05/07/2024
El Arte de Aprender
Aprender jugando de manera integral y creativa.
05/07/2024
28/06/2024
" El simple color, intacto en su sentido y sin aliarse con una forma definida, puede hablarle al alma de mil formas diferentes.
~ Oscar Wilde ~
09/04/2024
❣️
13/10/2023
En una conferencia, un estudiante universitario preguntó a la antropóloga Margaret Mead, cuál consideró que era el signo más antiguo de civilización en una cultura.
El estudiante esperaba que Mead hablara de lanzas, ollas de arcilla o piedras de moler. Pero no, Mead respondió que el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur que había sido roto y luego curado.
Mead explicó que en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a beber o buscar comida. Eres una presa fácil para los depredadores y saqueadores. Ningún animal sobrevive a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso se cure.
Un fémur roto y curado es evidencia de que alguien se dio al trabajo de quedarse con quién se lo rompió, apretó la herida, lo llevó a un lugar seguro y ayudó a recuperarse. Mead dijo que ayudar a alguien necesitado es donde comienza la civilización de nuestra especie.
12/10/2023
¡¡Sabías qué!!
Un bebé, no reconoce la cara de sus padres hasta más o menos los 3 meses. Antes los reconocen por el tono de la voz.
10/10/2023
“La piedra”
En lo alto de una bonita colina, muy cerquita del cielo, en una pradera de fresca y verde hierba bañada por los rayos del sol, había una piedra.
Era un bello lugar. Se elevaba sobre un valle de tupidas arboledas y zigzagueantes riachuelos. Pero la piedra no podía verlo, porque era una piedra.
En aquella colina sólo se escuchaba el canto de los pájaros y el zumbido de los insectos. Si el viento soplaba de poniente, podía escucharse también el rumor de las hojas de los árboles del valle y el danzar de los ríos. Pero la piedra no podía oírlo, porque era una piedra.
En los días de verano, los abrasadores rayos de sol quemaban. En invierno, el clima se hacía duro y el frío inundaba las praderas. Pero la piedra no podía sentirlo, porque era una piedra.
No veía, no oía, no sentía… no tenía corazón, pero de tenerlo habría sido un corazón de piedra.
Así pasaba los días la piedra o, más bien, los días pasaban sobre ella. Y los años. Y los siglos. La piedra era una piedra y no podía moverse.
Pero un día, algo cambió: en lo alto de aquella colina apareció un niño. El niño vio la piedra, se acercó a ella y le dio una patada.
-¡Bruno! ¡No se dan patadas a las piedras!, le regañó su mamá.
La piedra rodó y rodó colina abajo. Cogió velocidad. Chocó contra una roca y salió volando. Volvió a caer al suelo, rebotó tres veces y se paró.
¡Por fin! Después de miles de años la piedra había conseguido moverse y cambiar de lugar. Ahora estaba debajo de un árbol, junto a un ramillete de jacintos de los bosques. Frente al río. No era un sitio más bonito que el anterior, tampoco más feo. Pero era diferente. En realidad, a la piedra no le importó. No veía, no oía, no sentía. Seguía sin poder moverse.
Aunque puede que algo sí cambiara en ella. Va a parecer una locura, pero si hubieras estado allí me daríais la razón: yo diría que la piedra sonreía.
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