24/05/2026
La cultura de la excelencia medida en artículos, vivida en insomnio. El malestar académico sin fronteras geográficas
Por Redacción Nota Antropológica
Hay sensaciones que no deberían formar parte de la vida académica y, sin embargo, se han vuelto muy comunes. Mareos en medio de la lectura de un artículo. Dolor en el pecho mientras se espera la evaluación de un manuscrito. Insomnio aunque el cuerpo esté agotado. Cabello cayéndose sin explicación médica clara. La mente repasando citas, índices de impacto y pendientes incluso durante la madrugada.
Estas experiencias se repiten en universidades de Madrid, Buenos Aires, Ciudad de México, Bogotá, Lima o Santiago de Chile, mostrando que el malestar académico atraviesa fronteras y sistemas educativos distintos.
El investigador Mario Espinoza Pino, doctor en Filosofía por la Universidad de Granada y profesor en The Core School de UNIE en Madrid, ha analizado este fenómeno combinando testimonios personales con una revisión de las transformaciones institucionales que han marcado a la universidad contemporánea.
Aunque su trabajo parte del caso español, muchas de las dinámicas descritas encuentran equivalencias evidentes en América Latina. Durante las últimas décadas, las universidades han incorporado sistemas de evaluación, métricas de productividad y mecanismos de acreditación que han cambiado la manera de investigar, enseñar e incluso vivir la academia.
En España, las reformas impulsadas por la Ley Orgánica de Universidades de 2001 y su modificación en 2007 instalaron un nuevo vocabulario institucional. Evaluación. Rendición de cuentas. Calidad. Transferencia. Excelencia.
La palabra excelencia empezó a aparecer en documentos, convocatorias y reglamentos sin definirse del todo, pero sus efectos sí han sido concretos. Publicar más. Competir más. Medir más.
En América Latina ocurrió algo parecido. México hizo cambios en el Sistema Nacional de Investigadores. Colombia consolidó los sistemas de medición de grupos académicos desde Colciencias, hoy Minciencias. Argentina reforzó la carrera científica del CONICET. Chile profundizó sus mecanismos de acreditación y evaluación. Perú y Uruguay avanzaron en procesos similares.
Aunque cada país tiene características propias, la lógica de fondo es que la productividad académica se mide principalmente en publicaciones indexadas y los recursos se distribuyen según esos resultados.
Uno de los efectos más visibles ha sido la expansión de la precariedad laboral.
En España, las universidades públicas han terminado funcionando con una estructura dual. Por un lado están las plazas estables y por otro, una cantidad creciente de personal temporal que realiza prácticamente las mismas tareas con salarios mucho menores y sin garantías de continuidad.
Los profesores asociados, creados originalmente para incorporar profesionales externos, se han convertido en mano de obra académica barata. Muchos imparten clases, tutorizan estudiantes e investigan cobrando entre doscientos cincuenta y setecientos euros mensuales.
En América Latina, las figuras cambian de nombre pero cumplen funciones similares. Profesores por horas, docentes de asignatura, catedráticos temporales o adjuntos sostienen buena parte de la enseñanza universitaria.
En México, los profesores de asignatura representan alrededor del sesenta por ciento de la planta académica en muchas instituciones. En Colombia, los docentes de cátedra trabajan con contratos semestrales y pocas prestaciones. En Chile y Argentina, la temporalidad también se ha normalizado.
La estabilidad se ve siempre lejana, pero las exigencias de productividad siguen intactas y la presión no termina en las aulas.
Quienes intentan avanzar en la carrera académica necesitan publicar constantemente en revistas consideradas prestigiosas. El valor de esas publicaciones suele depender de índices bibliométricos gestionados por grandes corporaciones privadas como Elsevier o Clarivate.
El sistema produce que los investigadores escriban artículos, revisen trabajos ajenos y editen revistas sin recibir pagos directos, mientras las universidades gastan millones para acceder a esas mismas bases de datos.
La vieja frase “publica o perece” ha dejado de ser una exageración porque para muchos académicos, la vida cotidiana termina organizándose alrededor de convocatorias, evaluaciones y métricas. Dormir poco, responder correos de madrugada o trabajar fines de semana se ha normalizado como parte de la profesión.
El cuerpo termina hablando porque estudios sobre salud mental muestran un escenario preocupante.
Investigaciones realizadas en universidades europeas han encontrado niveles elevados de ansiedad, depresión y burnout entre estudiantes de doctorado e investigadores jóvenes. En España, algunos estudios han señalado que hasta el ochenta por ciento de doctorandos encuestados presentaban síntomas de agotamiento extremo.
En América Latina, aunque existen menos investigaciones, los resultados van en la misma dirección. Ansiedad crónica, desgaste emocional y estrés sostenido aparecen con frecuencia entre quienes viven bajo contratos precarios y presión constante por producir.
Los testimonios recogidos por Espinoza Pino muestran cómo el malestar se vuelve físico. Una investigadora postdoctoral relata que la maternidad parece penalizarse dentro de un entorno donde el valor profesional se mide en productividad continua. Otra doctoranda describe jornadas de doce horas, insomnio persistente y ansiedad acumulándose hasta afectar su cuerpo.
El problema no parece limitarse al exceso de trabajo. También tiene relación con una cultura donde descansar suele interpretarse como perder ventaja frente a otros.
La precariedad también crea relaciones de dependencia difíciles de cuestionar y quienes tienen contratos temporales necesitan cartas de recomendación, proyectos, avales y apoyo de profesores consolidados para seguir avanzando. Esa dependencia vertical puede facilitar abusos de poder, sobrecarga laboral o humillaciones cotidianas.
Los protocolos contra el acoso existen en muchas universidades, pero quienes denuncian suelen describir procesos lentos, poco transparentes y desgastantes. Así es como el miedo a quedar marcados como “problemáticos” termina alimentando el silencio.
El caso del Centro de Estudos Sociais de Coimbra mostró hasta qué punto estas dinámicas pueden consolidarse. Varias investigadoras denunciaron abusos y acoso por parte de una figura académica influyente, revelando redes de clientelismo, dependencia y culto institucional alrededor del prestigio académico.
Situaciones similares probablemente ocurren en otras universidades, aunque muchas nunca llegan a hacerse públicas.
La cultura de la excelencia no solo organiza el trabajo académico. También moldea la manera en que las personas interpretan sus propios fracasos. Si alguien no publica suficiente, el problema parece individual. Si no soporta la presión, se asume que quizá “no sirve para esto”.
Las desigualdades laborales, los criterios arbitrarios de evaluación y la distribución desigual de recursos quedan ocultos detrás de la idea de mérito personal. Mientras tanto, los cuerpos siguen acumulando agotamiento. ¿Puede cambiar algo?, Si. Existen intentos de transformar estas dinámicas.
La Declaración de San Francisco sobre Evaluación de la Investigación propone reducir el peso del factor de impacto como medida principal de calidad académica.
En América Latina también han surgido redes que impulsan modelos alternativos de evaluación y acceso abierto, intentando reconocer otros tipos de producción intelectual más allá del artículo indexado. Pero los cambios avanzan lentamente.
Muchos académicos que antes criticaban el sistema terminan reproduciendo las mismas jerarquías cuando alcanzan posiciones de poder. La lógica de la competencia acaba integrándose a la vida universitaria como si fuera inevitable.
Cuéntame en los comentarios: ¿has conocido algún caso donde la presión por publicar, competir o destacar en la universidad haya terminado desgastando la salud, el descanso o la vida personal de estudiantes e investigadores?
Fuente
Espinoza Pino, M. (2025). Las servidumbres de la excelencia: cuerpo, explotación y violencia en la universidad neoliberal. Sociologia Histórica.