22/04/2026
Varios de los astronautas que viajaron a la Luna en las misiones Apolo y ahora en Artemisa hablan de las emociones que tuvieron al ver la Tierra a la distancia: de como contrasta contra el vacío y oscuridad del espacio, de como se ve tan delicada, tan única, de como las fronteras se borran y los problemas entre naciones parecieran carecer de sentido, de como todos los seres humanos estamos en un solo bote navegando a través del espacio sin posibilidad de abandonarlo.
No debería haber Día de la Tierra, no debería haber una fecha que nos haga recordar que vivimos en un planeta del cual depende nuestra existencia y que nos debería preocupar más conservarlo. Así como muchos de nosotros hacemos el hábito de cepillarnos los dientes sin que nadie nos lo tenga que estar recordando, así el cuidado del planeta debería estar integrado en nuestra forma de vida. Pero no, tenemos una forma de vida en la que la protección de los bosques, pastizales, selvas, desiertos, ríos, lagos, mares, montañas, cerros y todo aquello que los habita se siente como un esfuerzo extra, como algo que implica sacrificios y grandes costos económicos, como algo que se opone a algún destino que los seres humanos necesitamos cumplir, como si llevar a la extinción alguna especie valiera la pena porque se logró subir un escalón más hacia ese destino.
No debería haber un día de la Tierra y más bien varios días repartidos a lo largo del año, porque si de una manera aprendemos algo los humanos es mediante repetición y en esos días tenemos que hacer énfasis en que este sistema económico que está destruyendo la biosfera no es una ley de la naturaleza que sea imposible evitar. Podemos tener una forma de vida diferente, podemos tener una existencia la cual no destruya los hábitats de miles de especies, podemos tener una existencia en la que no tenga que haber miles de millones sufriendo para que unos cuantos acumulen el valor del trabajo de esos miles de millones.