Yeshiva Pirjei Shoshanim Israel

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Estudio de Tora, Halaja, Yeshiva, Bet Midrash, Kolel, Comunidad Judia.

01/06/2026

Religión, Estado y beneficios sociales: la espiritualidad también paga cuentas

Hay una escena bastante curiosa, por no decir tragicómica que se repite en ciertos sectores religiosos de Israel: se rechaza la autoridad del Estado porque es laico, moderno, impuro, secular, democrático o cualquier otro adjetivo que sirva para marcar distancia espiritual; pero, al mismo tiempo, no parece haber demasiados escrúpulos a la hora de recibir subsidios, servicios médicos, seguridad, infraestructura, educación pública o beneficios sociales provenientes de ese mismo Estado tan «impuro».

En otras palabras, el Estado no sería lo suficientemente legítimo como para exigir deberes, pero sí lo bastante útil como para financiar derechos. ¡Una maravilla de coherencia moral!
La pregunta ética, entonces, es inevitable: ¿puede una comunidad religiosa rechazar la autoridad política de un Estado y, al mismo tiempo, aceptar sus beneficios mientras se excluye de las cargas comunes, como la defensa nacional?
Mi respuesta es que no, o por lo menos, no de manera permanente, unilateral y sin una contribución real al bien común. Una comunidad religiosa puede pedir excepciones, formas alternativas de servicio o reconocimiento de su modo particular de vida. Eso es razonable en una sociedad plural. Pero la excepción sólo es moralmente defendible cuando no se transforma en privilegio.

El pensador y filósofo Alasdair MacIntyre, en su libro Tras la Virtud, escribe que el ser humano no es un individuo aislado que aparece en el mundo exigiendo derechos como quien exige atención en una ventanilla pública. La persona se forma dentro de diversas comunidades, prácticas y tradiciones. Por eso, una comunidad religiosa tiene pleno derecho a proteger su forma de vida, su estudio, sus normas internas y su ideal de virtud. Porque l a tradición no es simplemente una reliquia del pasado que hay que dejar atrás, sino que también puede ser una escuela moral. Pero justamente por eso también puede corromperse.
Cuando una tradición deja de formar personas justas, responsables y valientes, y empieza a funcionar como un sistema para obtener protección, dinero, influencia política o beneficios materiales, entonces ya no estamos ante una comunidad orientada al bien interno, sino ante una maquinaria bastante terrenal. Muy piadosa en el discurso, pero muy práctica en la caja registradora del seguro social.
Aplicado al caso de nuestra realidad en el Estado de Israel, el problema no es que un grupo religioso valore el estudio de la Torá. Tampoco es necesariamente problemático que mire con sospecha a un Estado laico. El problema aparece cuando se sostiene al mismo tiempo: «no reconozco plenamente la autoridad de este Estado, pero sí acepto su seguridad, sus hospitales, sus carreteras, sus subsidios y sus beneficios».
Eso, desde una ética de la virtud, no parece justicia. Parece más bien una relación instrumental con la sociedad: tomo lo que me sirve, pero rechazo lo que me compromete.

Maimónides permite profundizar esta crítica desde dentro del propio judaísmo. En la Guía de los perplejos, enseña que la Torá busca tanto la perfección del alma como la perfección del cuerpo. La primera apunta al conocimiento verdadero y a la cercanía intelectual con Dios. La segunda incluye el orden social, la justicia, la seguridad y la regulación de las relaciones humanas.
Dicho de manera simple, la vida espiritual no flota en las nubes. Necesita tierra, pan, calles, leyes, seguridad y cierta estabilidad política. Incluso el beit midrash (centro de estudios) más elevado necesita que alguien garantice que no entren enemigos por la puerta. Además, en el Mishné Torá, Maimónides considera obligatoria la guerra destinada a salvar a Israel de un enemigo que lo ataca.

Es verdad que no podemos trasladar sin matices algo enseñado en el medioevo al Estado moderno. Pero el principio moral sigue siendo poderoso. Porque cuando la comunidad está amenazada, la defensa no es un lujo opcional ni una tarea para «los otros». Es una responsabilidad colectiva.
También creo importante recordar la crítica de Maimónides a quien estudia Torá, no trabaja y pretende vivir de la caridad pública. Para él, convertir la Torá en medio de sustento material degrada la propia Torá. Este punto es incómodo, naturalmente. Y como toda verdad incómoda, suele ser ignorada con gran entusiasmo religioso.

Ahora bien, el argumento a favor de la excepción religiosa también existe. Maimónides habla de la tribu de Leví como separada para el servicio divino, dedicada a enseñar la Tora y el Derej Hashem. Incluso amplía esta posibilidad a toda persona que decide consagrarse por completo al servicio divino. Pero aquí está el detalle que muchos olvidan convenientemente: el modelo levítico no es un modelo de privilegio, sino de renuncia.
El levita no representa al hombre que se libera de toda carga para vivir mejor que los demás. Representa al que asume otra forma de servicio, más austera, más elevada y más comprometida. No es una licencia para recibir beneficios materiales sin devolver nada a la comunidad. Por eso, una sociedad justa puede reconocer el valor del estudio religioso, incluso puede permitir formas diferenciadas de servicio. No todos tienen que contribuir exactamente igual. Algunos servirán en el ejército, otros en educación, salud, asistencia social, acompañamiento comunitario o formación espiritual. Pero todos deben contribuir de alguna manera real, proporcional y verificable.

Lo que no parece éticamente sostenible es una exención total presentada como santidad, mientras los beneficios estatales son recibidos con admirable puntualidad.

Porque en mi opinión, una comunidad que sólo reclama bienes externos y abandona las virtudes, como son la justicia, la honestidad, la responsabilidad social, finalmente termina corrompiéndose internamente. Por eso, una vida religiosa auténtica no puede despreciar las condiciones políticas y sociales que permiten la existencia misma de la comunidad.

Por lo tanto, rechazar el Estado como autoridad, aceptar sus beneficios y negarse a sus cargas comunes no es una postura espiritualmente elevada. Es, más bien, una contradicción moral envuelta en lenguaje religioso. Y la religión, si quiere ser tomada en serio, debería formar personas más responsables ante el bien común, no expertos en justificar por qué siempre debe pagar otro.
Kol tuv

19/05/2026

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11/05/2026

Los profetas del lunes: extraterrestres, UAP y la súbita clarividencia de los pseudo-kabalistas

Después de ver en YouTube a unos «iluminados» que, con una seguridad casi mística y textos en mano, aseguran que la Torá y otros escritos religiosos llevan milenios proclamando la existencia de vida extraterrestre, no puedo más que maravillarme. La creatividad narrativa de estos pseudo kabalistas, gurús del coaching espiritual y demás iluminados profesionales es realmente digna de estudio. Siempre tienen una respuesta para todo, como si el universo entero fuera una sala de escape diseñada para que ellos lo resuelvan en directo.
Estoy convencido de que, con su dominio absoluto de la gematría, serían capaces de demostrar sin pestañear que 2+2 = 22. Y seguramente añadirían que «si no lo entiendes, es porque aún no estás listo».

Desde que Estados Unidos comenzó a desclasificar información sobre los famosos UAP, Ovnis, Vida no Humana, etc., han aparecido, como hongos después de la lluvia, los inevitables «expertos religiosos de turno». Pseudo-kabalistas, numerólogos, teólogos improvisados y comentaristas bíblicos de TikTok nos vienen a explicar, con una seguridad casi sacerdotal, que la Torá, la Biblia o «los antiguos sabios» siempre hablaron claramente de vida extraterrestre, seres interdimensionales o inteligencias no humanas.
Claro (según estos), siempre estuvo ahí. Sólo que curiosamente nadie lo dijo con claridad antes de que el Pentágono, la NASA o algún exfuncionario norteamericano pusieran el tema sobre la mesa. Qué casualidad tan mística.
Es el viejo arte de comentar el partido con el periódico del lunes. El domingo nadie sabía nada. El lunes, milagrosamente, todos son expertos. El domingo nadie se atrevía a decir: «la Torá enseña, en tal o tal verso, claramente la existencia de civilizaciones no humanas». Pero el lunes, después del informe, después del documental, después del titular, después del video viral, entonces sí: «nuestros sabios ya lo sabían». Por supuesto. Siempre lo supieron. ¡Sólo esperaban a que el Pentágono les diera permiso!

No tengo problema con que alguien se pregunte si el judaísmo permite pensar la existencia de vida no humana en el universo. Esa es una pregunta legítima, incluso necesaria, es más, mi posición es que la vida más allá de nuestra realidad planetaria o dimensional es perfectamente válida y no contradice la creencia en Dios. El problema aparece cuando una posibilidad teológica se transforma en espectáculo hermenéutico. Una cosa, es decir: «la Torá no excluye necesariamente la existencia de otras formas de vida». Otra muy distinta, es decir: «está clarísimo en tal versículo, en tal código secreto, en tal gematría, en tal palabra invertida del tercer renglón del comentario de no sé quién». Ahí ya no estamos ante interpretación. Estamos ante prestidigitación religiosa.

La interpretación seria exige método, contexto y humildad. Solicita reconocer cuándo el texto dice algo, cuándo el texto permite pensar algo, y cuándo simplemente estamos metiendo nuestras obsesiones modernas dentro del texto sagrado. Porque no todo lo que a mí se me ocurre después de ver un documental de Netflix estaba escondido en la Torá desde Sinaí.

La Torá no necesita convertirse en una enciclopedia de astronomía moderna para ser profunda. No necesita anticipar cada descubrimiento científico para tener valor. Tampoco necesita hablarnos de agujeros negros, inteligencia artificial, microbiología, física cuántica o civilizaciones de Andrómeda para ser Torá. Pretender que cada fenómeno moderno ya estaba «codificado» en el texto bíblico no engrandece la Torá, más bien la empobrece. La transforma en una especie de horóscopo sagrado donde cada uno encuentra lo que quiere encontrar.
Y esa es precisamente la trampa: la lectura retroactiva. Primero aparece el fenómeno cultural. Luego aparece el intérprete. Después aparece el versículo. Y finalmente aparece la frase mágica: «como ya dijeron nuestros sabios». Pero cuando uno pregunta dónde, cómo, en qué contexto, con qué método, con qué continuidad interpretativa, la respuesta suele ser una nube de palabras: secretos, niveles profundos, Sod, energía, frecuencia, códigos, dimensiones. Es decir, mucho humo y poco texto.

Yo no niego la posibilidad de vida extraterrestre. De hecho, me parece bastante razonable pensar que en un universo tan inmenso la vida no tiene por qué ser patrimonio exclusivo de este pequeño planeta lleno de guerras, ideologías, fanatismos y gente que todavía discute en redes sociales como si estuviera revelando los secretos del cosmos. Lo que critico es la deshonestidad intelectual de quienes sólo interpretan después de los hechos y luego pretenden presentarse como guardianes de una sabiduría milenaria.

Si mañana se muestran pruebas irrefutables de vida inteligente no humana, no faltaría quien diga que ya estaba anunciado en Beresh*t, en Yejezkel, en Daniel, en el Zóhar, o en las letras finales de un versículo tal. Dirían estos, ¡esta clarísimo!, porque si sumamos el valor numérico de la palabra beresh*t al valor numérico de un hongo alucinógeno llamado Psilocybe cubensis da como resultado la gematría de la palabra extraterrestre. (Aclaración: este ejemplo es ironía)
De todas formas, si, por el contrario, pasado mañana se descubre que no eran extraterrestres, sino drones, fenómenos atmosféricos o errores de sensores, también encontrarán un texto que lo confirme. Porque esa es la ventaja de no tener método, ya que de esta forma uno nunca se equivoca.

Hablando en serio, el judaísmo no necesita eso. La tradición judía tiene herramientas mucho más profundas para enfrentar esta pregunta. Puede pensar la creación sin reducirla al ser humano. Reconociendo que Dios, entendido de manera no infantil, no es propiedad tribal de nuestra especie. El judaísmo puede enseñarnos humildad cósmica, recordarnos que el hombre no es necesariamente el centro geométrico del universo, aunque se comporte como si lo fuera.
Desde una mirada maimonideana, deberíamos ser cuidadosos, porque la Torá habla en lenguaje humano, para formar al ser humano moral, espiritual e intelectualmente. No es un manual de ufología. Y desde una sensibilidad racionalista, diría que, si existe vida no humana, también ella pertenece al orden infinito de la realidad, a la misma Naturaleza, al mismo Dios entendido no como un anciano cósmico que administra platillos voladores, sino como la totalidad necesaria de lo real.

El tema central, por lo tanto, no es si podemos encontrar extraterrestres escondidos entre las letras de la Torá, sino mas bien, si nuestra teología está preparada para dejar de ser tan antropocéntrica, narcisista, y provinciana. Porque quizás el verdadero escándalo no sea descubrir que hay vida inteligente fuera de la Tierra, sino descubrir que, fuera de la Tierra, la inteligencia existe con menos soberbia que aquí.

Mientras tanto, seguirán apareciendo los profetas del lunes. Los que nunca anuncian nada antes, pero siempre lo explican todo después. Los que no interpretan la Torá, sino los titulares. Los que no leen el texto sagrado, sino que solo se remiten a leer la prensa, a esperar la moda, y luego buscar un versículo que les sirva de disfraz religioso.
Así cualquiera es un iluminado, Gurú o kabalista.

Kol tuv, R. Naftali E.

20/04/2026

¿Espiritualidad o pereza intelectual?
R. Naftali Espinoza

Hay algo que me genera un ruido mental insoportable cada vez que me siento a estudiar o a escuchar una clase de Torá: la ensalada hermenéutica . Seguro lo has visto. Alguien está analizando un verso de los textos religiosos en su nivel más básico, el Pshat (sentido literal), y en cuanto se t**a con una dificultad lógica o una contradicción histórica, ¡pum!, salta sin paracaídas al Sod (sentido místico) o al Drash (sentido interpretativo) para «salvar» el texto.
A mi juicio, este es uno de los errores más graves que cometemos hoy en día. Es lo que yo llamo un «Frankenstein de ideas», y hoy quiero explicar por qué esto no solo arruina el estudio, sino que termina por infantilizar nuestra fe y nuestra inteligencia.

El «cortocircuito» entre la ontología y la epistemología:
Para quienes intentan estudiar de forma honesta, esto es fácil de entender con una analogía. Imagina que estamos discutiendo un problema de epistemología (lo práctico de cómo conocemos las cosas) y, como no tengo una respuesta sólida, te contesto con una afirmación de ontología (lo metafísico). No tiene sentido, ¿verdad? Sería como mezclar «peras con martillos», estaría mezclando «niveles» distintos de la realidad.

En el judaísmo tenemos el sistema del Pardés:
1. Pshat: El nivel fenomenológico, lo literal, el lenguaje, la gramática.
2. Remez: La alusión, el sistema de señales.
3. Drash: Interpretación, la dialéctica y la aplicación ética.
4. Sod: La metafísica, la esencia mística que está detrás de todo.

Cuando alguien intenta invalidar el Pshat (por ejemplo, el significado histórico de un mandamiento) usando el Sod (su significado espiritual), está cometiendo un «cortocircuito» hermenéutico. En otras palabras, está siendo intelectualmente deshonesto, al explicar una situación práctica, literal, de la que tiene una respuesta en su nivel, con un aspecto metafísico que esta más allá de la literalidad. Es como decir que una mesa no es madera (física/pshat) porque en realidad es energía atómica (ontología/sod). Ambas son ciertas, ¡pero no en el mismo plano!

La espiritualización como refugio de la ignorancia:
He notado que, a menudo, la «espiritualización» del texto no nace de una profunda conexión mística, sino de una falta de formación lógica, o deshonestidad intelectual. Y ¿a qué se debe esto? A que el rigor es exigente. El rigor te obliga a quedarte en el texto, a pelearte con la gramática, a entender el contexto histórico y a aceptar que, a veces, el nivel literal nos pone frente a espejos incómodos.
Cuando el intérprete no tiene las herramientas para sostener esa tensión, saca el famoso «comodín espiritual». Si el texto parece contradictorio, en vez de usar la lógica para resolver la antinomia, te sueltan: «Es que en los mundos superiores esto es luz pura». Claro, cómo no. Así cualquiera puede decir cualquier cosa: total, la «respuesta espiritual» lo arregla todo como por arte de magia. Eso no es sabiduría, es una huida con incienso. Y como bien dice el dicho, «en la noche todos los gatos son negros»: una unidad tan absoluta que nada se distingue… y, por lo tanto, nada se entiende. Pero oye, qué profundo suena.

La consecuencia: Un estudio infantilizado:
Esta práctica tiene un costo altísimo: la infantilización. Si cualquier problema lógico se resuelve con un «milagro interpretativo», dejamos de tratar al estudiante como un adulto capaz de razonar.
El resultado es que las mentes analíticas, los que buscan coherencia y honestidad intelectual, se terminan alejando. Sienten que el estudio se ha convertido en un «test de Rorschach» donde cada uno entiende lo que quiere, proyecta sus deseos y lo etiqueta o justifica como «profundidad mística».

Mi conclusión:
Maimónides fue muy claro: el intelecto es nuestro puente con lo divino. Y es el «amor intelectual» en Dios, el más profundo nivel de apego a Su Esencia. Si saboteamos la lógica, saboteamos el puente. La verdadera mística no es un escape de la razón, es su punto más alto. Pero claro, para llegar al piso 20 de un edificio primero hay que construir los cimientos… detalle que algunos prefieren ignorar mientras mezclan niveles de interpretación como si fueran toppings de helado. Todo sea por sonar profundos y mantener entretenido al público. En serio, ¡ya basta de tanta charlatanería disfrazada de mística!
Necesitamos recuperar una ética de la interpretación. Si estamos en el nivel del Pshat, respetemos sus reglas. No usemos el misticismo como esa alfombra mágica donde barrer nuestra falta de rigor, ignorancia o simple pereza. Porque, seamos honestos, si una «verdad» no sobrevive ni cinco minutos de análisis lógico, quizá no era una verdad… sino un truco barato. Y en estos tiempos, esos trucos se descubren más rápido que un spoiler en redes sociales.

Photos from Yeshiva Pirjei Shoshanim Israel's post 04/01/2026

Agradecimiento y Perseverancia: una carta a la Comunidad Israelita de Temuco.
Rabino Naftalí Espinoza – Yeshivá Pirjei Shoshanim

De acuerdo con los historiadores la presencia judía en Chile puede rastrearse hasta el siglo XVI, ligada a los anusim (judíos conversos al cristianismo) que escapaban de la Inquisición, pero la vida comunitaria organizada se consolida recién en el siglo XIX con la inmigración de los judíos sefardí y ashkenazí, todos ellos atraídos por las nuevas oportunidades que ofrecía el nuevo mundo.
En Temuco , la llegada judía fue numéricamente acotada, pero decisiva para una ciudad en formación. Se integraron con rapidez al comercio y a la vida social local, aportando dinamismo económico y redes de confianza.
Los orígenes de la comunidad judía temuquense se vinculan especialmente a la diáspora sefardí del Imperio Otomano, con fuerte raíz en Monastir (Macedonia). El arribo de pioneros a inicios del siglo XX, y luego el incremento provocado por las guerras balcánicas y la Primera Guerra Mundial, dio lugar a una inmigración familiar relativamente homogénea, singular en Chile por su concentración geográfica. Con el crecimiento demográfico emergieron instituciones propias. En 1916 se funda el Centro Macedónico Israelita; más tarde se integran ashkenazíes y surgen nuevas asociaciones sociales y sionistas. En 1926 se construye la sinagoga (inspirada en la de Monastir) que se vuelve símbolo de continuidad y memoria. Y en esa trayectoria, la comunidad se configura como un testimonio vivo de la diáspora judía, esto significa, una historia pequeña en número, pero grande en legado, que aún sostiene instituciones, familias y el recuerdo de las antiguas comunidades de Europa y Oriente.

Mi experiencia
Hace dos semanas crucé el umbral de la sinagoga más antigua de Chile, la de Temuco, y sentí, incluso antes de cualquier palabra, el peso liviano y agradable de una historia que respira. Las antiguas salas de estudio, las mesas listas para compartir una rica seuda (comida), el Aron HaKodesh (arca que custodia el Sefer Torá), la madera pulida por generaciones de manos. Todo ello componía una atmósfera de presencia y trascendencia. La historia de esta comunidad no estaba guardada en vitrinas; flotaba en el aire, como un perfume que orienta el corazón y enriquece el alma. Encontré rostros amables, desde su presidente hasta la señora responsable del mantenimiento, y comprobé que la hospitalidad no es un gesto ocasional, sino una manera de habitar en sociedad.
Antes de continuar, no puedo, sino que agradecerles, desde la sencillez y la profundidad: por abrir sus puertas, por compartir su pan y sus conversaciones, por permitirme durante 3 días ser parte de ustedes. Y a la vez, deseo ofrecer una invitación: valorar lo que tienen y seguir desarrollándolo, como quien protege una llama compartida para que no desfallezca en el viento. La tradición sabe que la vida judía se sostiene en la práctica comunitaria, donde cada sinagoga es un pequeño mundo; y un pequeño mundo puede, si persevera, iluminar una ciudad completa.
En este punto me gustaría agradecer a su Presidente, el Sr. Eduardo Alvo Rodríguez, también al Cónsul Honorarios de Israel, el Sr. Mario Hasson Russo, al Secretario y mi amigo el Sr. Diego Bizama Tiznado y su esposa la Sra. Paulette Monnier Berner, también al Ex Presidente de la comunidad, Sr. Javier Weissbrot Ducat, también a todos aquellos que sin tener un cargo formal, son parte esencial de la kehilá, como son el Sr. Yosef Gabai Safdie, a las Sras. Raquel Cohen Shabitai, Rosita Robalez, Gloria Rodríguez, y tantos más, pero que a pesar de que en estos momentos no logro recordar sus nombres, sus caras aún están en mi mente. De todas formas, todos aquellos a quienes tuve la posibilidad de conocer, les doy mis más sinceros agradecimientos, junto a los de mi esposa e hijos.
Nada es más útil para un ser humano que otro ser humano. No lo digo como slogan humanista, sino como diagnóstico de nuestra condición: solos somos frágiles, pero juntos aumentamos nuestra potencia de obrar. Y por este motivo, la sinagoga que ustedes cuidan, bella por sus símbolos y más bella por sus personas, es un «laboratorio» de esa utilidad alta, que yo llamaría, con lenguaje rabínico, la utilidad de la «kedushá/santidad» cotidiana, allí donde el estudio de la Torá vuelve más lúcido, la plegaria más justos, y el encuentro más valientes. Porque este es el secreto de toda kehilá: transformamos la mera suma de individuos en un cuerpo vivo, capaz de sostener esperanzas razonables y obras duraderas.
Sé que hubo pronósticos pesimistas. Algunos antiguos comunitarios, al mudarse a otra ciudad, temieron que la comunidad de Temuco se marchitaría como se marchitan las hojas de un árbol cuando cae el invierno. Pero los invito a oír un contrapunto: la esperanza, si no quiere ser ilusión, debe apoyarse en la perseverancia. El alma no se alimenta de profecías ajenas, por muy probables que sean, sino de actos que la fortalecen. Como, por ejemplo, la suma de estudios que no se abandonan, de rezos que no se saltan, de buenas acciones que se realizan, de pequeños favores que no se posponen. Y lo es también el cuidado material que encontré en su Beit Hakneset: el orden, la limpieza, la atención a los detalles. Nada de esto es «menor», sino todo lo contrario, es la forma concreta de la continuidad.
Tal como ya lo expresé, me conmovió la historia de la kehilá, que incluso se puede llegar a «oler». Pero, aunque ese olfato de la memoria es un privilegio, no basta con olerla: hay que traducirla en futuro. Y el futuro, no es promesa de cielo ni amenaza de abismo: es una posibilidad que brota de causas adecuadas. Por eso mi agradecimiento lleva, inseparable, una exhortación: sigan haciendo causas adecuadas. ¿Cuáles? Tres me vienen a la mente en estos momentos. Por ejemplo, el Estudio que enciende el entendimiento común. Sabemos por experiencia que los textos judíos abren caminos cuando se aprenden de manera dialogada. Estudiar en comunidad es una necesidad incluso «para los sabios»: es el taller donde pulimos las ideas que, mañana, guiarán nuestras acciones. Porque la libertad nace del conocimiento; y el conocimiento florece en la conversación honesta, sin miedo a las preguntas difíciles. También es necesario considerar la tefilá (rezo) que forma el carácter. La plegaria no es evasión; es entrenamiento del corazón para reconocer lo que nos sostiene y pedir lo que nos falta sin caer en superstición. Porque estoy convencido que la verdadera religión se verifica en la justicia y la caridad. Si la tefilá no nos vuelve más justos y caritativos, se vuelve solo en una rutina vacía. Si nos vuelve más justos y caritativos, entonces renueva, día a día, la posibilidad del bien. Y creo que no debemos olvidad el jésed (buenas acciones), que multiplica la potencia. Nada aumenta tanto la fuerza de una comunidad como el cuidado mutuo. La visita al enfermo, el apoyo al que busca empleo, la copa de té compartida con quien llega agotado: cada acto de jésed vuelve más verosímil la continuidad. La bondad cotidiana es la infraestructura invisible de las comunidades longevas.
A quienes, desde lejos, imaginan que la vida judía de Temuco terminará por agotarse, les diría que ignoran la «aritmética» de la esperanza. Las comunidades no se apagan cuando disminuyen sus números, sino cuando se «apolillan» sus hábitos. Y ustedes, tal como pude comprobar, y a pesar de las dificultades, tienen hábitos sanos: abren la casa, estudian, rezan, reciben. Sigan, pues, valorizando lo que ya poseen. Díganse a sí mismos lo que se dicen aquellos con espíritus libres, es decir no mediten en la desgracia, sino en la vida. Porque la vida de una comunidad es la vida de sus encuentros; cuenten sus encuentros y verán que aún quedan semanas para fortalecer, calendarios por llenar, mesas que multiplicar.
Como un judío más, que valora la tradición, quisiera además animarlos a convertir la belleza de su sinagoga en «un proyecto de ciudad». Esto no implica diluir la identidad, sino de hacerla florecer, porque el judaísmo florece cuando sabe escuchar y ser escuchado; cuando se vuelve un bien para el vecindario, para la escuela, y para la calle que cruza frente a su puerta.
Es muy humano, en tiempos de incertidumbre, amarrarse a la esperanza o hundirse en el miedo. Pero estemos atentos, porque la esperanza y miedo son afectos hermanos, ambos nacidos de la duda. Por eso la invitación es a transformarlos en «fortaleza», en esa alegría activa que nace de entender las causas y de obrar en consecuencia. La fortaleza comunitaria se cultiva proponiendo metas concretas (un seder de Pesaj más activo; un ulpán de hebreo para principiantes; un fondo de becas, etc.), asignando responsables, y celebrando cada pequeño logro. Porque la tradición lo sabe, las grandes mesas se arman plato a plato, no de golpe.
Permítanme volver a agradecerles. La amabilidad de su presidente, el cariño de su secretario, la cordialidad con que me hicieron un lugar, porque todo ello revela esa «utilidad» superior de la que hablaba al comienzo, ya que como los sabios judíos enseñan, el mundo se sostiene por el estudio de la Torá, el servicio divino y las obras de bondad. Y estas no son columnas místicas; son hábitos que elevan nuestra potencia de obrar, personal y comunitaria. Si perseveran en esos hábitos, la proyección sombría de los que se marcharon perderá su fuerza de convicción. No porque se nieguen las dificultades, sino porque habrán aprendido a convertirlas en ocasión de alianza.
Porque estoy convencido que la herencia judía en Temuco no es un museo; es una promesa viviente. Una promesa que no se guarda, sino que se cumple. Cumplirla hoy será, quizás, una clase más de judaísmo con adolescentes; mañana, una cena de Shabat compartida con una familia nueva; pasado mañana, una actividad para recordar a los fundadores y agradecerles el coraje de haber encendido la primera vela en esta ciudad. Cada acto, por pequeño que parezca, es una causa adecuada del futuro que anhelamos: un judaísmo vivo, familias que crecen firmes en su herencia, la alegría sobria de quien reconoce su lugar en el mundo y lo cuida.

Conclusión
Ustedes, desde sus orígenes en la diáspora sefardí hasta su actualidad, encarnan la esencia de la resiliencia judía en Chile. Sirven como recordatorio de la importancia de la diversidad y la convivencia, asegurando que la luz de la Janukia, símbolo de esperanza, y que me tocó encender durante mi visita, siga iluminando generaciones venideras.
Por último, concluyo con una petición que es, en el fondo, una certeza: «no pierdan la esperanza», pero que su esperanza no se quede en el aire. Denle cuerpo con estudio, tefilá y jésed. Y que esa esperanza tenga la forma de un «nosotros» que se reconoce en la sinagoga, en la sala de estudio y en la ciudad. Si lo hacen, la historia que hoy se respira al entrar en su casa seguirá perfumando el aire de Temuco, y quizá, B’ezrat Hashem, el aire de las generaciones que todavía no han cruzado ese umbral.
Gracias por recibirme. Gracias por enseñarme, con gestos sencillos, que la vida de una comunidad se engrandece con pequeños actos. Sigan adelante, con corazón valiente y entendimiento claro. Porque el hombre libre medita la vida. Y la vida, entre ustedes, tiene casa: la Comunidad Israelita de Temuco.
Con gratitud y estima,
Naftalí E.

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