Antropología - UAEM

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Ofrecemos información del Programa Educativo de Antropología Social de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

Replicamos información de interés para estudiantes e investigadores de Antropología

24/05/2026

Los debates actuales sobre descolonialidad en América Latina ponen foco, entre otros temas, en el cuestionamiento a la colonización epistémica presente en el conjunto de las ciencias sociales en la región -incluso en el pensamiento crítico latinoamericano-, materializada en el eurocentrismo que orienta su producción intelectual. Tal eurocentrismo, al cual no escapa la geografía, se expresa “en la forma como construimos nuestros conceptos, en la manera como establecemos nuestras interpretaciones, comparaciones de fenómenos históricos y sociales, en fin, en la manera de producir conocimientos, modos de significación y de producción de sentido al mundo” (CRUZ, 2017: 18). La geopolítica del conocimiento (MIGNOLO, 2003) estableció históricamente una preeminencia del conocimiento producido en el “norte” o “primer mundo”, con pretensiones de universalidad, por sobre el conocimiento generado en otras partes del mundo. Al mismo tiempo, los saberes producidos por sujetos racializados —cualquiera sea su ubicación geográfica— carecerían de la autoridad que sí tendrían los producidos por sujetos blancos. Esta geopolítica estableció una relación centro-periferia entre el norte y el sur que, de algún modo, se ve reproducida a distintas escalas, direcciones y sentidos: en el interior de los países, entre países del sur y entre conocimiento académico y otras formas de conocimiento.

https://www.academia.edu/89255252/Territorio_y_Debates_Descoloniales_en_la_Geograf%C3%ADa_Argentina_un_di%C3%A1logo_incipiente?nav_from=7b9966dc-70c4-45d6-9e09-8f0a50c33249

24/05/2026

¿Por qué creemos que saber menos nos haría más dichosos?

Un historiador analiza la idea romántica de que el conocimiento trae infelicidad y quién se beneficia de que no quieras saber

Por Redacción Nota Antropológica.

Imaginar borrar de la mente todo lo que se sabe sobre el cambio climático, las crisis económicas o una conversación de hace semanas puede parecer tentador. Tal vez la vida te sentirías más ligera, menos ansiosa, más tranquila. Esa idea de que “entre menos se sabe, mejor se vive” lleva siglos y probablemente ha sobrevivido porque ofrece algo muy seductor: la promesa de descanso mental.

Pero el historiador británico Peter Burke sostiene que esa creencia no es una verdad universal sobre la naturaleza humana. En su libro Ignorancia: una historia global, ha rastreado cómo distintas sociedades han entendido el no saber y cómo la ignorancia ha funcionado, muchas veces, como una herramienta política y cultural.

Burke explica que existen al menos dos grandes tradiciones que lo abordan. La primera, muy ligada a la Ilustración, veía la ignorancia como el origen de la superstición, el autoritarismo y el atraso. La segunda, más antigua y silenciosa, defendía la ignorancia como una posible fuente de felicidad, imaginación o incluso virtud.

El filósofo renacentista Michel de Montaigne sugería que una curiosidad excesiva podía producir más sufrimiento que beneficios. Más tarde, el escritor y botánico Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre llegó a afirmar que la ignorancia estimulaba la imaginación. Incluso la revolucionaria y feminista Olympe de Gouges había planteado que los primeros seres humanos habrían sido felices precisamente porque ignoraban demasiadas cosas sobre el mundo.

La idea suena bien, pero el problema es que también ha servido históricamente para mantener relaciones de poder.

Burke recuerda que el cardenal Armand Jean du Plessis de Richelieu consideraba peligroso educar demasiado a los campesinos. Una población informada podría empezar a cuestionar al gobierno y a la Iglesia. Mantener ciertos límites sobre lo que la gente sabía ayudaba a conservar el orden político.

Algo parecido ocurrió durante siglos con las mujeres, pues se les desaconsejaba estudiar política, idiomas o ciencias bajo la idea de que demasiada curiosidad era impropia o dañina. El arzobispo François Fénelon advertía contra lo que llamaba una “curiosidad indiscreta e insaciable” en las niñas, defendiendo una educación limitada que reforzara la dependencia y la obediencia.

Pero, piensa. Cuando surge el deseo de desconectarse de todo y vivir en una burbuja informativa, ¿se está tomando una decisión libre o repitiendo una lógica que históricamente ha beneficiado a quienes concentran el poder?

Burke muestra que muchas formas de ignorancia no aparecen de manera espontánea, y han sido fabricadas activamente. Uno de los ejemplos más conocidos es el de la industria tabacalera. Cuando los estudios científicos comenzaron a relacionar el cigarro con el cáncer de pulmón en los años cincuenta, las empresas no intentaron demostrar que fumar era saludable. Lo que hicieron fue sembrar dudas.

Un ejecutivo del sector llegó a reconocer que su negocio consistía en “vender incertidumbre”. Bastaba con generar confusión para que millones de personas siguieran fumando durante décadas. Ocurre también con el cambio climático, con ciertos discursos antivacunas o con campañas de desinformación política que circulan constantemente en redes sociales.

La ignorancia, entonces, no siempre es ausencia de información, a veces ha sido un producto cuidadosamente construido.

Sin embargo, también reconoce que la sobrecarga informativa contemporánea ha cambiado radicalmente la relación con el conocimiento. Nunca antes había existido tanta información disponible y, paradójicamente, eso ha aumentado la sensación de no saber suficiente.

Vivimos leyendo titulares, escuchando opiniones, revisando estadísticas y acumulando estímulos todo el tiempo y frente a ese exceso, ignorar ciertas cosas puede convertirse en una estrategia de supervivencia emocional. Algunos especialistas en gestión incluso han hablado de “ignorancia creativa”: la capacidad de dejar fuera información irrelevante para pensar con mayor claridad o innovar sin quedar paralizado por el miedo.

En paralelo, varias tradiciones religiosas y filosóficas han defendido el “no saber” como una forma de humildad intelectual. El cardenal Nicholas of Cusa escribió sobre la “docta ignorancia”, una idea según la cual reconocer los límites del entendimiento humano era una forma superior de sabiduría. Era algo así como aceptar que existen dimensiones de la realidad imposibles de comprender completamente.

Algo similar aparece en La nube del no saber, donde se recomendaba abandonar temporalmente el pensamiento racional para acercarse a lo divino. En esos casos, el no saber no funcionaba como comodidad intelectual, sino como una disciplina.

Entonces, por un lado, la ignorancia puede operar como mecanismo de control y manipulación. Por otro, el exceso de información ha terminado produciendo agotamiento, ansiedad y una necesidad constante de filtrar estímulos.

Burke lo que sugiere es que quizá el problema no consiste en elegir entre saberlo todo o no saber nada, sino en aprender a gestionar la ignorancia. Distinguir qué vale la pena conocer, qué puede ignorarse sin consecuencias graves y qué resulta indispensable entender para no ser manipulado.

También ha advertido sobre quienes tienen más poder suelen desconocer las realidades locales necesarias para tomar buenas decisiones, mientras que quienes sí poseen ese conocimiento rara vez tienen capacidad política para aplicarlo. Esa distancia entre poder y conocimiento probablemente ha contribuido a guerras mal planificadas, crisis financieras y hambrunas evitables.

Sí llegaste hasta este punto de la nota cuéntame ¿has conocido a alguien que prefieras seguir ignorando antes que vivir preocupado? Sigue esta página si te gusta este tipo de contenido, déjanos una reacción y nos vemos en la siguiente Nota Antropológica.

Fuente: Burke, P. (2023). Ignorancia: una historia global. Alianza Editorial.

24/05/2026

El frío, no el calor, es lo que más apagones genera en México

Las temperaturas mínimas generan más apagones y volatilidad eléctrica que las olas de calor, según un reciente estudio.

Por Redacción Nota Antropológica

Cuando bajan las temperaturas, el sistema eléctrico queda inestable. Durante las olas de calor el consumo sube, sí, pero se mantiene estable. En el frío ocurre lo contrario pues la demanda se dispara de golpe, luego cae y genera picos que difícilmente se pueden planificar.

Los investigadores Vicente Germán-Soto (Universidad Autónoma de Coahuila) y Ruth Bordallo Favela (El Colegio de Tamaulipas) analizaron 32 estados mexicanos entre 2003 y 2019. Cruzaron datos de consumo eléctrico, temperaturas máximas, mínimas y actividad económica y se encontraron con que la temperatura mínima representa un riesgo mayor para la red que la máxima.

La razón no es el frío en sí, sino su volatilidad, es decir, los cambios bruscos de temperatura en periodos cortos. Un día helado, al siguiente templado. Eso provoca que hogares y negocios enciendan y apaguen calefacción y ventiladores. La red eléctrica recibe golpes de demanda impredecibles y el resultado son los apagones.

En 22 de los 32 estados, la volatilidad de la temperatura mínima fue el factor de riesgo más importante. En contraste, las temperaturas máximas solo impactaron con fuerza en 10 entidades. Las regiones de clima extremo son las más afectadas.

El desarrollo económico también influye, pero con efectos contradictorios. En algunos estados el crecimiento económico aumenta el consumo eléctrico. En otros lo reduce. Depende del nivel de ingreso y de la eficiencia energética de cada región.

Entre 2003 y 2019, la temperatura mínima nacional subió de 13.35 a 14.81 grados. La máxima pasó de 28.53 a 29.91 grados. Pero la variabilidad de las temperaturas mínimas aumentó más que la de las máximas. El coeficiente de variación de las mínimas pasó de 0.25 a 0.28. El de las máximas subió de 0.09 a 0.12.

¿Qué implica esto para vida diaria? Que el gobierno y las empresas eléctricas deben enfocar sus planes de contingencia en el frío extremo, no solo en las canículas. Que tu recibo de luz puede dispararse sin previo aviso. Que los apagones no son casualidad.

Si llegaste hasta aquí, ¿cuántos apagones has visto este año en tu colonia? Deja tu respuesta en los comentarios y síguenos para enterarte de la siguiente Nota Antropológica.

Fuente: Germán-Soto, V. y Bordallo Favela, R. (2026). Es real, no es mito, el aumento de las temperaturas eleva el consumo de electricidad en México y sus regiones. Estudios Económicos, 41(1), e469.

24/05/2026

ENTRE TRAYECTORIAS. ESCENAS Y PENSAMIENTOS EN ESPACIOS DE FORMACIÓN
NICASTRO,S. Y GRECO, M.B.

El libro de Sandra Nicastro y Beatriz Greco que el lector tiene entre sus manos es un libro hecho de citas, reflexiones y conversaciones, que responde a ese llamado de lo otro, que siente la obligación de responder por todos. Es un libro en movimiento, que trabaja sobre esas inesperadas diagonales que suscitan profundas huellas en la escuela, esa institución que todavía se mueve, kafkianamente, entre los rasgos ilustrados y modernos que más de una voluntad anhela recrear, y esas demandas de imprecisos contornos que garabatean los nuevos bajo la forma de la interpelación. Es un libro que se interroga sobre las decisiones, esperas, recorridos y escuchas, que se entrecruzan en ese monstruo llamado sistema educativo. Es, también, una trama hecha de nombres que ponen en cuestión ciertas imágenes y dimensiones del monstruo escolar. "Entre" es uno de esos nombres. Nombre que señala tanto la potencia del pensamiento de Sandra-Beatriz-un pensamiento que se desplaza en el devenir litigioso de lo que hacen los sujetos en las instituciones de enseñanza-, como la impotencia de la imagen-escuela que deniega toda posible subjetivación. Podría decirse incluso que las reflexiones que dan cuerpo al pensar de Sandra-Beatriz buscan establecer un contrapunto polémico con cierta imagen-escuela que ha saturado el imaginario educativo. El libro reposa sobre la necesidad de repensar las trayectorias escolares, la de acompañar las historias de cada día, la de proponer otras formas de subjetivación colectiva: desde los otros, que, a fin de cuentas, somos nosotros. O, más precisamente: el libro procede por momentos como si luego de tantas imágenes sobre la escuela hiciera falta algo así como una epojé fenomenológica para limpiar el terreno y volver a pensarla invocando un vacío. ¿Qué queda de la escuela si se realiza ese movimiento? ¿Unas estructuras de hormigón y madera que alojan a cientos de personas? ¿Unas personas mayores llamadas directoras y maestras que transmiten normativas y conocimientos? ¿Otras más jóvenes llamadas estudiantes que tratan de aprender lo transmitido? ¿Unos objetos que sirven para que esas personas enseñen, escriban, escuchen, piensen? ¿Unos reglamentos, unas normas para regular la precaria convivencia? Pero, si así fuera, ¿no resulta ser una descripción demasiado ostensible todavía, demasiado parecida a la de otras instituciones? ¿Qué es, entonces, eso que pasa en las escuelas que habitamos que las hace únicas, singulares? ¿Qué es lo que sucede o puede suceder en la escuela mientras sostengamos la decisión de vivir juntos? Lo singular de la escuela no está en sus paredes, ni en los adultos, ni en los jóvenes, ni en la situación de enseñanza-aprendizaje en sí misma. La escuela es singular porque inviste un tipo de deseo que pocas instituciones reconocen con tanta fuerza como ella: el deseo de construir lo común a partir de las infinitas diferencias que nos constituyen. Este libro afirma que lo común no es ya el patrimonio del autoritarismo estatal que impone trayectos escolares. No concibe la transmisión como la repetición conservadora de una forma en su ocaso, sino como un espacio de libertad para repensar lo sido. Por eso mismo, por las afecciones que puede suscitar el pensar de este libro, por los relatos que arman su trama, y porque ningún codo nos empuja fuera de sus páginas, es preciso arrojarse, sin más, a su lectura.

https://archive.org/details/nicastro-s.-y-greco-m.-b.-entre-trayectorias.-escenas-y-pensamientos-en-espacios-de-formacion

24/05/2026

La cultura de la excelencia medida en artículos, vivida en insomnio. El malestar académico sin fronteras geográficas

Por Redacción Nota Antropológica

Hay sensaciones que no deberían formar parte de la vida académica y, sin embargo, se han vuelto muy comunes. Mareos en medio de la lectura de un artículo. Dolor en el pecho mientras se espera la evaluación de un manuscrito. Insomnio aunque el cuerpo esté agotado. Cabello cayéndose sin explicación médica clara. La mente repasando citas, índices de impacto y pendientes incluso durante la madrugada.

Estas experiencias se repiten en universidades de Madrid, Buenos Aires, Ciudad de México, Bogotá, Lima o Santiago de Chile, mostrando que el malestar académico atraviesa fronteras y sistemas educativos distintos.

El investigador Mario Espinoza Pino, doctor en Filosofía por la Universidad de Granada y profesor en The Core School de UNIE en Madrid, ha analizado este fenómeno combinando testimonios personales con una revisión de las transformaciones institucionales que han marcado a la universidad contemporánea.

Aunque su trabajo parte del caso español, muchas de las dinámicas descritas encuentran equivalencias evidentes en América Latina. Durante las últimas décadas, las universidades han incorporado sistemas de evaluación, métricas de productividad y mecanismos de acreditación que han cambiado la manera de investigar, enseñar e incluso vivir la academia.

En España, las reformas impulsadas por la Ley Orgánica de Universidades de 2001 y su modificación en 2007 instalaron un nuevo vocabulario institucional. Evaluación. Rendición de cuentas. Calidad. Transferencia. Excelencia.

La palabra excelencia empezó a aparecer en documentos, convocatorias y reglamentos sin definirse del todo, pero sus efectos sí han sido concretos. Publicar más. Competir más. Medir más.

En América Latina ocurrió algo parecido. México hizo cambios en el Sistema Nacional de Investigadores. Colombia consolidó los sistemas de medición de grupos académicos desde Colciencias, hoy Minciencias. Argentina reforzó la carrera científica del CONICET. Chile profundizó sus mecanismos de acreditación y evaluación. Perú y Uruguay avanzaron en procesos similares.

Aunque cada país tiene características propias, la lógica de fondo es que la productividad académica se mide principalmente en publicaciones indexadas y los recursos se distribuyen según esos resultados.

Uno de los efectos más visibles ha sido la expansión de la precariedad laboral.

En España, las universidades públicas han terminado funcionando con una estructura dual. Por un lado están las plazas estables y por otro, una cantidad creciente de personal temporal que realiza prácticamente las mismas tareas con salarios mucho menores y sin garantías de continuidad.

Los profesores asociados, creados originalmente para incorporar profesionales externos, se han convertido en mano de obra académica barata. Muchos imparten clases, tutorizan estudiantes e investigan cobrando entre doscientos cincuenta y setecientos euros mensuales.

En América Latina, las figuras cambian de nombre pero cumplen funciones similares. Profesores por horas, docentes de asignatura, catedráticos temporales o adjuntos sostienen buena parte de la enseñanza universitaria.

En México, los profesores de asignatura representan alrededor del sesenta por ciento de la planta académica en muchas instituciones. En Colombia, los docentes de cátedra trabajan con contratos semestrales y pocas prestaciones. En Chile y Argentina, la temporalidad también se ha normalizado.

La estabilidad se ve siempre lejana, pero las exigencias de productividad siguen intactas y la presión no termina en las aulas.

Quienes intentan avanzar en la carrera académica necesitan publicar constantemente en revistas consideradas prestigiosas. El valor de esas publicaciones suele depender de índices bibliométricos gestionados por grandes corporaciones privadas como Elsevier o Clarivate.

El sistema produce que los investigadores escriban artículos, revisen trabajos ajenos y editen revistas sin recibir pagos directos, mientras las universidades gastan millones para acceder a esas mismas bases de datos.

La vieja frase “publica o perece” ha dejado de ser una exageración porque para muchos académicos, la vida cotidiana termina organizándose alrededor de convocatorias, evaluaciones y métricas. Dormir poco, responder correos de madrugada o trabajar fines de semana se ha normalizado como parte de la profesión.

El cuerpo termina hablando porque estudios sobre salud mental muestran un escenario preocupante.

Investigaciones realizadas en universidades europeas han encontrado niveles elevados de ansiedad, depresión y burnout entre estudiantes de doctorado e investigadores jóvenes. En España, algunos estudios han señalado que hasta el ochenta por ciento de doctorandos encuestados presentaban síntomas de agotamiento extremo.

En América Latina, aunque existen menos investigaciones, los resultados van en la misma dirección. Ansiedad crónica, desgaste emocional y estrés sostenido aparecen con frecuencia entre quienes viven bajo contratos precarios y presión constante por producir.

Los testimonios recogidos por Espinoza Pino muestran cómo el malestar se vuelve físico. Una investigadora postdoctoral relata que la maternidad parece penalizarse dentro de un entorno donde el valor profesional se mide en productividad continua. Otra doctoranda describe jornadas de doce horas, insomnio persistente y ansiedad acumulándose hasta afectar su cuerpo.

El problema no parece limitarse al exceso de trabajo. También tiene relación con una cultura donde descansar suele interpretarse como perder ventaja frente a otros.

La precariedad también crea relaciones de dependencia difíciles de cuestionar y quienes tienen contratos temporales necesitan cartas de recomendación, proyectos, avales y apoyo de profesores consolidados para seguir avanzando. Esa dependencia vertical puede facilitar abusos de poder, sobrecarga laboral o humillaciones cotidianas.

Los protocolos contra el acoso existen en muchas universidades, pero quienes denuncian suelen describir procesos lentos, poco transparentes y desgastantes. Así es como el miedo a quedar marcados como “problemáticos” termina alimentando el silencio.

El caso del Centro de Estudos Sociais de Coimbra mostró hasta qué punto estas dinámicas pueden consolidarse. Varias investigadoras denunciaron abusos y acoso por parte de una figura académica influyente, revelando redes de clientelismo, dependencia y culto institucional alrededor del prestigio académico.

Situaciones similares probablemente ocurren en otras universidades, aunque muchas nunca llegan a hacerse públicas.

La cultura de la excelencia no solo organiza el trabajo académico. También moldea la manera en que las personas interpretan sus propios fracasos. Si alguien no publica suficiente, el problema parece individual. Si no soporta la presión, se asume que quizá “no sirve para esto”.

Las desigualdades laborales, los criterios arbitrarios de evaluación y la distribución desigual de recursos quedan ocultos detrás de la idea de mérito personal. Mientras tanto, los cuerpos siguen acumulando agotamiento. ¿Puede cambiar algo?, Si. Existen intentos de transformar estas dinámicas.

La Declaración de San Francisco sobre Evaluación de la Investigación propone reducir el peso del factor de impacto como medida principal de calidad académica.

En América Latina también han surgido redes que impulsan modelos alternativos de evaluación y acceso abierto, intentando reconocer otros tipos de producción intelectual más allá del artículo indexado. Pero los cambios avanzan lentamente.

Muchos académicos que antes criticaban el sistema terminan reproduciendo las mismas jerarquías cuando alcanzan posiciones de poder. La lógica de la competencia acaba integrándose a la vida universitaria como si fuera inevitable.

Cuéntame en los comentarios: ¿has conocido algún caso donde la presión por publicar, competir o destacar en la universidad haya terminado desgastando la salud, el descanso o la vida personal de estudiantes e investigadores?

Fuente

Espinoza Pino, M. (2025). Las servidumbres de la excelencia: cuerpo, explotación y violencia en la universidad neoliberal. Sociologia Histórica.

24/05/2026

📚✨ "Gestionar un proyecto comunitario es mucho más que administrar fondos, es facilitar sueños colectivos." ✨

Esta idea nos invita a mirar más allá de los presupuestos, los cronogramas y los indicadores. A veces, el peso de la gestión técnica nos hace olvidar que, detrás de cada recurso, hay personas con anhelos, historias y esperanzas. Un proyecto comunitario no nace en una oficina; nace en el corazón de un barrio que quiere un parque, en la voz de un grupo de mujeres que sueña con un huerto, en la promesa de jóvenes que buscan un espacio seguro para crear.

Administrar fondos es necesario, pero facilitar sueños es lo que da vida al proceso. Gestionar con sentido comunitario implica escuchar antes de presupuestar, validar las necesidades sentidas, negociar conflictos con empatía y acompañar la organización para que ese anhelo se haga realidad. Los recursos son medios, no fines. El fin siempre es la transformación colectiva y el bienestar compartido. 🤝

Cuando entendemos la gestión como un acto de cuidado y no solo de control, los números dejan de ser fríos y se convierten en herramientas al servicio de la vida. Se trata de traducir la ilusión en acciones concretas, manteniendo siempre la coherencia con lo que la comunidad realmente necesita y desea. 💪

💭 Reflexión para el territorio:
¿Cómo logran equilibrar la gestión técnica con el cuidado de los sueños colectivos? ¿Qué han hecho cuando un proyecto se ha vuelto solo "trámite" y han perdido de vista el corazón del proceso? ¿Qué consejo le darían a alguien que comienza a gestionar por primera vez?

👇 Cuéntanos en los comentarios tu experiencia. Tu reflexión puede ayudar a otros a recordar que los presupuestos se ejecutan, pero los sueños se cultivan juntos.

✨ Porque un proyecto que solo administra dinero termina cuando se acaba el recurso; un proyecto que facilita sueños, florece cuando la comunidad se apropia de él. ✨

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