10/02/2022
Del arte a la competencia.
Alejandra Saldaña.
La danza clásica, ese bello arte que hace llegar al público sentimientos a través de los bailarines, nos deleita con hermosas figuras femeninas sobre las zapatillas de punta y con varones que vuelan sobre el escenario, desde 1973 se visto invadido por el mundo de las competencias, de las medallas y trofeos. Competencias internacionales como el Yougth American Grand Prix, el Prix of Laussane, y competencias aquí en México como el Concurso Nacional de Ballet Clásico Infantil y Juvenil, o El Prix de Luisa Díaz; donde compiten estudiantes de ballet desde los nueve años en adelante con coreografías del repertorio clásico, coreografías originales y danza contemporánea.
Las competencias de ballet son una gran oportunidad que tienen jóvenes estudiantes para ser vistos por las escuelas de élite del mundo, como la escuela Vagánova o Joffrey Academy of Dance, y compañías profesionales, en los concursos hay becas que van a enriquecer de manera personal y profesional a los participantes, intercambios para ir a estudiar a otros países, becas para cursos y muchas compañías van a ofrecer contratos a los concursantes que ya están en edad de entrar al campo profesional. Los niños que participan en concursos no lo hacen por un contrato, lo hacen porque quieren darse a conocer ante las escuelas o aspirar a una beca.
En estas competencias se busca virtuosismo técnico por encima de la interpretación y expresión mediante la danza, y mientras más jóvenes sean es mejor. Estamos viendo a niñas de menos de diez años ejecutar variaciones de repertorio sobre la zapatilla de punta y a varones de la misma edad haciendo double tour en l´air en variaciones de Quijote. Se está violentando el proceso de aprendizaje de la técnica de ballet, creando sobrecargas de trabajo y lesiones que pueden acabar con la carrera del estudiante. Ya sea de la escuela Vagánova, Chequetti, Cubana o Inglesa, todas están de acuerdo en que el entrenamiento formal en la danza clásica no debe iniciarse antes de los ocho años, entonces ¿por qué se les está haciendo bailar a pequeños de menos de diez años como profesionales?
Estos pequeños y pequeñas van a ser bailarines todas sus vidas, niños sólo una vez, de por sí el entrenamiento profesional de la danza clásica priva de muchos momentos de infancia, ahora si se dedican a competir desde niños es aún peor.
Tal es el caso de Miko Fogarty, que como vemos en el documental First Position (Bess Kargman, 04 de mayo de 2012), a sus trece años ya era una competidora en el YAGP y para poder obtener siempre la victoria optó por realizar sus estudios en casa, cuidaba rigurosamente su alimentación y llevaba un entrenamiento de alto rendimiento; todos estos sacrificios le dieron la medalla de bronce en el concurso de ese año. Pero ella no se detuvo ahí, siguió compitiendo a lo largo de toda su adolescencia acumulando medallas y becas, hoy, Miko tiene veintiún años ¿qué es de su vida ahora? Según la publicación por Dance Magazine el 23 de agosto del 2018, abandonó su puesto en el Birmingham Royal Ballet y estudia su primer año de biología en University of California, e imparte clases de ballet en academias particulares. Ella declaró ante la revista que incluso antes de entrar entrar a la compañía comenzó a perder su pasión por la danza y quería intentar cosas nuevas ya que todo en su vida habían sido los concursos de ballet. Miko fue una promesa para danza clásica y los concursos se llevaron lo mejor de ella.
Me gustaría invitar a una reflexión a los docentes de danza, a los coreógrafos, a los bailarines y a los padres, donde nos pongamos a pensar ¿para qué se están entrenando a los jóvenes, para una carrera duradera en la danza, o para tener medallas y trofeos? Sea cual sea la respuesta que se elija, llevémosla a cabo siempre con ética, respeto por la integridad de los bailarines, y, sobre todo: amor por la danza.