Sin velo

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Página enfocada en el estudio bíblico, proclamando el único Evangelio de salvación en la Biblia. 1 Corintios 15:1-4

05/11/2025

Se ha introducido el uso de la psicología dentro de la iglesia a la hora de hacer oración.

• Te ven llorando de pie: "Tu milagro viene".

• Te ven ingenuo: "¡Recibe más!"

• Oras cuando te imponen manos: "¡No ores! ¡Recibe!"

• No te caes: Te empujan, te tiran agua, soplan el micrófono o tu frente.

• Te ves bonita: Profetizan que serás la esposa de un pastor.

• Te ven llorando de rodillas: "Dios ha escuchado tu oración y vencerás a tus enemigos... en tres meses recibirás lo que no recibiste en 6 años".

• Te ves hombre con dinero: "Dios levantará tus negocios, serás apoyo de ministerios", - normalmente se refiere a si mismo.

• Eres músico: "Grabarás un disco e irás a las naciones y con sólo cantar, los demonios huirán, los enfermos sanarán y la gente se convertirá".

• Eres evangelista: "Serás profeta".

• Eres pastor: "Serás apóstol y Dios dice que le pidas y te dará por herencia las naciones".

• Te ves pobre: No pierden tiempo contigo.

No saben identificarte: " tienes algo, pero no sé qué".

• Palabras súper-utilizadas: Unciones, decretos, tiempos, milagros, niveles, activaciones.

• Mensaje final: Recojamos una ofrenda profética. Pactemos con dinero, oro o cualquier pertenencia para que Dios conceda los milagros.

• Resultado: Todo el mundo sale conmocionado, despeinado y alegre, diciendo: ¡que poderoso estuvo todo!

• Siempre el mismo modus operandi ¿Cuántas veces has visto lo mismo desde que eres cristiano? ¿Tan simples somos que no necesitan ni cambiar de estrategia?

• Y al llegar a casa, todos siguen sin entender la Biblia y un poco más lejos de Dios.

Leer esto puede ser confuso, doloroso y ofensivo si te encuentras en una congregación, institucional y piramidal donde se practica este tipo de “cultos”, en donde te sembraste y quizá llevas años sirviendo.

Es nuestra responsabilidad cotejar con la Biblia las prácticas y predicaciones de nuestros pastores, nosotros debemos seguir a Cristo no a los hombres.

26/10/2025

LOS FARISEOS QUE TOCARON LA MUERTE

Ser fariseo no era una ofensa. Era un honor. La palabra “fariseo” viene de perushim, “los separados”
(Hechos 23:8). Eran hombres que se apartaban del pecado para vivir consagrados a la Torá. Estudiaban desde niños, memorizaban la Ley, oraban tres veces al día (Lucas 18:10–12) y esperaban con anhelo la llegada del Ungido, el Mesías que restauraría a Israel. Creían que el mundo se sostenía sobre tres pilares: la Ley, el servicio al Templo y las obras de misericordia. Eran los guardianes de la pureza, los que recordaban al pueblo que Dios debía ser amado con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. Y sin embargo, cuando el Mesías vino, muchos no lo reconocieron (Juan 1:10–11). Jesús no llegó como un rey, sino como un siervo (Mateo 20:28). No se sentó en tronos, sino en mesas con pecadores (Mateo 9:10–11). Sanaba en sábado (Marcos 3:1–5). Tocaba a los impuros (Marcos 1:40–42). Llamaba a los olvidados. Y eso fue un escándalo. Porque nadie esperaba a un Mesías que lavara pies (Juan 13:4–5), que llorara con las viudas o que muriera entre criminales. Isaías lo había dicho siglos antes: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Isaías 53:3). Pero pocos podían ver que ese Siervo sufriente y el Mesías prometido eran el mismo.

En medio de esa tensión había dos hombres distintos, pero iguales en su fe: José de Arimatea y Nicodemo. Ambos eran fariseos. Ambos miembros del Sanedrín, el consejo más importante de Israel. Ambos hombres de pureza, de estudio, de posición. Y ambos, en silencio, creyeron en Jesús. Nicodemo había ido a verlo de noche, buscando entender lo imposible: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él” (Juan 3:2). José, por su parte, no se unió a los que lo condenaron, porque esperaba el reino de Dios (Lucas 23:50–51).

Pero cuando Jesús murió, todo pareció terminar. El aire se volvió pesado sobre el monte Gólgota. El cuerpo del Maestro colgaba inmóvil, atravesado, ensangrentado. El cielo se oscureció. Los discípulos huyeron. Y entonces, uno de esos fariseos subió el monte. José de Arimatea fue ante Pilato. Pidió el cuerpo del crucificado (Marcos 15:43). “¿Puedo tenerlo?” —imagina esa pregunta en labios de un miembro del Sanedrín. Pilato lo permitió. Y José subió al lugar del cráneo, con el sol cayendo y la Pascua a pocas horas de comenzar. Pero José tocó el cuerpo. Sus manos se mancharon de sangre seca. Su pureza ritual se rompió. Y en ese momento, el hombre que toda su vida había seguido la Ley al pie de la letra eligió algo más grande que la Ley: la compasión.

Nicodemo llegó poco después, cargando “una mezcla de mirra y áloes, como cien libras” (Juan 19:39). Ambos se apresuraron. El sol caía. El tiempo corría. No había sirvientes, ni cortejos, ni rabinos. Solo dos fariseos, el cuerpo del Mesías y el silencio de la tarde. Mientras otros preparaban la cena pascual, ellos preparaban el cuerpo del Ungido. Lo envolvieron en lienzos con los aromas, conforme a la costumbre de sepultura de los judíos. Y José tomó la decisión final: ofrecer su propia tumba. “Y poniéndolo en un sepulcro nuevo, que había labrado en la peña, rodó una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue” (Mateo 27:60). Con cada paso, ambos sabían lo que perdían. Pureza. Reputación. Posición. No podrían celebrar el Pesaj. Serían impuros, señalados, tal vez expulsados del consejo. Pero no importaba. Porque aquel hombre, mu**to como un criminal, era el Siervo del que habló Isaías: “Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte” (Isaías 53:9). Ellos fueron ese cumplimiento. El profeta había hablado. El fariseo rico le dio su tumba. El maestro de Israel lo ungió con perfume de rey. Y en su aparente derrota, honraron al Mesías como nadie más lo hizo. No lo hicieron esperando la resurrección. Lo hicieron porque el justo merecía honor, incluso mu**to. Porque su amor fue más fuerte que su miedo. Y su fe, más fuerte que su reputación. Mientras todo Israel celebraba el Pesaj, ellos servían al verdadero Cordero. Y aunque quedaron impuros ante los hombres, fueron puros ante Dios. Porque como escribió Isaías: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Isaías 53:11). Dos fariseos. Dos hombres que lo arriesgaron todo. Mientras otros se quedaban limpios, ellos se ensuciaron por amor. Tocaron lo que nadie quería tocar. Honraron al condenado cuando todos lo despreciaban. Y sin saberlo, prepararon el escenario del milagro más grande: la tumba que ofrecieron quedó vacía. La religión busca mantenerse limpia. El discipulado está dispuesto a ensuciarse por amor. José y Nicodemo eligieron el amor. Y Dios, en su resurrección, los honró.

Quiénes eran los fariseos

Los fariseos eran un grupo religioso judío del siglo I profundamente dedicado a la Torá (la Ley de Moisés) y a su interpretación oral. Su nombre viene del hebreo perushim, que significa “separados”, porque buscaban mantenerse puros y apartados del pecado y de toda contaminación ritual. Creían en la resurrección, en los ángeles y en la providencia divina (Hechos 23:8). Eran muy respetados por el pueblo, y su vida giraba alrededor de cumplir los mandamientos de la Ley con exactitud. Por eso es tan sorprendente que dos de ellos —José de Arimatea y Nicodemo— aparezcan en los Evangelios actuando contra la corriente de su propio grupo.

José de Arimatea y Nicodemo: dos fariseos diferentes

Ambos eran miembros del Sanedrín, el consejo religioso más importante de Israel. Eran hombres de estudio, de prestigio y de pureza ritual. Pero cuando Jesús fue crucificado, decidieron hacer algo impensable para un fariseo: tocar un cadáver.

Según la Ley: “El que tocare cadáver de cualquier persona será impuro siete días” (Números 19:11). Y durante ese tiempo: “Todo aquel que toque alguna cosa inmunda... no comerá de las cosas sagradas hasta que se lave con agua” (Levítico 22:6).

Tocar un cuerpo significaba quedar excluido del Templo y del Pesaj (Pascua), la fiesta más sagrada del año. Pero José y Nicodemo sabían lo que hacían.

El sacrificio del Pesaj

La crucifixión ocurrió pocas horas antes del comienzo del Pesaj (Juan 19:31). Mientras los demás se preparaban para la cena pascual, José de Arimatea subió a pedir el cuerpo de Jesús (Marcos 15:43). Y Nicodemo llegó con unas cien libras de mirra y áloes (Juan 19:39). Ambos se mancharon las manos con sangre, envolvieron el cuerpo del Mesías y renunciaron a celebrar la Pascua para darle sepultura.

Renunciaron a su pureza, a su posición y a su reputación. A los ojos del mundo, quedaron impuros. Pero a los ojos de Dios, estaban cumpliendo la Escritura: “Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte” (Isaías 53:9).

El significado profundo

José y Nicodemo habían pasado la vida estudiando la Torá y los Profetas. Sabían quién era el “Siervo sufriente” de Isaías 53. Y cuando vieron a Jesús morir, comprendieron —aunque tal vez sin palabras— que ese Siervo era Él.

No actuaron esperando la resurrección. Actuaron porque el Mesías merecía honor, incluso mu**to. Su amor superó su miedo. Su fe venció su reputación.

La lección para nosotros

Muchos hoy quieren una obediencia limpia, sin costo, sin riesgo. Pero José de Arimatea y Nicodemo nos enseñan otra cosa: “La religión busca mantenerse limpia. El discipulado está dispuesto a ensuciarse por amor.”

Ellos tocaron lo que nadie quería tocar. Arriesgaron todo cuando ya no quedaba esperanza visible. Y por eso sus nombres quedaron escritos en los cuatro Evangelios.

Para leer y meditar

Números 19:11–13 — La impureza por tocar un cadáver.
Levítico 22:1–7 — Las reglas de pureza para acercarse a lo sagrado.
Isaías 53:1–12 — El Siervo sufriente, sepultado con los ricos.
Marcos 15:42–46 — José pide el cuerpo de Jesús.
Juan 19:38–42 — José y Nicodemo preparan el entierro.
Lucas 23:50–53 — José, hombre justo, que no consintió con el Sanedrín.

Reflexión final

José de Arimatea y Nicodemo eran fariseos, estudiosos, guardianes de la Ley. Pero cuando todos se fueron, ellos se quedaron. Y mientras otros celebraban el Pesaj, ellos honraron al verdadero Cordero.

Su obediencia no fue limpia. Fue costosa, valiente y real. Y Dios la usó para anunciar la victoria de la resurrección.

No temas ensuciarte las manos cuando lo haces por amor al Mesías. A veces, los actos más “impuros” a los ojos de los hombres son los que Dios considera verdaderamente santos.

Photos from Sin velo's post 23/10/2025
23/04/2025
17/02/2025

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Nuestros hábitos revelan quién gobierna nuestro corazón. 💡 La Biblia dice:

📖 "Digo pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis la concupiscencia de la carne." (Gálatas 5:16)

Si vivimos en pecado y desobediencia, mostramos que la carne nos domina. ❌ Pero si mostramos amor ❤️, gozo 😊, paciencia ⏳ y dominio propio ✋, es evidencia de que el Espíritu Santo mora en nosotros.

🙌 Vistámonos del nuevo hombre en Cristo y reflejemos su luz al mundo. (Colosenses 3:5-10)

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