05/08/2021
Leer en voz alta y escribir para uno: el placer de los descubrimientos.
(para Leonardo, que en un instante me explica todo lo que necesito)
Siempre hay y habrá algo más que decir sobre nuestra relación con la escritura y con el placer que proporciona el descubrimiento, la curiosidad y el asombro ante las escrituras que llegan a nosotros y nos es dado desentrañar en sus significados.
A veces los hallazgos suceden de inmediato, a veces nos cuesta un poco más abrir las puertas que nos conducen a los jardines de los sentidos, a veces es tan largo y tan complejo el trayecto que llegar a la razón y la emoción de lo que se cuenta nos agota. El premio al esfuerzo es el placer de lograr ver en plenitud la obra, su paisaje, su clima y los actores escenificando sus historias en la historia.
Sumar la voz a la vista será siempre de vital importancia para saber y sentir lo que nos pasa con lo que el autor del texto intentó contar. Ese intento, siempre parcial, siempre pendiente de los hilos que tejerá el lector para transformarlo en lectura, encuentra en la voz un aliado imprescindible: la voz y su ritmo, la voz y sus silencios, la voz y la intensión que dibuja la emoción que carga cada palabra, cada oración, cada párrafo a lo largo de todo lo que el texto intenta transmitir.
Cuando leemos en voz alta nos descubrimos. Lo que creímos comprender se afirma o se corrige. Y cuando leemos en voz alta con otros hacemos evidente que sin el trabajo de creación que cada lector aporta al texto no hay lectura. Entonces me surge una pregunta que hago y me hago: ¿Hay acaso mayor placer que la creación?
Vamos ahora a la escritura, a la nuestra y la de cada uno de nosotros, la de cada día, a la que tal vez no compartiremos nunca. ¿Existe esa práctica en la mayoría de las personas alfabetizadas? ¿Se promueve? ¿Se le asigna importancia? ¿Se la vincula con la lectura?
Son preguntas que me hago y que hago. No lo sé, pero sospecho que no es tan frecuente como la invitación a la lectura.
Cuando escribimos sin temor a que nos corrijan, cuando lo hacemos sin preocupación por concluir algo, cuando escribimos lo que queremos y en el tono que queremos, nos descubrimos en la singularidad de lo que somos en el preciso instante en que nos nacen las palabras. Ahí estaban las ideas, ahí estaban las emociones en que se sustentaban, pero no lo sabíamos, o no lo sabíamos con la claridad que de manera asombrosa brotan del manantial del alfabeto a nuestro favor.
Escribir y guardar lo escrito o compartirlo cuando y con quien queramos es necesario “como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto para ser y en tanto somos, dar un sí que glorifica”.
Esas lecturas y escrituras imagino para todos. En la escuela y fuera de ella. Sería muy necesario y placentero que así fuera. ¿No les parece?