como poco.

Muchos ciudadanos no encontraron motivación para participar. ¿Para qué votar, si no hay beneficio inmediato? ¿Para qué elegir, si no se siente que el juez o magistrado influye en la vida diaria como lo hace un alcalde o un presidente? A esto se suma que el Poder Judicial sigue siendo una institución distante, técnica, y en ocasiones opaca para el grueso de la población.

El contraste con la elección presidencial reciente es brutal. En aquella, votó el 61% del padrón electoral. No fue un récord, pero sí mostró una ciudadanía razonablemente activa, movida por símbolos, ideologías y narrativas que, aunque polarizadas, conectaban emocionalmente. En esta elección judicial, en cambio, todo parece indicar que ese porcentaje será una meta lejana. Y no solo por la falta de incentivos visibles, sino porque la campaña institucional del INE para promover esta votación fue, en el mejor de los casos, gris.

No llegó a todos los rincones, no generó entusiasmo, no construyó narrativa. Fue una campaña correcta, tal vez, pero sin alma.

A esto se sumó un ingrediente adicional: desde el principio, el proceso estuvo marcado por una veda rigurosa y reglas complejas que, aunque necesarias, generaron confusión y temor entre los participantes. Muchos de los perfiles eran juristas con prestigio, no políticos, y eso se notó en su incomodidad para navegar un terreno minado de restricciones legales. La reglamentación fue tan estricta que parecía pensada para contener a los políticos tradicionales —esos que suelen sortear las reglas con artificios—, pero terminó conteniendo también a quienes llegaban con genuino interés por aportar. Lo que debió ser una campaña de propuestas técnicas se convirtió, en muchos casos, en una campaña de miedo. Y el miedo hizo lo suyo.

Y no solo fue miedo. También surgieron voces que, más que por convicción, hablaron desde la conveniencia. Voces alineadas con los intereses de las esferas federales que impulsaron esta reconfiguración democrática, no para fortalecer la justicia, sino para legitimar el proceso desde el discurso oficial. La narrativa de cambio se volvió un guion que algunos repitieron sin cuestionar sus implicaciones. En lugar de enriquecer el debate, lo encorsetaron. Y eso también genera desconfianza.

Eso también pesa. Porque cuando se quiere transformar una cultura electoral acostumbrada al clientelismo, no basta con cambiar las reglas: hay que cambiar también la manera en que se comunica la democracia. Hay que decirle a la gente, con claridad, por qué importa lo que se vota, aunque no se traduzca en una calle nueva. Hay que explicar que un juez imparcial puede defender tus derechos laborales, tu patrimonio o tu libertad. Hay que aterrizar la justicia, ponerla en lenguaje común.

Aun con los acordeones digitales que se pueden considerar como una mancha en esta elección, el pronóstico para el próximo domingo será desalentador: se estima que apenas el 10% del padrón electoral participe. Este reducido caudal estará alimentado, en su mayoría, de la siguiente manera: un 2% proveniente de observadores electorales comprometidos con el ejercicio cívico, y un 8% correspondiente a durmientes de Morena movilizados por disciplina partidaria más que por convicción judicial. Como no hay resultados preliminares y ante la complejidad de la evaluación y captura de votos —además de restar los nulos—, los resultados definitivos de este proceso histórico se estarán dando hasta el jueves 5.

Este ejercicio fue, sin duda, un experimento democrático necesario. ¿Arriesgado? Sí. ¿Difícil de explicar? También. Pero vale la pena. Porque si logramos elegir a jueces con méritos reales, sin padrinos políticos ni compromisos oscuros, habremos dado un paso gigante hacia un Estado de Derecho más sólido. Aunque voten pocos, lo importante es que los que lleguen, lleguen limpios.

Ahora bien, no podemos quedarnos aquí. La participación probablemente será baja. Pero eso no debe leerse como un fracaso, sino como un punto de partida. El verdadero desafío comienza después de la elección: mostrar con hechos que quienes resulten electos pueden hacer la diferencia. Que la justicia puede cambiar, y que no hace falta prometer asfalto para ganarse el voto.

Votar sin promesas no debería ser la excepción. Debería ser la norma. Ojalá este laboratorio sirva para empezar a construir esa nueva cultura.

21/05/2025
19/05/2025

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