22/07/2026
💬 Hay maestros que enseñan técnicas.
Y hay maestros que, sin darse cuenta, cambian el rumbo de una vida.
Mi camino en el taekwondo comenzó cuando tenía 11 años, en la escuela del profesor Isaías Dueñas. Ahí aprendí del profesor Efrén Zúñiga, quien me llevó desde mis primeros pasos hasta la cinta marrón. Y mi primer examen, el de cinta blanca, lo presenté ante el Gran Maestro Daiwon Moon.
Más adelante obtuve mi cinta negra bajo la dirección del profesor Gonzalo Martínez y fue nuevamente el Maestro Moon quien me entregó ese grado. Con el paso de los años, cuando el profesor Gonzalo dejó Ciudad Juárez y posteriormente Moo Duk Kwan, fue el profesor Moon quien a través de los años, sin ser mi maestro titular me dio muchas enseñanzas, unas dentro del doyang otras fuera del mismo.
Cada examen representaba mucho más que recibir una nueva cinta. Era una oportunidad para aprender de un hombre cuya forma de vivir el taekwondo hablaba más fuerte que cualquier discurso. De él aprendí principios que me formaron no solo como taekwondoín, sino también como profesor y como persona.
Cuando presenté mi examen de 6.º dan, el Maestro Moon me dio una gran lección. Con una humildad que solo poseen los grandes, me enseñó que incluso los maestros pueden equivocarse y que reconocer un error y pedir disculpas nunca disminuye a una persona; al contrario, la engrandece.
Ese día comprendí que el verdadero liderazgo no nace de la perfección, sino de la humildad.
Al final de este largo camino, no solo me entregó mi último grado. También firmó mi certificado de 6.º dan. Un documento que para muchos puede ser simplemente una certificación, pero que para mí representa algo mucho más valioso: el reconocimiento de haber sido su alumno.
Siempre estaré agradecido con con aquellos maestros como Efrén y Gonzalo, porque cada uno contribuyó en mi formación.
Pero si alguien marcó profundamente mi vida, fue el Gran Maestro Daiwon Moon.
La distancia hizo que no pudiera convivir con él tanto como me hubiera gustado y nunca me consideré una persona especialmente cercana a él. Pero hoy entiendo que eso nunca fue lo importante porque aún así él sabia de mi esfuerzo como practicante, como profesor y lo reconoció nombrándome sinodal de la institución de Taekwondo más grande y con mayor tradición en México.
Sus enseñanzas me abrieron puertas que jamás imaginé. Me llevaron a vivir experiencias que cambiaron el rumbo de mi vida, dentro y fuera del dojang. Aprendí de él exactamente lo que necesitaba aprender.
Y eso fue más que suficiente.
Gracias, Maestro, su legado vive en cada clase que doy en el doyang y en cada examen que examino.