07/10/2021
Hace varios años me contrataron para trabajar con un pequeño de 7 años que desafiaba constantemente las reglas de casa. Sus arranques de ira eran muy intensos y los papás sentían que estaba fuera de control. Sentían que había que gritarle y amenazarlo todo el día. Incluso, algunos especialistas les habían dicho que sería necesario medicar al niño, pero ellos habían decidido que el último recurso sería el medicamento.
Así que comencé a trabajar con el pequeño para ir resolviendo muchos de los enojos sin resolver de su vida debido, en gran medida, la falta de armonía en la comunicación familiar, al manejo inadecuado del enojo y a la falta de comprensión del porqué de las reglas de la casa. Así que en un par de sesiones le hice ver al pequeño que las reglas que ponían sus papás tenían un fundamento de amor y que en realidad no habían sido creadas para controlarlo sino para protegerlo y guiarlo. Al mismo tiempo, les pedí a los padres que evitaran a toda costa el castigo físico y los gritos para disciplinar al niño. En este punto, el señor tenía sus reservas, era un fiel creyente de que los niños necesitaban ser golpeados de vez en cuando para entender.
Pero a pesar de sus creencias, el señor decidió darme una oportunidad. Así que, para sustituir los gritos y los golpes les enseñé a establecer un conjunto de consecuencias que se relacionaran directamente con la falta a la regla. De esta manera, cuando el niño se portara “mal”, la reacción de enojo parental que usualmente incluía gritos o nalgadas sería sustituida por la aplicación de las consecuencias previamente acordadas.
Por ejemplo, si el niño no recogía los juguetes, mamá los recogería por él pero, los colocaría en una bolsa que sería como la grúa de los juguetes y estos permanecerían bajo la custodia de los padres, hasta que el niño se esforzara lo suficiente para ganárselos de nuevo. El niño también podía decidir no lavarse los dientes, pero eso le quitaría derecho a comerse el dulce que tenía permiso de comer después de la comida, por la simple razón de que los dulces contienen mucha azúcar y si él no estaba dispuesto a lavarse los dientes, no sería lógico que mamá le permitiera meter alimentos con mucha azúcar en su boca.
Conforme el papá escuchaba la lógica de cada una de las consecuencias propuestas, iba asintiendo con la cabeza. Pero al finalizar la sesión me dijo: “Aún no estoy totalmente convencido de lo que usted me está diciendo”. Le agradecí de nuevo por su paciencia y apertura para intentar algo distinto y quedé con ambos padres de platicar con el niño las reglas y consecuencias en la siguiente sesión.
La siguiente semana hicimos una sesión familiar. En ella, los papás le explicaron las reglas a su hijo. Hablaron del amor que existía detrás de cada una de ellas y también explicaron las consecuencias que se pondrían en casa cuando estas no se respetaran. Y al explicar la consecuencia de la bolsa que recogería como si fuera una grua, los juguetes que él dejara tirados, le dije al pequeño: “¿Sabes?, los adultos también tenemos consecuencias cuando no cumplimos con las reglas de la ciudad. Por ejemplo, si estacionamos nuestro automóvil donde está prohibido, la autoridad de la ciudad llega con una grúa y se lleva nuestro automóvil. Y para poderlo recuperar, debemos pagar una multa. Ésta es una de las consecuencias que vivimos cuando no somos respetuosos con las reglas de tránsito. Y si tu papá decidiera no pagar el servicio de la Luz, esta compañía le quitaría el derecho a tener luz en tu casa por no haber sido responsable con el pago. ”
Cuando el pequeño escuchó esta explicación se quedó pensativo observando las tarjetas con los dibujos de las reglas de su casa. “Yo no me había dado cuenta que los adultos también tienen consecuencias”, afirmó.
“Pues ahora ya lo sabes hijo”, contestó el papá con firmeza, “no eres el único que tiene que vivir las consecuencias de sus acciones”.
En ese momento, pensé que la sesión estaba dando un buen resultado. Pero nada me había preparado para escuchar lo que el pequeño dijo antes de terminar.
“Papá, ¿te puedo hacer una pregunta y no te enojas?”
“Te lo prometo”, contestó el papá un poco desconcertado.
Mi pequeño paciente, empezó a tallar sus manitas y a mecerse sobre la silla sobre la que estaba sentado. Era evidente que estaba nervioso por lo que iba a preguntar.
“¿Papá, alguna vez un policía se ha llevado tu auto?”
“Si hijo, una vez ya se lo llevó un policía y tuve que pagar para poderlo recuperar”, contestó el señor con honestidad.
"¿Papá, alguna vez te han quitado la luz por no pagarla?"
"No hijo, siempre me he esforzado por pagarla a tiempo?, contestó el papá con tranquildad.
¿Papá, y cuando el policía se llevó tu auto, te pegó con el cinturón para que ya no lo volvieras a hacer?
La cara de sorpresa del papá por la pregunta que había hecho su hijo, jamás se va a borrar de mi memoria. Era evidente que la pregunta de su hijo lo había hecho reflexionar como yo no había podido en todas las sesiones anteriores.
“No hijo, el policía no les pega a los adulos con el cinturón cuando se lleva la grúa sus autos”, contestó el papá con un semblante de tristeza.
"¿Papá y cuando no pagas la luz, alguien te grita y te pega por no pagarla?", preguntó de nuevo el pequeño.
"No, hijo eso nunca sucedería".
“Pues yo ya quiero ser grande para que no me tengan que pegar cuando me equivoque, siempre que me pegas siento mucho miedo y a veces cuando estás muy enojado siento que ya no me quieres”.
En ese momento el papá le reafirmó a su hijo que era el niño más importante de su vida y que nunca iba a dejar de amarlo. También le prometió que se acabarían los golpes cuando él no cumpliera las reglas, pero que eso no significaba que no fuera a vivir algunas consecuencias en caso de no cumplir con las reglas. Pero que sobre todo, su deseo era que él entendiera el porqué de las reglas para que pudiera vivir los beneficios de ser un niño repetuoso, ordenado, honesto y responsable.
A veces, los hijos son nuestros mejores maestros. Jamás olvides la belleza de una conversación llena de apertura y cariño. Y Jamás olvides que educar sin golpear, no significa dejar que los niños no se hagan responsables de sus acciones.
Con cariño para todos aquellos papás que desean educar a través del amor.