Educando a la Pobrería

Educando a la Pobrería

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Educar también es una manera de hacer patria.

29/04/2026

DAME LIKE O ME MUERO.

La ansiedad elegante de ser visto.
Dr Hugo A. Fiallos

Hace unos días, fui testigo de un ritual que me revolvió las tripas. Un par de cipotas, supongo que de esas que se dicen y les encanta que les digan “influencers”, pasaron rato acomodando un trozo de pastel junto a un taza de café, girando la taza para que el logo del sitio se viera perfecto, y retocando su maquillaje frente a la cámara. Risas falsas, la selfie respectiva y listo, cuando finalmente lograron lo que para ellas era la “toma perfecta”, suspiraron, se les borró la sonrisa, dieron click a su teléfono, supongo publicando la foto, y se fueron… dejando la comida sin tocar.
El viernes fui a ver una película y en el momento que inició la película tres o cuatro personas de las que podía ver en las filas de enfrente sacaron sus teléfonos y empezaron a grabar la pantalla o tomar fotos de la película, para postearlo en sus redes. Dejaron de disfrutar ver la película para avisar a los demás que la estaban viendo.
Y es que hay algo curioso en nuestra época: nunca había sido tan fácil ser visto… y nunca había sido tan difícil sentirse visto.
Hoy la gente sube cosas a redes sociales con la esperanza de que el mar de espectadores le devuelva algo más que silencio. Y lo interesante es que ya ni siquiera se trata de compartir la vida; se trata de medir si la vida que tienen es lo suficientemente interesante como para merecer un “me gusta”.
Un like, en teoría, es algo ridículo. Un gesto mínimo, un toque de pantalla. Pero el cerebro humano no lo interpreta así. Para el sistema nervioso, eso no es un “me gusta”, es reconocimiento social. Y el reconocimiento social, en términos biológicos, no es un lujo… es supervivencia. Durante miles de años, ser ignorado por el grupo significaba algo bastante simple: te vas a morir. Por anciano, por enfermo o por castigo, fuera del apoyo y la protección de la tribu, nadie podía sobrevivir solo.
Hay una estructura en el cerebro humano llamada sistema de recompensa. Su función original era liberar una descarga de dopamina cuando hacíamos algo útil para sobrevivir, como comer, tener relaciones sexuales o no morir devorados. Pero hoy, ese sistema ha sido explotado por ingenieros que saben más de neurociencia que muchos de mis colegas, pero con menos ética que un traficante de órganos.
El asunto es que ahora ese mismo sistema antiguo de recompensa está montado sobre la infraestructura moderna. Y el resultado es extraño: gente que no teme a la muerte, pero sí a publicar algo y que no reaccione nadie.
La pobrería “mental”, esa que no tiene que ver con la cuenta bancaria, o de conocimiento, sino con la pobreza del espíritu, ha encontrado en las redes sociales su caldo de cultivo ideal. Gente que publica sus desgracias no para buscar consuelo, sino para cosechar interacciones. Es la prostitución del dolor. Si te estás divorciando, si perdiste el empleo o si simplemente te sientes solo, la solución es un post en Facebook con una frase de Paulo Coelho; la solución ya no es terapia, un libro o un café con un amigo de verdad.
Desde la perspectiva clínica, estamos ante un brote masivo de Dismorfia Digital. La gente ya no se odia por estar gorda o tener la nariz chueca; se odia por no parecerse a su versión editada. Quieren vivir en un mundo iluminado, donde las ojeras no existen y la piel tiene la textura del mármol pulido. Pero la realidad es terca y cruel: tiene poros, tiene arrugas y, sobre todo, tiene fecha de caducidad. Intentar curar la baja autoestima con likes es como tratar una deshidratación severa bebiendo agua de mar: te calma la sed un segundo, pero te destruye los riñones en el proceso.
Lo más inquietante no es la necesidad de aprobación. Eso siempre ha existido. Lo nuevo es la velocidad con la que se mide. Antes la validación venía de conversaciones, de vínculos, de contexto. Ahora viene en números. Y los números tienen un peligro: no discuten, no matizan, no consuelan. Simplemente suben o bajan.
Y la persona empieza a comportarse en consecuencia.
Se deja de publicar lo que se piensa y se empieza a publicar lo que “funciona”. Se deja de vivir experiencias y se empieza a producir contenidos. Se deja de preguntar “¿me gusta esto?” y se reemplaza por “¿les gustará esto?”
Y no nos engañemos, esto es una cuestión de mercado. Nosotros no somos los usuarios de las redes; somos el producto. Somos el ganado que entrega sus datos, su tiempo y su salud mental a cambio de un espejismo de relevancia. El algoritmo no tiene sentimientos; no tiene mala intención, no odia a nadie, tiene objetivos. Y su objetivo principal es mantenerte pegado a la pantalla, preferiblemente enojado o envidioso, porque esas son las emociones que más facturan. La envidia es el combustible de las redes sociales. Deseamos la vida perfecta del vecino, sin saber que el vecino está igual de quebrado por dentro, fingiendo una felicidad para que nosotros le demos nuestro “Like” de limosna.
Y ahí aparece el verdadero problema: no es que las redes sociales obliguen a nada. Es que muestran con precisión qué recompensa… y el cerebro hace el resto.
Empiezan a aprender, sin darse cuenta, qué versión de ellos genera más respuesta. Y como todo aprendizaje eficiente, se refuerza. Publica, recibe aprobación, el cerebro guarda el patrón. Publica otra vez, no hay likes, el cerebro también lo guarda. Y lentamente aparece una idea incómoda: si no hay likes, no valió la pena.
No es vanidad. Es condicionamiento.
Y lo más irónico es que esto ocurre en una época que se vende como “autenticidad”. Sé tú mismo. Exprésate. Muestra tu personalidad. Pero con una nota pequeña que nadie lee: siempre y cuando esa personalidad sea suficientemente interesante para no ser ignorada.
Entonces la pregunta deja de ser filosófica y se vuelve clínica: ¿qué pasa cuando la validación externa se convierte en una medida constante de valor personal?
Pasa algo bastante simple y bastante incómodo: empiezas a vivir en función de señales y sin darte cuenta, te conviertes en una especie de editor de ti mismo en tiempo real, recortando partes de tu identidad que no rinden, amplificando las que sí.
No es necesariamente falso. Es eficiente. Y esa es la trampa.
Porque la eficiencia no siempre es compatible con la salud emocional.
En consulta o en la vida cotidiana uno ve el mismo patrón con distintos disfraces: personas que ya no disfrutan tanto las cosas, pero sí disfrutan la respuesta a las cosas. Gente que ya no está presente en sus momentos, pero sí en su documentación. Personas que no recuerdan bien lo que vivieron, pero sí cuántos likes tuvo.
Y cuando eso pasa, algo se invierte. La experiencia deja de ser el objetivo y se convierte en el medio. Ya no vives para sentir. Vives para mostrar que sentiste.
Lo más silencioso de todo esto es que no se siente como pérdida. Se siente como progreso. Más alcance, más interacción, más conexión. Pero a veces la conexión no es con otros… es con la expectativa de otros.
Y esa diferencia, aunque parezca sutil, es enorme.
Quizá el problema no es querer ser visto. Eso es humano. El problema es cuando ser visto se vuelve la única forma de confirmar que estás ahí.
Porque en ese punto, el silencio ya no es ausencia de ruido… es ausencia de valor.
Y eso, en cualquier lenguaje, no es una red social.
¿Cuál es la cura? No es el “detox digital” de un fin de semana en un hotel boutique sin Wi-Fi; eso es solo otra pendejada para instagram.. La cura es el desprecio por la aprobación ajena. Es recuperar la capacidad de disfrutar algo sin la necesidad compulsiva de que un desconocido lo apruebe.
Aprendan a comerse el pastel. Disfruten el café frío. Miren el atardecer hasta que les duelan los ojos, pero mantengan el teléfono en el bolsillo. Al final de la vida, cuando la luz se vaya apagando, les aseguro que no habrá ninguna notificación que pueda llenar el vacío de una vida que solo ocurrió a través de una pantalla.
Dejen de ser la “pobrería” que mendiga atención. Maduren. El mundo real no tiene botón de “Me gusta”, pero tiene algo mucho mejor: tiene verdad. Y la verdad, aunque no use filtros, es lo único que nos mantiene cuerdos.

15/04/2026

EL PENE: el mejor amigo del Hombre. Aunque le falle en el momento que más lo necesita

DR HUGO A. FIALLOS
Destructor de sueños y creencias

A ver empecemos con una pregunta rápida:
¿Como se llama tu vesicula?
O tu riñon derecho?
Como le decís a tu oreja izquierda?
Porque hay órganos que nos mantienen vivos.
El corazón bombea.
Los pulmones oxigenan.
Los riñones filtran.
El cerebro decide si seguimos existiendo mañana.
Y el pene...bueh, ese no hace nada, mas que crear problemas.
Sí… ese pedazo de carne que ha construido imperios, destruido matrimonios, inspirado guerras… y generado más inseguridad que cualquier examen de laboratorio. Ese órgano al que culturalmente le hemos asignado más poder del que realmente tiene… y más importancia de la que se merece.
Porque sino diganme: como explicar que sea el único órgano que tiene todo un catálogo de nombres genericos: p**i, pirulin, v***a, paloma, ciclope, pelon etc etc etc.
Y no como si eso no fuera suficiente algunos hombres hasta le ponen nombre propio: Jaime, Claudio, Pepe, Bruce, Hulk...en fin.
Nadie habla con su vesícula, o con su vegiga, nadie le dice a su bazo " Hay que crear defensas". Ahh pero al pene: "Hoy cenamos compadre", "nos va a ir bien vo", "creo que ya la hicimos ey". Para terminar diciendole: "no me falles ca**ón, no seas así, no ahora. Despertate...por favor."
Porque seamos claros desde el inicio: No es que el pene sea especial. Lo especial es el significado que le hemos dado
Y ahí es donde la mula, bota a Genaro.
Yo no se cuando fue que el hombre decidio que ese copetin era su mejor amigo porque durante siglos, el pene ha sido elevado a símbolo de poder, virilidad, dominio, éxito. Por eso hay tanto signo fálico en nuestra sociedad, los bastones de mando, son un buen ejemplo de ello, por eso se pasan de alcalde a alcalde o de comandante a comandante, es el mensaje que dice: "ahora sos la mera v***a". Y le entrgan una representacion de ella.
Un pequeño apéndice anatómico convertido en medidor de valor personal.
¿El resultado?
Generaciones enteras de hombres viviendo con una ansiedad silenciosa, ridícula y profundamente arraigada:
“¿Soy suficientemente hombre?”
No como persona. Ni como profesional.
Tampoco como esposo, padre, pareja o compañero. No.
Como pene.
Vamos a empezar con una verdad incómoda: El pene no es especial.
Desde el punto de vista biológico el pene es básicamente: Tejido eréctil, Vasos sanguíneos, nervios, y una función muy específica: La reproducción.
Y lo mas triste es que la mayoría de los hombres no conocen su propio pene. Ni como funciona, ni anatomicamente, ni psicológicamente.
Ahh pero opinan como si fueran especialistas.
Afortunadamente la ciencia, que es mucho menos dramática que el ego masculino, se ha dedicado a destruir mitos.
Y voy a empezar destruyendo el mito más grande de todos: el tamaño.
Porque si creen que el promedio son 18, 20 o 25 centímetros… felicidades, han sido estafados, engañados, burlados y (lamentablemente) educados por el p***o.
La ciencia (no tu compadre cuando está bolo) dice otra cosa:
El tamaño promedio del pene erecto anda alrededor de los 13 centímetros. Mas o menos.
La mayoría de los hombres está dentro de un rango perfectamente normal. El 90% de los hombres está entre 10 y 16 cm. Pero eso no nos importa.
Porque la percepción está completamente distorsionada.
Más del 40% de los hombres cree que su pene es pequeño. No porque lo sea… sino porque compara su realidad con la ficción del p***o. O sea…así o mas pendejos? Y por eso anda tanto frustrado soltando odio en las redes sociales. Porque creen tenerlo chiquito.
Estadísticamente, la mayoría de los hombres son bastante normales, aunque quisieran ser protagonistas de una película # # #.
Y aquí hay que decirlo sin andarse con pajas: El p***o no es educación sexual.
Es entretenimiento diseñado para exagerar un acto totalmente normal.
Sin embargo, se ha convertido en el principal referente educativo de millones de hombres. Y eso tiene consecuencias. Ninguna de ellas buena.
Expectativas irreales. Miedo de no cumplir, de no rendir a no durar. (y te cuento: si estas ansioso por durar, terminas antes) Y toda esa ansiedad por tenerla como b***o (o caballo según gustos) solo causa una cosa: que eso que quieres que sea enorme, no funcione bien. Cada vez mas estamos viendo cipotes que simplemente no se ponen de pie frente a una dama.
Disfunción eréctil en hombres jóvenes sin enfermedad orgánica.
Sí, leíste bien.
Hombres sanos… cuyo problema no está en el cuerpo, sino en la cabeza.(la de arriba)
Porque la erección no empieza en el pene, empieza en el cerebro.
El Deseo, la emoción, el estímulo, o el contexto. Todo eso ocurre antes de que haya un solo cambio vascular. Y cuando ese sistema se contamina con miedo, duda o ansiedad… el resultado es obvio: No hay paraguas aunque llueva.
El pene falla no por incapacidad física sino por interferencia psicológica.
Pero en lugar de abordar esto como lo que es (un problema emocional) preferimos medicarlo… o peor aún, comercializarlo.
La industria de las “mejoras masculinas” es una de las más rentables del mundo. Pastillas, bombas, cremas, cirugías. Todas prometen lo mismo: más tamaño, más potencia, más seguridad.
Lo que realmente venden es otra cosa: ilusion empacada como solución para la inseguridad.
Porque si esos productos funcionaran como prometen, la ansiedad masculina ya habría desaparecido hace décadas.
Pero no. Sigue aumentando.
Y mientras tanto, ignoramos datos básicos que desmontan el mito desde la raíz: asi que permitanme empezar a destruir sus ilusiones.
Para empezar, el placer sexual no depende del tamaño.
La conexión entre la pareja, la estimulación adecuada y el contexto emocional tienen mucho más peso. Pero claro eso no vende porque no es espectacular, ni alimenta el ego.
Lo verdaderamente incómodo de todo esto es que el pene, ese supuesto símbolo de poder, es en realidad un órgano profundamente vulnerable.
Puede fallar por estrés, se puede lesionarse, se puede enfermar.
Y cuando lo hace, no solo afecta la función sexual… afecta la identidad del hombre que depende emocionalmente de él.
Ese es el verdadero problema.
No el pene.
Sino la relación psicológica que hemos construido alrededor.
Entonces debemos empezar por aceptar que ya es hora de replantearlo todo.
De dejar de medir el valor personal en pulgadas o centimetros.
De dejar de comparar tamaños.
De entender que la sexualidad humana es mucho más compleja que una simple respuesta mecánica.
Y sobre todo…
De aceptar una verdad que puede resultar incómoda: No es necesario tener un pene más grande.
Lo verdaderamente necesario, es redefinir el verdadero concepto de lo que significa ser hombre.
Porque al final, el pene nunca ha sido el protagonista.
Solo ha sido el pretexto.

08/04/2026

EDUCANDO A LA POBRERÍA
PRESIÓN ALTA: LA ENFERMEDAD QUE NADIE RESPETA (HASTA QUE LES JODE LA VIDA)

DR HUGO A FIALLOS

Médico que sabe de lo que habla, porque lo ve a diario

Una de las características que vuelven tan pijudita a la UCI y a los intensivistas es que ahí se tratan los pacientes mas graves de un hospital: infartos, derrames cerebrales y otras enfermedades que hacen morir de envidia a cualquier serie de television.
Y la gente disfruta de ver esos dramas médicos de la tele hasta que les toca de verdad.
Y es que si les dijeran que tienen cáncer o que les dio un infarto, se espantarían y se preocuparían. Pero si les dicen “tiene la presión alta”, la reacción generalmente es: “ah, sí… un poquito nada más, no pasa nada Dr, así la mantengo”.
Y ahí está el primer error.
Porque cuando se trata de enfermedades como el cáncer, infarto al corazón o un derrame cerebral, la gente se espanta, y como si fueran el Voldemort de las enfermedades, todos bajan la voz al pronunciar sus nombres, y hasta tocan madera para que eso no les pase a ellos.
Pero vea compa, hay una enfermedad que es mucho más peligrosa que todas esas juntas y, aun así, nadie le tiene miedo.
La hipertensión.
Sí. La famosa presión alta. Esa que la gente menciona con una tranquilidad absurda, como si fuera una molestia menor. Como si fuera algo que solo le pasa a los viejos. Como si fuera un pequeño comentario médico que no merece demasiada atención.
Y esa es precisamente la razón por la que sigue siendo una de las principales causas de muerte en el mundo.
No porque no tenga tratamiento o porque sea difícil de detectar.
Sino porque a todo el mundo le vale v***a.
Y es que la hipertensión se ha vuelto tan común que dejó de asustar. Y cuando algo deja de asustar, la gente deja de cuidarse.
Se parece a Claudia, la cipota de mi barrio que tiene mas recorrido que una aerolínea de la mosquitia. Y por eso nadie la respeta. Porque cualquiera la tiene.
Todo el mundo ha oído hablar de la presión alta, o conoce a alguien que toma pastillas para la presión. Y la mayoria sale con “me salió un poquito alta la presión, pero no pasa nada”.
Y ese es el problema.
Eso explica por qué hay millones de personas que saben que tienen la presión alta y, aun así, no toman el tratamiento de forma correcta. No porque no puedan, sino porque creen que no es urgente.
La gente cree que la presión alta solo es un número, pero no, no lo es.
La presión alta no aparece de la nada. Es el resultado de años de maltrato que el cuerpo ya no puede soportar.
La gente cree que el dolor es la señal más importante de enfermedad. Si algo no duele, entonces no puede ser tan grave. Y eso funciona para muchas cosas, pero no para la presión alta.
Porque la hipertensión no duele. Lo que duele es lo que viene después.
Duele el pecho antes del infarto.
Duele la cabeza antes del derrame cerebral.
Se los explico facilito: el corazón bombea sangre y esa sangre golpea las arterias. Esa fuerza con que las golpea se llama presión. (si hubieras prestado atención en la clase de física elemental lo entenderías más fácil b***o) La presión normal es necesaria, pero cuando es demasiado alta y constante, las arterias se ponen duras y frágiles, como una manguera vieja que si le metes demasiada presión estalla. Solo que aquí ese estallido no es un ruido: es un derrame cerebral, un infarto o una insuficiencia cardíaca.
El cerebro sufre primero. Los vasos sanguíneos se tapan o se rompen, y ahí tienes un bonito y elegante derrame cerebral. Todo por ignorar un número que salió “un poquito alto” en un aparato.
El corazón también paga caro. Ese músculo trabaja horas extra, día tras día, hasta que se cansa. Entonces aparece la insuficiencia cardíaca, que en la vida real significa que respirar se vuelve un esfuerzo brutal. Pero la gente (vos no, yo sé que vos no) sigues sin tomar pastillas, porque tener la presión “un poquito alta” no es problema.
Los riñones también sufren. La presión alta los va dañando lento, hasta que ya no filtran bien. Y de repente “la diálisis” deja de ser una palabra lejana y se convierte en rutina, varias veces por semana, horas conectado a una máquina solo para no morirte. Y todo empezó con un “no pasa nada, solo la tengo un poquito alta”.
Lo más peligroso de todo es que ese daño ocurre lentamente.
Tan lentamente que la persona se acostumbra a vivir con él. Tan lentamente que cuando finalmente aparecen los síntomas, ya no estamos hablando de prevención, sino de supervivencia y para cuando aparece la enfermedad, ya no hay nada que recuperar. Solo hay daño y ya no hablamos de sobrevivir, sino de intentar salvar lo que queda. Porque el daño, es irreversible.
Y ojalá solo fuera que el problema de la hipertensión mata. Personas que se mueren de forma súbita mientras ven la tele y se enojan con el equipo de futbol. O mientras desayunan quejándose de ese p**o dolor de cabeza que no se quita.
El problema es que deja secuelas.
Personas que quedan vegetal, o que deben tener una vida limitada porque su corazón ya no jala, o que deben depender de una máquina de diálisis para no morir ahogados en sus propios líquidos. Personas que ya no pueden vivir de forma independiente.
Y detrás de esas historias que terminan en UCI hay algo en común: que la persona sabía que tenía la presión alta, pero decidió no tomárselo en serio.
No porque fuera irresponsable, sino porque nadie le explicó lo que realmente estaba pasando dentro de su cuerpo.
Pero también hay que aclarar algo importante: La hipertensión no es una enfermedad del corazón.
Es una enfermedad del estilo de vida moderno:
Dormimos mal, Comemos peor. Nos hartamos sal como si fuésemos b***os (¿todavía comen sal los b***os?), bebemos café en cantidades industriales (si solo me tomo tres Dr), o comemos con manteca como si ya no tuviéramos suficiente en la panza (y en las arterias).
Fumamos. (por cierto, los vapes, son tres a cinco veces peor que los ci*******os tradicionales, solo que, sin olor, y más mortales)
Vivimos estresados.
Nos movemos menos que nunca.
Y encima, creemos que no va a pasar nada.
Lo más frustrante de todo es que la hipertensión se puede controlar. No es una enfermedad misteriosa ni incurable.
El tratamiento es simple, aunque no lo parezca: menos sal, menos café, mejor descanso, más alimentación saludable, menos stress, más movimiento, medicamento diario y constancia. No cuando te acuerdes, no cuando quieras. Constancia. Y sí, probablemente de por vida. Pero eso sigue siendo mejor que un derrame, mejor que ahogarte por insuficiencia cardíaca o depender de una máquina para sobrevivir.
Pero el problema no es médico. Es cultural.
Porque mucha gente le tiene más miedo a tomarse una pastilla todos los días que a sufrir un derrame cerebral. Le tiene más miedo al tratamiento que a la enfermedad. Prefiere ignorar el problema antes que enfrentarlo.
Y esa decisión, aunque parezca pequeña, termina siendo una de las más peligrosas que puede tomar una persona.
La presión alta no aparece de la nada. Es el resultado de años de maltrato que el cuerpo ya no puede soportar.
La hipertensión es daño silencioso que ocurre todos los días, aunque la persona se sienta perfectamente bien. Es una enfermedad que no marea, no manda señales claras. No hay una alarma que se encienda. No hay un dolor o un sangrado que te obligue a ir corriendo al médico.
Y precisamente por eso termina siendo mucho más peligrosa.
Porque no grita. No avisa. No molesta. Solo espera.
Es una enfermedad paciente. Puede pasar años sin hacer ruido, acumulando daño poco a poco, hasta que finalmente aparece en forma de una tragedia que nadie vio venir.
Y entonces la pregunta siempre es la misma:
“¿Cómo pasó esto si estaba bien?” “Tan joven y fuerte que se veía”, y cuando les contesto, se incomodan: No, no estaba bien. Estaba enfermo. Solo que decidió no hacerle caso.
Tenemos que entender de una vez que tener la presión alta no es una molestia menor. No es un detalle sin importancia. No es algo que se pueda ignorar durante años sin consecuencias.
Es una enfermedad silenciosa, sí, pero no es inofensiva. Es común, sí, pero no es normal. Y, sobre todo, es prevenible en muchos casos, pero solo si se toma en serio.
El problema no es la falta de información. El problema es la falta de conciencia.
Para terminar, déjame contarte que no necesitas sentirte enfermo para estar en peligro.
No necesitas dolor para que algo esté mal.
Y no necesitas estar viejo para que la hipertensión te arruine la vida.
Lo único que necesitas es ignorarla.
Y eso, por desgracia, es exactamente lo que millones de personas hacen todos los días. (vos no, yo se que vos no)

27/03/2026

Ya esta publicado en TikTok el nuevo episodio de EUTANASIA EN PACIENTES JÓVENES: La pregunta que nadie quiere responder vt.tiktok.com/ZSH12B28g/

26/03/2026

CONSEJOS DE SEMANA SANTA PARA PECADORES

Dr Hugo A Fiallos
Médico profundamente religioso que se quedará en reflexión para el santo entierro.

Esta semana que esta por venir, los cristianos conmemoran una de las semanas mas importantes para la feligresía católica. Se conmemora el sacrificio, la tortura, muerte y resurrección del señor Jesucristo quien sacrificó su vida por la salvación de nuestra alma.
Pero además, el gobierno que no pierde chance para guevonear, da feriado toda la semana lo que muchas personas creyentes y no creyentes, aprovechan para irse de paseo y alejarse del ruido, la aglomeración de personas, los congestionamientos, la violencia y los robos de la ciudad para irse a la aglomeración de personas, los congestionamientos, la violencia y los robos de las zonas turísticas del país.
En esta época todos empiezan a dar consejos de que debe hacer para mantenerse seguros, que si no dejar su casa sola, que si maneje con cuidado, que no chupe si va a manejar, que maneje despacio, todos repiten la misma cancioncita hasta que simplemente la gente deja de escucharlos porque ya la rayan con lo mismo.
Como yo los conozco y sé que no hacen caso por las buenas, entonces les voy a tratar de contar que pasa si usted decide irse de pijineo a cualquier pijalio de nuestro país o del extranjero.
1- Esta semana los policías de transito andan maleados porque les toca chambear. Si pueden joderlo lo van a joder, le van a sacar sus multas las veces que sean necesarias por el simple hecho que usted es pendejo y maneja como loco.
2- Vea compa, los lugares no se mueven, siempre van a estar ahí, que usted llegue mas o menos temprano no va a cambiar en nada. Deje la tontera de andar manejando como loco, solo necesita una piedrita, un estallido de llanta, una rastra en sentido contrario, un perro que se atraviese para joderle la vida a usted, los suyos y cualquier vecino bocabierta que este por ahí cerca. Respete los señalamientos carreteros, así como los límites de velocidad. No es competencia en quien llega primero.
3- Por su seguridad evite transportar a desconocidos. Usted puede ser buena gente, los demás no. Ya pasó aquella época romántica y bonita en que viajábamos de jalón, ya no es seguro ni pedir, ni dar jalón.
4- Si observa algún accidente disminuya la velocidad y solicite apoyo a las autoridades y unidades de emergencias. No se quede abriendo la boca chambreando, si no puede ayudar, ayudará mucho no estorbando.
5- Evite conducir cansado, por mucho que usted se crea invencible, no hay ser humano que pueda vencer al sueño. Solo necesita 5 segundos de sueñito para despijarse en un carro, especialmente si va muy rápido.
6- Si necesita detenerse durante el viaje hágalo en la orilla de la carretera, encienda sus luces intermitentes y coloque señalamientos a una distancia prudente detrás del vehículo. No se ponga a miar donde todos lo vean, deje de enseñar sus miserias a los demás.
7- Si no conoce para donde va, o por donde va, use el sentido común, no duele y le sirve mucho. No se meta en zonas que le den mala espina, aunque waze le diga que por ahí es mas cerca.
8- Vigile el consumo del combustible constantemente no sea que se quede botado en medio de ninguna parte y le toque caminar.
9- En caso de que llueva y no logre ver bien, deténganse en un lugar seguro y encienda las luces preventivas y no se baje. Mas de uno he tenido hospedado en la UCI que se lo lleva una rastra cuando se bajan del carro.
10- Aunque le parezca que lo controlan, siempre avise de su salida y su llegada a algún conocido, familiar o a su pareja.
11- Si se hospeda en algún hotel verifique cuales son los teléfonos de emergencia, identifique las rutas de evacuación, y las salidas de emergencias. Cuando ya esta la corredera, no le va a quedar tiempo de andar viendo para donde agarrar.
12- No se meta al agua bolo. Ni cuenta se va a dar donde va a terminar cuando se desoriente y si no puede nadar lo mas seguro es que salga por HCH cuando lo hallen y los peces ya le hayan comido la nariz.
13- Procure bañarse en áreas protegidas por salvavidas
14- Mantenga vigilados todo el tiempo a los niños, no sea irresponsable, usted los lleva, usted los cuida.
15- No se exponga demasiado tiempo al sol, trate de usar bronceador y no se ponga a quemarse a lo pendejo.
16- Evitar los clavados. Nadie lo va a aplaudir y todos se van a dar cuenta que es un bruto irresponsable.
17- Por mucho que le pique por querer aparentar, no ande posteando donde anda ombe, a nadie le importa. Espere una o dos semanas antes de poner sus fotos, y eso sin revelar la localización en las redes sociales. Cuide su privacidad. Sus familiares y amigos ya saben donde anda pijineando, a los demás no les importa, y lo único que se gana con eso es caer mal por alucinado. Después esas fotos sirven de burla cuando se lo lleva la DEA enchachado.
18- Use redes seguras. No se conecte a las wifi públicas. Si no hay otra opción, y usted es tan cuña que no quiere usar datos, no use aplicaciones que necesiten información personal o acceso a cuentas sensibles, como las bancarias. Las redes públicas no son seguras. Después es lloreta perra la que les agarra cuando les hackean la cuenta y publican sus packs.
19- Manténgase atento a su entorno. Si esta en una cafetería o un bar revisando el correo electrónico vea a su alrededor para asegurarse que no tiene a nadie pendiente del p***o que está viendo.
20- Y por último, pero no por eso menos importante, acuérdese de lo que le he contado para manejar el calor en esta su gustada sección de . Si no los ha leído este es un buen momento para que los lea.
Espero que estos pequeños consejos les permita disfrutar de sus merecidas vacaciones(ustedes diputados no, no se lo merecen) pero sin perder de vista algo tan importante como es nuestra salud, a la que no le hacemos caso hasta que damos el pijazo. Tengan ustedes una muy tranquila, reflexiva y feliz Semana Santa.

18/03/2026

Educando a la Pobrería: El agobio del papá hondureño.

Dr Hugo A. Fiallos
Presidente de la Asociación de Padres Agobiados capítulo Honduras.

Bienvenidos nuevamente a esta su columna Educando a la Pobrería, donde desmenuzamos la vida real con un cuchillo de sarcasmo y un plato de baleadas para que no duela tanto.
Hoy vamos a meterle el dedo en la llaga al tema que nos quita el sueño: “El agobio del papá hondureño”. Porque, señores, ser papá en Honduras es una especie de carrera de resistencia diaria, pero sin trofeo al final. Es una guerra diaria contra el tráfico, las cuentas y las expectativas que te caen como un balde de agua fría.
Aquí el padre promedio tiene que ser proveedor, esposo, psicólogo, chofer, plomero, electricista, consejero espiritual y, si sobra tiempo, también papá. Todo al mismo tiempo. Y si algo sale mal, la culpa casi siempre le cae a el.
El agobio del papá hondureño viene de cuatro pilares que nos aplastan como un camión en la salida de Puerto Cortés.
Primero: las expectativas múltiples. La vida del papá hondureño empieza temprano. Muy temprano. Cuando todavía está oscuro y el café sabe más a necesidad que a gusto. Sale de la casa pensando en las cuentas: la luz, el agua, la comida, los útiles de los cipotes, la gasolina, la cuota de algo que compró porque no había de otra. Y apenas te sentás a hacer números en la cabeza, ya sabés que las cuentas no cuadran. Nunca cuadran.
Pero igual hay que salir a trabajar.
Porque aquí al papá se le educa con una idea bien clara: tu valor como hombre se mide en cuánto proveés. No importa si estás cansado, si estás enfermo o si estás hasta el cuello de preocupaciones. Lo importante es que la casa siga funcionando. Como si uno fuera una especie de cajero automático con patas.
Y lo curioso es que nadie te prepara para ese peso.
A uno le enseñan a trabajar, sí. A aguantar, también. Pero nadie te enseña a manejar el estrés de sentir que todo depende de vos. Nadie te enseña qué hacer cuando el sueldo no alcanza, cuando el trabajo se pone inestable o cuando las responsabilidades empiezan a acumularse como platos sucios en el fregadero.
Ahí es donde empieza el verdadero desgaste. Regresás y tenés que ser el esposo romántico que lleva flores (aunque sea de la floristería del mercado). ¿Y si fallás en algo? Te sentís pura mi**da, un inútil. Como si fueras el último de la fila. Y encima entras a Facebook y ves a tus compañeros con su falsa vida feliz editada y publicada que tu cerebro dice que es real. Es peor.
Segundo: la falta de tiempo para uno mismo. ¿Cuántos de ustedes han tenido un día libre real en los últimos meses? Entre la chamba, llevar a los cipotes al fútbol (porque claro, tenemos que criar al próximo Keylor Navas), y ayudar en la casa, tu tiempo personal es como el agua en el desierto: inexistente. Yo, con 34 años de casado, a veces sueño con sentarme a escuchar un disco entero de Sabina sin interrupciones. Pero no, siempre hay una gotera, una tarea o un 'papá, ayúdame con esto'. Es agotador va.
Tercero: la presión cultural. Ah, esto es puro folklore Hondureño, como el pitero.
El papá hondureño no solo carga con el trabajo. También carga con la expectativa de ser fuerte todo el tiempo. Aquí, el hombre no se queja. Sos el pilar de la familia, el que aguanta todo sin romperse. Si decís “estoy cansado”, te responden “hágase machito, ¡carajo! Dejese de mi**das”. Pero adentro, estás hecho mi**da. ¿Resultado? Te reventas.
Entonces aprendemos a callar.
Callamos cuando el trabajo nos está drenando.
Callamos cuando el cuerpo ya no aguanta el ritmo.
Callamos cuando la cabeza se llena de preocupaciones.
Y ese silencio pasa factura.
Muchos padres viven con estrés crónico sin saber siquiera que eso tiene nombre. Duermen mal. Andan irritables. Les duele la cabeza, la espalda, el pecho. A veces lo disfrazan de gastritis, de cansancio o de “solo estoy un poco estresado”.
Pero la verdad es otra: el cuerpo está pidiendo auxilio.
La ciencia lleva años diciendo algo que aquí casi nadie quiere escuchar. Los hombres que viven bajo presión constante tienen más riesgo de hipertensión, problemas cardíacos, depresión y ansiedad. No es un invento de psicólogos ni una moda de redes sociales. Es fisiología pura.
El estrés prolongado te pasa la factura tarde o temprano.
Y lo más triste es que muchas veces la familia ni siquiera entiende lo que está pasando.
Desde afuera se ve al papá como el que llega serio, cansado, medio callado. El que a veces se enoja por cosas pequeñas. El que prefiere sentarse en silencio después de un día largo.
Entonces aparece la etiqueta fácil: “ES QUE MI PAPÁ ES BIEN AMARGADO”.
Pero pocas veces alguien se pregunta qué hay detrás de ese cansancio.
Detrás de ese silencio puede haber un hombre que lleva años sintiendo que no puede fallar. Que no puede quebrarse. Que no puede decir “ya no puedo más” porque cree que si lo dice todo se va a venir abajo.
Ese es el peso invisible del papá hondureño.
Y ojo, esto no significa que todos los padres sean víctimas ni que haya que ponerlos en un pedestal. Hay papás irresponsables, claro que sí. Pero también hay miles que se están partiendo el lomo todos los días tratando de sostener a su familia en un país donde la economía muchas veces parece diseñada para que la gente apenas sobreviva.
Con salarios que apenas alcanzan y trabajos que cada día se vuelven más inestables, la presión se vuelve constante.
Cuarto: el miedo a fallar. Este es el que duele más. Amamos a la doña, a nuestros cipotes, pero cada día te preguntás: ¿soy buen papá? ¿Buen esposo? Con 34 años de matrimonio, te digo: nadie es perfecto. He cometido errores, como todos, pero el amor que pongo es real. Sin embargo, ese miedo te come vivo, como zancudo en Omoa.
Bueno, pero como no todo es lloradera vamos a las soluciones, porque si no, esta columna sería inútil. Aquí van consejos prácticos para el papá agobiado, directo del manual práctico del papá catracho sobreviviente.
1- Aceptá que no sos perfecto. Nadie lo es. En vez de putearte por errores pasados, celebrá los aciertos. Escribí una lista de las cosas que has hecho bien: 'Estuve en la graduación de mi cipote' o 'Apoyé a mi doña en un mal momento'. Léela cuando te sientas mal.
2- Date tiempo para vos. Obligatorio. 30 minutos al día: escuchá rock, caminá por el barrio o soñá con abrir un bar en Utila. Decile a tu gente: 'Este es mi rato sagrado'. Suena egoísta, pero te recarga para ser mejor papá.
3- Habla con tu doña. Después de 34 años, te digo: la honestidad salva. Decile: 'Te amo, pero estoy agotado. ¿Cómo nos apoyamos?'. Planeen tareas juntos, como un equipo de fútbol: uno ataca, el otro defiende.
4- Alivia la presión cultural. Buscá apoyo: amigos, grupos en iglesias o hasta un terapeuta en Tegus (hay opciones baratas en la UNAH). No sos débil por pedir ayuda; sos inteligente.
5- Redefiní el éxito. No es el dinero o la perfección; es el amor. Un abrazo a tus cipotes vale más que un bono navideño. Y para aliviar ese miedo a fallar: preguntales a ellos cómo te ven. Te sorprenderán.
6- Usá humor. Reíte del caos. Como yo, que sueño con escribir una columna en un diario donde me pueda quejar y la gente me lea.
Y así terminamos este especial del Papá Hondureño en este mes dedicado a nosotros los papases
Recuerden: no son mártires, son guerreros.
Por ahora me despido con esta mi columna que espero les haya hecho pensar reír o simplemente decir “está pendejo este don”
Yo por lo pronto me preparo para un período de descanso, regresaré pronto si los srs editores de este diario me lo permiten. Disfruten su semana Santa, disfruten a su familia. No los quiero llorando en UCI de no haber podido decir, no haber podido abrazar, no haber podido demostrar su amor cuando pudieron, porque ya estando en la UCI…es demasiado tarde.
Ah si, feliz día del padre. (sin sarcasmo)

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