30/08/2026
DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO (A) [30/8/2026]
La tentación de encasillar a Dios en nuestros esquemas mentales, de querer como ‘dominar a Dios’, ha sido una de las tentaciones clásicas de todos los tiempos. La palabra de Dios en cambio, nos invita a lo contrario, a abrirnos a la revelación, en lugar de tratar de encerrar a Dios en nuestros esquemas. Leemos en Isaías (55, 8): Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos. Cuando parece que las cosas no van de acuerdo con tus planes, debes saber que siempre Dios tiene un plan para uno. ¡Sus caminos no son nuestros caminos, pero sus caminos siempre son los mejores! El punto es: poner la confianza en El y confiar menos en uno mismo.
Lo mismo parece haberle sucedido a Simón el Apóstol, que es Simón Pedro. Recordemos que Simón lo confesó como hijo de Dios, y Jesús le responde: ¡Bienaventurado eres!, Simón, ¡hijo de Jonás!, porque no te lo reveló ni la carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16, 16). Lo llama ‘bienaventurado’ y además le cambia el nombre por Pedro -es el nombre que Jesús le pone-, que significa ‘piedra’ o ‘la roca’, y le promete que la Fe de la Iglesia descansará sobre él como fundamento visible. La Fe es siempre un don de Dios, pero tiene necesidad de testigos que la testifiquen y que la prediquen. Lo llama ‘bienaventurado’ porque dice que “ni la carne ni la sangre se lo había revelado” (era una confesión que venía de lo alto, de Dios). Pero ahora, pocos días más tarde, la misma persona, el mismo Pedro es llamado “Satanás” por Jesús. Satanás significa "el adversario". Y la razón es muy simple. Jesús dice: ¡Me eres de tropiezo (escándalo), porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres! (Mt 16, 23). Simón es 'bendecido' cuando sus pensamientos son de Dios, pero se transforma en 'adversario de Dios' cuando sus pensamientos son como el de los hombres. Se llega a ser completamente diverso en un caso que en el otro, la misma persona, porque el espíritu que la anima es distinto, en un caso y en el otro. No es que Pedro había dicho una cosa abiertamente mala, ni que hubiera cometido un pecado vergonzoso, pero pretendía guiarse por un pensamiento humano.
Simón Pedro se escandalizó de Jesús cuando éste había predicho su Pasión por primera vez. Al menos tres veces predice Jesús su Pasión en el Evangelio. Dice que "es necesario que el hijo del hombre padezca y sea rechazado y condenado a muerte...". ¿Por qué se escandaliza Pedro y se toma el atrevimiento de reprender a Jesús? La respuesta es sencilla: Porque el amor la Cruz no es un producto de la naturaleza (no de la carne ni de la sangre), sino solamente de la gracia de Dios. Simón amaba a Jesús con un amor humano, de amigo que quiere lo mejor para su amigo, pero eso no basta para darse cuenta cual es el verdadero bien, según el plan de Dios. Eso es importante para nosotros: evidentemente que el amor humano es normal y corriente en la mayoría de las personas y tenemos que convivir con él; en la familia, con los amigos, hasta en el trabajo. Pero, para el cristiano, el amor humano tiene que estar orientado al amor sobrenatural, que es la verdadera Caridad, el amor de Dios, y a veces ese amor pide sacrificios más grandes, como el de la Cruz.
Hubo grandes santos que tenían un gran amor por la Cruz de Cristo. Sin duda se trata de un regalo especial de Dios. San Luis María de Montfort nos enseña que es un regalo que no podemos imitar o pretender poseer con solas nuestras fuerzas, porque es superior a la naturaleza, pero sí es un regalo que humildemente podemos pedir, lo que él llama la "sabiduría de la Cruz". "Es una sabiduría especial – dice-, que se obtiene únicamente a través de grandes sufrimientos, ferviente oración y profunda humillación". Con todo su candor, pero la misma Santa Rosa de Lima (que celebramos hoy), dice en sus escritos: «Me daba ganas de salir a la plaza y gritar, con palabras tomadas de la boca de Cristo: “Que no se adquiere gracia sin pasar por grandes aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos para conseguir la participación íntima de la naturaleza de Dios, la gloria del Cielo y la hermosura del alma”». Esa es la ciencia de la Cruz, el tesoro infinito que los que lo adquieren, se atraen la amistad de Dios (Sab 7, 14), porque sin ella no hay verdadera amistad con Dios, no nos engañemos.
Obviamente, no es que todos están llamados a las grandes cruces; Dios sabe lo que destina a cada uno, pero no podemos, de entrada, oponernos a que sea parte de nuestra vida, si queremos ir al Cielo y ayudar a otros para que vayan. Esa sabiduría sí podemos implorarla (Sgo 1, 5-6) y la podemos alcanzar.
El santo nos recomienda también el humillarnos, pero con tranquilidad, delante de nuestros propios pecados, cuando desafortunadamente los hemos cometido; humillarse delante de ellos inmediatamente bajo la poderosa mano de Dios (1Pe 5, 6), con arrepentimiento sincero, pero sin desesperar, diciendo por ejemplo: "Estos son señor, los frutos de mi jardín", pero perdóname. Y es también necesario recibir la humillación como corrección por nuestro orgullo y pecados. A veces Dios permite a sus siervos fieles el experimentar muchas deficiencias, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Cor 1, 29).
También nos advierte de no creer que nuestras pequeñas cruces son signo especial de predilección de Dios. Es una trampa sutil e ingeniosa de orgullo espiritual”. Debemos creer en cambio:
a) Que son más bien nuestro orgullo y sensibilidad los que nos hacen considerar como vigas, las cosas que son sólo paja; como llagas, las picaduras de simples insectos; los ratones como elefantes, las simples palabras y tonterías que lleva el viento, como si fueran atroces insultos.
b) Las cruces que el Señor envía realmente son más bien el precio de lo que merecemos por nuestros pecados y no tanto señales de especial predilección.
c) Por más cruces y humillaciones que el Señor nos envíe, son infinitamente mayor en número aquellas que realmente merecemos, teniendo en cuenta el número y la magnitud de nuestros pecados. Y siempre hay quien la tiene mayor que la nuestra, especialmente en nuestros tiempos (pensemos en todos los que sufren la persecución y la muerte, y no porque sean peores que nosotros). Tenemos que pedir la gracia de ver nuestros pecados y falencias como los ve Dios.
d) Que la paciencia con la que decimos sufrir la Cruz se mezcla con nuestro modo de ser humano y natural. Prueba de ello los egoísmos, las búsquedas de consuelo, el modo en que nos justificamos, las quejas o incluso las murmuraciones, tan bien disfrazadas de virtud, el volver a hablar y hablar de nuestro dolor, la creencia de que somos muy importantes (como Simón el Mago, quien se hacía para por alguien importante; cfr. Hechos 8, 9).
La Cruz contradice el mundo, pero sólo en ella se encuentra la salvación, y ella es la única reforma que verdaderamente sirve. Le pedimos al Señor que nos enseñe a llevarla con paciencia, y si es posible, incluso con coraje y firmeza, y a mirar la realidad con los criterios de Dios. Siempre permanecerán las verdaderas palabras del Señor: Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame, porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa mía, la hallará (Mt 16, 24-25).