01/06/2026
Religión, Estado y beneficios sociales: la espiritualidad también paga cuentas
Hay una escena bastante curiosa, por no decir tragicómica que se repite en ciertos sectores religiosos de Israel: se rechaza la autoridad del Estado porque es laico, moderno, impuro, secular, democrático o cualquier otro adjetivo que sirva para marcar distancia espiritual; pero, al mismo tiempo, no parece haber demasiados escrúpulos a la hora de recibir subsidios, servicios médicos, seguridad, infraestructura, educación pública o beneficios sociales provenientes de ese mismo Estado tan «impuro».
En otras palabras, el Estado no sería lo suficientemente legítimo como para exigir deberes, pero sí lo bastante útil como para financiar derechos. ¡Una maravilla de coherencia moral!
La pregunta ética, entonces, es inevitable: ¿puede una comunidad religiosa rechazar la autoridad política de un Estado y, al mismo tiempo, aceptar sus beneficios mientras se excluye de las cargas comunes, como la defensa nacional?
Mi respuesta es que no, o por lo menos, no de manera permanente, unilateral y sin una contribución real al bien común. Una comunidad religiosa puede pedir excepciones, formas alternativas de servicio o reconocimiento de su modo particular de vida. Eso es razonable en una sociedad plural. Pero la excepción sólo es moralmente defendible cuando no se transforma en privilegio.
El pensador y filósofo Alasdair MacIntyre, en su libro Tras la Virtud, escribe que el ser humano no es un individuo aislado que aparece en el mundo exigiendo derechos como quien exige atención en una ventanilla pública. La persona se forma dentro de diversas comunidades, prácticas y tradiciones. Por eso, una comunidad religiosa tiene pleno derecho a proteger su forma de vida, su estudio, sus normas internas y su ideal de virtud. Porque l a tradición no es simplemente una reliquia del pasado que hay que dejar atrás, sino que también puede ser una escuela moral. Pero justamente por eso también puede corromperse.
Cuando una tradición deja de formar personas justas, responsables y valientes, y empieza a funcionar como un sistema para obtener protección, dinero, influencia política o beneficios materiales, entonces ya no estamos ante una comunidad orientada al bien interno, sino ante una maquinaria bastante terrenal. Muy piadosa en el discurso, pero muy práctica en la caja registradora del seguro social.
Aplicado al caso de nuestra realidad en el Estado de Israel, el problema no es que un grupo religioso valore el estudio de la Torá. Tampoco es necesariamente problemático que mire con sospecha a un Estado laico. El problema aparece cuando se sostiene al mismo tiempo: «no reconozco plenamente la autoridad de este Estado, pero sí acepto su seguridad, sus hospitales, sus carreteras, sus subsidios y sus beneficios».
Eso, desde una ética de la virtud, no parece justicia. Parece más bien una relación instrumental con la sociedad: tomo lo que me sirve, pero rechazo lo que me compromete.
Maimónides permite profundizar esta crítica desde dentro del propio judaísmo. En la Guía de los perplejos, enseña que la Torá busca tanto la perfección del alma como la perfección del cuerpo. La primera apunta al conocimiento verdadero y a la cercanía intelectual con Dios. La segunda incluye el orden social, la justicia, la seguridad y la regulación de las relaciones humanas.
Dicho de manera simple, la vida espiritual no flota en las nubes. Necesita tierra, pan, calles, leyes, seguridad y cierta estabilidad política. Incluso el beit midrash (centro de estudios) más elevado necesita que alguien garantice que no entren enemigos por la puerta. Además, en el Mishné Torá, Maimónides considera obligatoria la guerra destinada a salvar a Israel de un enemigo que lo ataca.
Es verdad que no podemos trasladar sin matices algo enseñado en el medioevo al Estado moderno. Pero el principio moral sigue siendo poderoso. Porque cuando la comunidad está amenazada, la defensa no es un lujo opcional ni una tarea para «los otros». Es una responsabilidad colectiva.
También creo importante recordar la crítica de Maimónides a quien estudia Torá, no trabaja y pretende vivir de la caridad pública. Para él, convertir la Torá en medio de sustento material degrada la propia Torá. Este punto es incómodo, naturalmente. Y como toda verdad incómoda, suele ser ignorada con gran entusiasmo religioso.
Ahora bien, el argumento a favor de la excepción religiosa también existe. Maimónides habla de la tribu de Leví como separada para el servicio divino, dedicada a enseñar la Tora y el Derej Hashem. Incluso amplía esta posibilidad a toda persona que decide consagrarse por completo al servicio divino. Pero aquí está el detalle que muchos olvidan convenientemente: el modelo levítico no es un modelo de privilegio, sino de renuncia.
El levita no representa al hombre que se libera de toda carga para vivir mejor que los demás. Representa al que asume otra forma de servicio, más austera, más elevada y más comprometida. No es una licencia para recibir beneficios materiales sin devolver nada a la comunidad. Por eso, una sociedad justa puede reconocer el valor del estudio religioso, incluso puede permitir formas diferenciadas de servicio. No todos tienen que contribuir exactamente igual. Algunos servirán en el ejército, otros en educación, salud, asistencia social, acompañamiento comunitario o formación espiritual. Pero todos deben contribuir de alguna manera real, proporcional y verificable.
Lo que no parece éticamente sostenible es una exención total presentada como santidad, mientras los beneficios estatales son recibidos con admirable puntualidad.
Porque en mi opinión, una comunidad que sólo reclama bienes externos y abandona las virtudes, como son la justicia, la honestidad, la responsabilidad social, finalmente termina corrompiéndose internamente. Por eso, una vida religiosa auténtica no puede despreciar las condiciones políticas y sociales que permiten la existencia misma de la comunidad.
Por lo tanto, rechazar el Estado como autoridad, aceptar sus beneficios y negarse a sus cargas comunes no es una postura espiritualmente elevada. Es, más bien, una contradicción moral envuelta en lenguaje religioso. Y la religión, si quiere ser tomada en serio, debería formar personas más responsables ante el bien común, no expertos en justificar por qué siempre debe pagar otro.
Kol tuv
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