09/12/2025
LA CURIOSIDAD, LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS Y LA DESTRUCCIÒN DE LA INFANCIA Y LA ADOLESCENCIA
Por: Jorge Alfonso Sierra Q.
El niño de la foto, Zarek, mira extasiado la esfera de cristal luminosa. Esta contiene dentro una luna que gira, una escalera y un astronauta que la sube, intentando conquistar el orbe plateado.
Es una hermosa evocación de la historia del hombre. La curiosidad como impulso inicial para el desarrollo del mundo. Esta lleva aparejada la atención. Y de las dos se desprenden el descubrimiento y la memoria, bases del aprendizaje.
Desde mucho antes que al ser humano se le ocurriera crear e institucionalizar las escuelas, que se inventara el lenguaje oral o la función psicológica superior que es la escritura, según Lev Vygotsky, e incluso la ciencia, la curiosidad ya operaba como un impulso biológico y adaptativo, que guiaba a todos nuestros antepasados a explorar, experimentar, equivocarse, descubrir y, por último, comprender y aprender.
Pero, ¿por qué traemos a colación la curiosidad hoy? Por situaciones reales que nos llenan de pavor.
Hasta hace más o menos 40 años, los niños y los jóvenes de entonces estábamos en un mundo en el que el juego en la calle o en espacios abiertos, las áreas externas con los bosques aun no captados por el crecimiento desmesurado de las ciudades y los desarrollos inmobiliarios, las relaciones reales, cara a cara, eran nuestra forma cotidiana de vincularnos con el otro y la sociedad.
Eran la manera primaria de aprenderlo todo.
La preocupación de los padres no estaba centrada tanto en los peligros externos, como los depredadores sexuales o la delincuencia que secuestra y desaparece, sino en los riesgos que entrañaba para los niños y jóvenes hacer ciertas travesuras peligrosas, como irse a nadar en charcos que se formaban en la espesura de cualquier monte, partir a robar los frutos de árboles que pertenecían a dueños que andaban en sus quehaceres, o destrozar la ropa o los zapatos recién comprados jugando fútbol o cualquier otra diversión en la calle.
Peter Gray, del Boston College, eminente psicólogo del desarrollo y destacado investigador del juego, dice que “el juego requiere la inhibición del impulso de dominar y permite la formación de vínculos de cooperación duraderos”.
Previo al juego, estaba – está- la curiosidad. No se aprende a “no sufrir daños en situaciones es que es posible hacerse daño, como luchar cuerpo a cuerpo con un amigo, fingir un duelo con espadas, tirarse libre de la rama de un árbol para alcanzar otra, o negociar con otro niño para disfrutar de un balancín cuando salir mal parados en esa negociación puede provocar dolor de posaderas, además de vergüenza”.
“El juego físico, al aire libre y con otros, es el juego más sano, natural y beneficioso. El juego con cierto grado de riesgo es esencial, porque le enseña al niño o joven a cuidar de sí mismo y de los demás”, dice el mismo Gray.
Pero poco a poco, sin siquiera notarlo, todos fuimos perdiendo aquel mundo donde la curiosidad por descubrir muchas cosas, era nuestra segunda epidermis. Cuando aparecieron los primeros celulares, a finales de los 80 y principios de los 90 del siglo pasado, la nostalgia era porque ya no sería posible desaparecernos por largos períodos y se iba desdibujando nuestra privacidad. Pero nadie podía prever el demonio que se asomaba en el horizonte. Era la pérdida del juego libre para los niños y jóvenes, la desaparición del contacto cara a cara y con ellos, el atrofiamiento del desarrollo personal y la felicidad que estaba siempre a la vuelta de la esquina.
Por un momento llegaron los beepers, donde se podían enviar mensajes a una persona, pero siempre a través de un intermediario, no en forma directa. Los teléfonos móviles les adicionaron a sus funciones los mensajes de texto (SMS). De esta manera y sin anunciarlo, acabaron con aquellos beepers.
Pero, aun así, se mantenía cierta vinculación personal con el otro, pues solo se podía mensajear con una persona al mismo tiempo.
En el 2004 se crea Facebook y al comienzo, se veía como algo donde solo se contactaban familiares y amigos, y se recuperaban aquellas amistades perdidas en algún rincón del universo.
Pero en el 2009 llegó el apocalipsis: La aparición del Smartphone vino a modificar “la infancia basada en el juego” por “la infancia basada en el teléfono”. Los niños que habían nacido en 1997 tenían para esta época 12 años, la edad sensible en el desarrollo del ser humano. Son los conocidos como “La generación Z”. Hoy, 16 años después de la aparición de aquel aparato, podemos decir que este “adelanto tecnológico” ha alterado la compleja interacción de los desarrollos biológico, psicológico y cultural de la infancia y la adolescencia actuales.
En los tiempos cuando la infancia y la adolescencia se basaban en el juego, era común que al salir de la escuela, los estudiantes jugaran unos con otros, sin supervisión, mientras llegaban a sus casas, se retaran por equipos improvisados a jugar partidos de fútbol en la calle donde, aun apostando, se estaban esclareciendo principios de vida como la tolerancia, la comprensión, el consentimiento, el saber perder, la democracia, el respeto del vencedor y del vencido, la aceptación del otro, sobre todo cuando no se gana.
Hoy, el mundo es gris cuando los niños son llevados por sus padres a escuelas de deportes donde todo está reglado: las canchas, los uniformes, los árbitros, los horarios. No se fundan amistades, no se acrecientan los afectos con los compañeros de equipo.
Cuando los niños y jóvenes tienen todo dentro de un teléfono: WhatsApp, Facebook, YouTube, películas, música, Tik Tok, Instagram, tiene todo para pasarse horas y horas participando en chats, en redes sociales, comunicándose de forma asincrónica, con quienes jamás han visto ni verán, tomando como referentes de vida a los llamados “influencers”, personas en su inmensa mayoría sin ningún valor que resaltar.
Las redes sociales, los videojuegos, los smartphones y todas las tecnologías que atraen a los niños al mundo virtual, destruyen inmisericordemente los beneficios que proporcionan (¿o proporcionaban?) el juego libre, el aprendizaje social y esa capacidad de conectarse, interactuar y responder de forma recíproca a las señales emocionales y sociales de los demás que solo da el esparcimiento, el recreo y la diversión por el simple gozo del entretenimiento.
Y la curiosidad, madre del descubrimiento y el aprendizaje, se va diluyendo entre Inteligencias artificiales que “todo” lo saben y resuelven, Por eso, ¿qué hacemos para que otros Zarek no caigan atrapados en ellas?
Hasta aquí hablamos de los niños y adolescentes de hoy, atrapados e imbuidos por las nuevas tecnologías en todas sus variantes, pero, ¿y los adultos? ¿cuántos de los que nos hacen el favor de leernos se pasan 2, 3 y hasta 6 horas diarias (¡! Válgame Dios!!) en el internet sin motivos de trabajo sino posteando, “scroleando” o comentando en Facebook, Tik Tok e Instagram? Pero esto será motivo de otro post.
Mientras, bienvenidos sean los comentarios y las críticas.
Guadalajara, diciembre del 2025
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