Educando a la Pobrería

Educando a la Pobrería Educar también es una manera de hacer patria.

LOS MENSAJES SUBLIMNALES DESAPARECIERON. PORQUE YA NO SON NECESARIOS.Dr HUGO A. FIALLOSMédico que muy a su pesar debe ac...
05/08/2026

LOS MENSAJES SUBLIMNALES DESAPARECIERON. PORQUE YA NO SON NECESARIOS.

Dr HUGO A. FIALLOS
Médico que muy a su pesar debe aceptar, que tambien es manipulado.

Algunos de ustedes están muy chiquitos para acordarse pero hubo una época en la que la gente estaba convencida de que Hollywood quería controlar nuestras mentes con mensajes escondidos entre las imágenes de las películas. Que en las imágenes de los anuncios habían otras imágenes que te hacían tener cierta conducta, e incluso otros aseguraban que, si escuchábamos un disco haciéndolo sonar al revés, se te aparecía el diablo.
Nos asustaba la idea de que una voz susurrara “compra”, “vota” o “consume” por debajo del umbral de nuestra conciencia. Libros, documentales y programas de televisión alimentaron el mito de la manipulación subliminal como si fuera la herramienta definitiva para controlar la mente humana. Y lo peor, es que les creímos. Nos dio miedo un monstruo que nunca existió.
Décadas después, la ciencia demostró que todo era falso, que había sido un engaño inventado. Sí, es cierto, existen los estímulos subliminales. Y sí, pueden influir ligeramente en algunas decisiones muy simples. Pero no, no pueden convertirte en un robot obediente ni obligarte a comprar un carro, votar por un candidato o enamorarte de una marca de refrescos.
La gran ironía es que mientras todos buscábamos mensajes secretos escondidos, la verdadera manipulación se estaba mudando a la sala de nuestra casa... y ahora vive cómodamente en la bolsa, dentro de un teléfono inteligente.
Ya no hace falta esconder nada.
Hoy la manipulación es descarada.
Cuando una red social sabe exactamente qué video mostrarte para que pases otra hora deslizando el dedo, eso no es magia. Es ciencia del comportamiento.
Cuando una aplicación conoce tus horarios de sueño mejor que vos mismo, no es coincidencia. Es recopilación de datos.
Cuando una tienda acomoda los productos para que salgas con el doble de lo que pensabas comprar, no es casualidad. Es psicología aplicada.
Y cuando un político logra convencer a miles de personas de que él es la verdadera víctima mientras aparecen nuevas denuncias de corrupción cada semana, tampoco estamos viendo un milagro.
Estamos viendo marketing.
Lo curioso es que seguimos creyendo que somos inmunes.
Todos conocemos a alguien que dice: "A mí la publicidad no me afecta".
Porque nuestro cerebro tiene un ego enorme. Le encanta creer que tiene el control.
Necesita creer que todas las decisiones son propias.
Y ahí es donde empieza la verdadera manipulación.
La publicidad moderna dejó de vender productos hace mucho tiempo.
Ahora vende emociones.
Un perfume no promete oler bien, promete volverte irresistible.
No te venden un perfume, te venden éxito.
No te venden un carro, te venden estatus.
No te venden un teléfono, te venden pertenencia.
Y un café ya no es una bebida. Es productividad. Es éxito.
Es “levantarse con actitud”.
Curiosamente, nadie anuncia azúcar.
Porque el azúcar no vende.
Vende la felicidad que supuestamente viene con ella.
Nos venden la emoción.
Nosotros hacemos el resto.
Después llegaron las redes sociales y decidieron que la manipulación podía ser todavía más eficiente. Y ahí es donde aparece la manipulación moderna.
Ya no intentan obligarte.
Solo hacen que la opción que ellos quieren parezca la más lógica, la más bonita, la más popular y la más urgente.
Y nosotros, felices, hacemos fila para comprar emociones envueltas en plástico.
Lo más fascinante es que la tecnología perfeccionó algo que la publicidad tradicional apenas soñaba.
Antes un anuncio llegaba a millones de personas esperando que algunos mordieran el anzuelo.
Hoy cada uno de nosotros vive dentro de un comercial distinto.
Tu algoritmo no es igual al mío, ni al de tu esposa o el de tu mejor amigo.
Cada teléfono construye una realidad diferente.
Si buscaste ansiedad, te mostrará ansiedad.
Si buscaste política, vivirás rodeado de política.
Si viste un video sobre dietas, durante semanas creerás que el mundo entero solo habla de perder peso.
Y es cuando dices: Este teléfono me escucha, estaba pensando en comprar zapatos y me salió un anuncio de zapatos.
No fue casualidad. Fue estadística. Fue análisis de datos.
Fue inteligencia artificial trabajando mientras vos dormías.
Tu teléfono probablemente sabe a qué hora te despertás, cuánto tardás en responder un mensaje, cuánto tiempo permanecés viendo un video triste, cuáles noticias te hacen enojar y hasta qué horas del día sos más impulsivo para comprar.
Porque los algoritmos no ven a una multitud.
Ven personas, ven sus miedos, sus inseguridades, frustraciones.
Y las convierten en oportunidades de negocio.
La manipulación moderna ya ni siquiera intenta convencernos.
Prefiere cansarnos. Porque un ciudadano agotado piensa menos, verifica menos,lee menos. Ah pero si discute más, comparte más. Compra más.
Y vota más emocionalmente.
Vivimos sobreestimulados, diariamente recibimos miles de notificaciones, cientos de titulares. Pasamos viendo videos de quince segundos.
Vemos escándalos que duran un día. 4 por mucho, indignaciones que duran una semana.
Nuestro cerebro nunca había recibido tanta información y paradójicamente nunca había tenido tan poco tiempo para analizarla.
Nos hicieron creer que estar informados era consumir más contenido.
Pero información no siempre significa comprensión, muchas veces solo significa ruido.
La política aprendió la lección muy rápido.
Ya no hace falta convencer a la población de que un candidato es excelente.
Basta con convencerla de que el otro es peor. O que su candidato es bueno porque “sale en la tele”
Otro factor importante es que el miedo vende, que la indignación vende, que el resentimiento vende.
Las redes sociales descubrieron que una persona enojada permanece más tiempo frente a la pantalla que una persona tranquila.
Y si permanece más tiempo, ve más anuncios, les produce más dinero.
Nuestra indignación terminó convirtiéndose en un negocio.
Qué ironía.
Creíamos que éramos ciudadanos, resultó que éramos producto.
Lo mismo ocurre con los medios de comunicación.
Una noticia equilibrada informa pero una noticia escandalosa genera clics, y los clics son los que pagan cuentas.
Por eso pareciera que Honduras está a cinco minutos de acabarse todos los días. Mu***os, robos, accidentes, si no es una pandemia, es una guerra.
Si no es una guerra, es una crisis económica. Es cierre de negocios es aumento del costo de la energía electria, de la gasolina,
Si no es una crisis, es una conspiración de Israel con Trump y JOH para volvernos sus esclavos.
Nunca desperdiciemos una buena tragedia.
Siempre deja ganancias.
Y cuando ya no queda nada…
Siempre aparecerá un “influencer” haciendo alguna pendejada, organizando un juego de futbol que saben que distrae a la masa ignorante y más porque van las influencers a mover el c**o.
Quizá el problema no sea que nos manipulen.
Después de todo, influir en las decisiones humanas existe desde que apareció el primer vendedor del mercado.
El verdadero problema es que dejamos de hacernos preguntas.
Compartimos noticias sin leerlas, opinamos sobre temas que desconocemos, compramos cosas que no necesitamos.
Nos indignamos porque el algoritmo nos dijo que debíamos indignarnos.
Y defendemos ideas que hace cinco minutos ni siquiera sabíamos que existían.
Todo porque alguien descubrió que captar nuestra atención es mucho más rentable que captar nuestra inteligencia.
No hace falta una conspiración cuando existen millones de algoritmos optimizando nuestra atención segundo tras segundo.
Cada empresa intenta ganar unos minutos más de nuestra vida.
Cinco minutos aquí, Diez allá, Treinta antes de dormir.
Horas enteras durante el fin de semana.
Nuestra atención se convirtió en el recurso natural más valioso del planeta.
Más valioso que el petróleo.
Porque quien controla tu atención tiene enormes posibilidades de influir en tus decisiones.
Y quien influye en tus decisiones controla tu dinero, tu tiempo, tus emociones y muchas veces hasta tu voto.
La buena noticia es que existe una vacuna.
No es perfecta pero no cuesta dinero.
Se llama pensamiento crítico.
Ese incómodo hábito de hacer preguntas.
¿Quién dice esto? ¿Por qué lo dice? ¿Quién gana si yo lo creo? ¿Qué evidencia existe? ¿Cuál es la fuente? ¿Cuánto de esto intenta informarme y cuánto intenta venderme algo?
Pensar sigue siendo el acto más revolucionario de nuestra época.
Porque obliga a los vendedores de humo a trabajar más duro.
No se trata de vivir desconfiando de todo.
Basta con recuperar esa costumbre que parece estar en peligro de extinción: pensar.
Pensar antes de compartir, antes de comprar, antes de indignarnos, antes de creer.
Se trata de recuperar algo que estamos perdiendo a una velocidad preocupante: la capacidad de de leer antes de compartir, de investigar antes de opinar,de escuchar antes de reaccionar. Incluso, de aceptar que podemos estar equivocados.
Y eso, curiosamente, es exactamente lo contrario de lo que quieren quienes viven de nuestra atención.
Porque la manipulación más peligrosa nunca fue la que entraba por debajo del umbral de la conciencia.
La más peligrosa es la que entra por la puerta principal... y nosotros mismos le ofrecemos café.

05/08/2026

CINEANDO CON LA POBRERÍA
vamos a hablar de una película que fue un fracaso.
Un desastre en taquilla.
Una película que la crítica agarró y le dio una paliza como si le debiera dinero.
Estoy hablando de Hudson Hawk, una película protagonizada por Bruce Willis.

El café: la droga que el hondureño defiendeDr Hugo A. FiallosMedico que no bebe café.Hay algo que me llama muchísimo la ...
29/07/2026

El café: la droga que el hondureño defiende
Dr Hugo A. Fiallos
Medico que no bebe café.

Hay algo que me llama muchísimo la atención.
Si usted fuma, tiene un vicio.
Si se toma diez cervezas, tiene un problema con la bebida,
Si consume co***na, necesita ayuda.
Pero si comienza el día con tres tazas de café, entonces usted es una persona normal.
Curioso, ¿verdad?
Hoy quiero hablar de la droga más consumida del planeta.
La que venden en supermercados, hospitales, iglesias, velorios, reuniones familiares, oficinas, universidades, gasolineras e irónicamente hasta en los hospitales.
El café.
Como todos saben, yo soy médico, y si no lo sabían pues ya lo saben.
Y, para sorpresa de muchos, incluso los que me conocen personalmente, casi nunca tomo café.
Así que hoy voy a criticar al café desde afuera.
En Honduras hay muy pocas cosas capaces de unir a los hondureños. El fútbol divide familias. La política divide amistades. El regreso de JOH divide hasta los grupos de WhatsApp.
Pero aparece una taza de café y de repente todos son amigos.
Porque en Honduras el café no es solamente una bebida. Es una tradición, una costumbre, una forma de decir "bienvenido", una excusa para conversar y, en muchos casos, casi un miembro más de la familia.
La abuela tiene su café. La oficina tiene su cafetera. El hospital tiene su rincón del café. La UCI tiene una cafetera (que no sirve pero igual se preparan su café). La visita llega y antes de preguntarle cómo está ya le están preparando café.
Pero precisamente porque algo forma parte tan profunda de nuestra cultura, pocas veces nos detenemos a preguntarnos algo incómodo:
¿Realmente disfrutamos el café?
¿O dependemos de él?
Antes de que alguien se ofenda y me quiera putear por meterme con su café, aclaro algo: no estoy diciendo que el café sea malo. La ciencia no funciona con esas frases simplonas de "esto es bueno" o "esto es malo". La medicina es más complicada que eso.
El café puede tener beneficios. También puede tener riesgos. Depende de la persona, la cantidad y la relación que tenga con esa taza diaria.
Porque sí, señores, digamoslo de una buena vez: el café es una droga. Una DRO-GA.
No estoy diciendo que una taza de café sea igual a una droga ilegal. Estoy usando la palabra en su sentido médico: una sustancia que produce cambios en el organismo, especialmente en el cerebro.
La cafeína es una sustancia que actúa sobre nuestro sistema nervioso, modifica la sensación de cansancio, aumenta la alerta y puede producir tolerancia y síntomas de abstinencia.
Ah pero como viene en una taza bonita, huele delicioso y normalmente se consume en reuniones familiares, nadie quiere llamarla droga.
Porque tenemos una costumbre humana bastante interesante: cuando algo nos gusta, le llamamos "costumbre".
Cuando algo le gusta a otro y nos parece peligroso, le llamamos "vicio".
La cafeína funciona bloqueando una sustancia en el cerebro que participa en la sensación de cansancio (Adenosina le dicen los que les gusta hablar grave para parecer que saben). En palabras sencillas: el cerebro tiene un sistema que nos avisa "yastuvo, necesitamos descansar", y la cafeína temporalmente retrasa esa alarma.
Por eso después de un café muchas personas sienten:
“Ya reviví”. Lo mismo dicen los enganchados a la he***na, co***na o al fentanilo.
Pero hay un detalle: el café no crea energía. No produce horas adicionales de vida. No reemplaza el sueño.
Simplemente engaña temporalmente al cerebro para que no sienta tanto el cansancio.
Es como tapar una luz de aviso del carro. La luz desaparece, pero el problema sigue allí.
Y aquí empieza la parte interesante.
Muchas personas no toman café porque lo disfrutan, lo toman porque sienten que no pueden funcionar sin él.
"Yo sin café no soy nadie" dicen, y esa frase, dice mucho. Porque una cosa es amar el café y otra cosa es necesitarlo. La diferencia está en quién tiene el control.
Si usted puede pasar un día sin café y seguir con su vida, probablemente la relación es saludable.
Pero si no toma café y empieza con dolor de cabeza, se pone de malas pulgas, empieza a putear a todo el mundo, y anda todo ansioso, quizás su cerebro ya se acostumbró demasiado a esa ayuda externa.
La ciencia ha demostrado que la cafeína puede generar dependencia física. El organismo se adapta a recibirla diariamente. Por eso algunas personas necesitan cada vez más cantidad para obtener el mismo efecto.
La primera taza del día era suficiente hace diez años.
Ahora necesita cuatro.
Y todavía dicen: "Pero son cuatro pequeñas".
Los seres humanos tenemos una habilidad extraordinaria para justificar nuestras costumbres.
El problema no es solamente la cantidad, también es la razón.
¿Por qué necesita esa taza?
¿Porque disfruta el sabor?, ¿Porque le gusta el olor?
¿O porque está tratando de sobrevivir a una vida donde duerme poco, trabaja demasiado y vive permanentemente cansado?
Y aquí el café se convierte en un símbolo de nuestra época.
Vivimos en una sociedad que presume estar agotada.
La gente dice orgullosamente: "No dormí nada, pero aquí estoy".
Como si destruir el cuerpo fuera una demostración de compromiso, como si descansar fuera una debilidad.
Entonces aparece el café como el combustible de una sociedad cansada.
El problema es que ninguna taza puede solucionar una vida mal organizada.
El café puede ayudar a pasar una noche difícil pero no puede reemplazar años de mal sueño.
Puede mejorar la concentración, no el agotamiento crónico.
Puede acompañar una conversación, pero no puede sustituir una buena salud mental.
Ahora bien, sería injusto convertir al café en el villano de esta historia.
Porque la ciencia también ha encontrado aspectos positivos.
El consumo moderado de café se ha asociado con beneficios en diferentes áreas de la salud. Existen estudios que relacionan su consumo habitual con menor riesgo de algunas enfermedades como diabetes tipo 2, ciertos problemas hepáticos y enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson.
Además, la cafeína puede mejorar temporalmente la atención y el rendimiento mental.
No es casualidad que estudiantes, médicos, trabajadores nocturnos y personas con jornadas largas recurran a ella.
El problema aparece cuando confundimos una herramienta con una solución.
El ma****lo sirve para clavar un clavo.
Pero nadie intenta construir una casa solamente con un ma****lo.
El café es una herramienta, no una medicina milagrosa.
Tampoco es un enemigo.
La clave está en la relación que tenemos con él.
Por eso quizás la pregunta más importante no es:"¿Cuántas tazas de café toma al día?"
La pregunta es: "¿Por qué necesita tantas tazas?"
Si la respuesta es: "Porque me gusta". Perfecto. Disfrútelo. Tómese su café. Comparta la conversación. Aproveche ese momento.
Pero si la respuesta es: "Porque si no lo tomo no puedo funcionar", entonces vale la pena detenerse a pensar.
Porque quizás el problema no está en la taza.
Quizás está en una vida que nos está exigiendo demasiado.
Al final, el café es como muchas cosas en la vida: puede ser un placer maravilloso cuando nosotros lo elegimos.
El problema comienza cuando deja de ser una elección y se convierte en una necesidad.
Así que mañana, cuando levante su taza de café, hágase una pregunta sencilla:
¿Estoy disfrutando esta taza?
¿O me la estoy tomando para poder ser yo?
Porque hasta el amor más bonito necesita límites. Incluso el amor por el café.

23/07/2026
23/07/2026

Bienvenidos a Educando a la Pobrería.
El único podcast donde intentamos enseñar medicina sin que parezca una clase aburrida de secundaria...
Y donde hoy vamos a hablar de una enfermedad tan devastadora...
Que muchas familias prefieren fingir que no existe.
Porque aceptar la realidad duele.
Y duele muchísimo.
Hablemos del Alzheimer

EDUCANDO A LA POBRERÍA:Alzheimer: cuando el ladrón no entra por la ventana, sino por tu mente.Dr. Hugo A. FiallosMédico ...
22/07/2026

EDUCANDO A LA POBRERÍA:
Alzheimer: cuando el ladrón no entra por la ventana, sino por tu mente.
Dr. Hugo A. Fiallos
Médico que escribe para huir de lo que escribe.

Hay enfermedades que llegan haciendo escándalo. Dan fiebre, provocan dolor, obligan a correr al hospital. Y hay otras que son mucho más perversas. Llegan despacio, en silencio, disfrazadas de "cosas de la edad". Nadie les presta atención al principio. Todos encuentran una explicación cómoda: "Ya está viejito", "Siempre ha sido distraído", "Así son los abuelos", Y mientras la familia inventa excusas, la enfermedad ya empezó a hacer su trabajo.
Primero desaparecen las llaves, después las conversaciones, luego los nombres, y un día, desaparecés vos.
Porque la persona que te cambió los pañales ya no sabe quién sos.
Y esa es una de las tragedias más crueles que puede vivir una familia.
Por eso es que hoy quiero desglosar para ustedes, qué son el Alzheimer y la demencia, sus similitudes, diferencias y por qué deberíamos hablar de esto sin tapujos.
Aquí vale la pena aclarar algo que casi todo el mundo confunde. Mucha gente dice: "Tiene demencia senil", como si fuera un diagnóstico. En realidad, la demencia no es una enfermedad específica. Es un conjunto de síntomas. Es como decir que alguien tiene fiebre. La fiebre puede ser causada por muchas enfermedades diferentes. Lo mismo ocurre con la demencia. La demencia es un paraguas que cubre un montón de problemas cerebrales. Es como si tu cerebro decidiera irse de vacaciones sin avisarte: olvidas dónde vives, cómo se llama tu perro o por qué estás parado frente al refrigerador. No es solo “vejez”; es un daño real que afecta memoria, lenguaje y decisiones. La ciencia dice que puede venir de infartos cerebrales, lesiones, problemas que pueden tratarse, como algunas deficiencias vitamínicas o trastornos de la tiroides, o incluso demasiadas noches de tequila. Según estudios, afecta al 10% de los mayores de 65, y no, no es “normal” envejecer así.
Por eso, no todo adulto mayor que olvida cosas tiene Alzheimer.
Y tampoco todo el que dice una tontera está desarrollando una demencia. Si así fuera, el congreso sería un enorme psiquiátrico. (ah no perenme, ya lo es)
El envejecimiento normal también produce cambios.
Porque lo aceptemos o no, todos olvidamos nombres, todos entramos a un cuarto y olvidamos a qué íbamos, todos buscamos el celular durante veinte minutos mientras lo tenemos en la mano.
Eso no significa que tengamos Alzheimer.
La diferencia está en que la persona sana termina recordándolo.
Quien desarrolla una demencia empieza a perder la capacidad de realizar actividades cotidianas. Se pierde en lugares conocidos. Olvida cómo preparar un café. No reconoce familiares. Confunde épocas de su vida.
El problema deja de ser un olvido, empieza a convertirse en otra realidad.
Porque hay algo que pocas veces se dice y es que el Alzheimer es el líder de la mara en el barrio de la demencia, causando el 60-80% de los casos. Es una enfermedad específica donde proteínas tóxicas se acumulan en tu cerebro como basura que nadie recoge. Empiezas olvidando citas, luego palabras, y al final, hasta cómo comer. El Alzheimer es el único que te hace olvidar las deudas, pero también a los hijos.
El Alzheimer no mata de un día para otro. Hace algo peor: empieza a robar pedacitos de la persona que uno ama.
Y allí aparece otro problema enorme: la negación.
Las familias suelen tardar años en buscar ayuda porque aceptar que mamá o papá tienen una enfermedad neurodegenerativa es doloroso. Es más fácil pensar que es una etapa pasajera pero no, no lo es.
Entre más temprano se diagnostique, mejores herramientas existen para retrasar el deterioro, organizar los cuidados y preparar a la familia, porque el Alzheimer no afecta únicamente al paciente. Afecta a toda la familia: Hijos que dejan sus trabajos, esposos que se convierten en cuidadores de tiempo completo, nietos que dejan de salir porque alguien tiene que quedarse vigilando al abuelo para que no abra la puerta a las tres de la mañana creyendo que debe ir a trabajar.
La enfermedad consume tiempo, dinero, paciencia. Y muchas veces consume matrimonios.
Mientras tanto, la sociedad sigue repitiendo la frase más inútil que existe:
"Échenle ganas."
Como si una proteína anormal dentro del cerebro pudiera desaparecer por pura actitud positiva.
Nambe. Seamos honestos: La ciencia todavía no tiene una cura para el Alzheimer.
Existen medicamentos que pueden retrasar parcialmente el deterioro en algunos pacientes, pero ninguno devuelve la memoria perdida.
Por eso la investigación científica sigue siendo tan importante.
Y también por eso es que me emputa que todavía existan personas que creen más en una cadena de WhatsApp que en décadas de investigación médica.
Como cuando aparece un vendedor de milagros ofreciendo vitaminas mágicas, suplementos "naturales", o dietas que supuestamente curan el Alzheimer.
La única enfermedad que realmente curan esas terapias es la pobreza del vendedor.
Porque del paciente únicamente vacían la billetera.
Ahora bien, tampoco todo está perdido.
La evidencia científica demuestra que existen factores que ayudan a disminuir el riesgo de desarrollar demencia.
Controlar la presión arterial, la diabetes. Hacer ejercicio. Dormir bien. Evitar el tabaco. Mantener una vida social activa. Y, sobre todo, usar el cerebro: Leer, Aprender idiomas, Resolver problemas, Conversar, Escuchar música.
Aprender algo nuevo incluso después de los sesenta años.
El cerebro es parecido a cualquier músc**o, si no se usa, termina deteriorándose.
Aunque, siendo sinceros, algunos llevan años sin ejercitarlo. Basta con leer ciertos comentarios en redes sociales para darse cuenta que muchas neuronas se jubilaron antes de tiempo.
Pero hay algo todavía más importante que todo lo anterior.
La dignidad.
Las personas con Alzheimer siguen siendo personas.
No son niños, no son muebles, no son una carga. Tampoco son "el viejito que ya no entiende nada".
Son seres humanos que están perdiendo su capacidad de recordar, pero que siguen sintiendo miedo, tristeza, alegría y cariño.
Muchas veces olvidan las palabras, pero recuerdan el afecto. Olvidan los nombres, pero reconocen una caricia. Olvidan las fechas, pero conservan emociones.
Por eso duele tanto cuando la familia deja de visitarlos. Cuando dejan de hablarles.
Cuando los excluyen porque "total, ya no entienden".
Tal vez no entiendan toda la conversación, pero sí entienden el abandono.
Y eso también deja cicatrices.
Como sociedad seguimos fallando. Estigmatizamos la demencia, la escondemos en asilos y fingimos que no nos va a tocar. Pero las estadísticas son brutales: millones de personas afectadas y cuidadores quemados física y emocionalmente.
Vivimos en una sociedad obsesionada con la juventud. Celebramos al que produce, al que trabaja, al que genera dinero.
Pero cuando alguien envejece y necesita ayuda, pareciera que deja de ser visible.
El Alzheimer nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿Qué tanto vale una persona cuando deja de ser productiva?
La respuesta correcta debería ser sencilla: Vale exactamente lo mismo.
Porque la dignidad humana no depende de la memoria, ni del salario, ni de la edad.
Quizá la mayor lección del Alzheimer es que nos recuerda que somos mucho más frágiles de lo que creemos.
Que nuestros recuerdos son el hilo que mantiene unida nuestra identidad.
Y que algún día cualquiera de nosotros podría necesitar la misma paciencia, el mismo cariño y la misma comprensión que hoy le negamos a otros.
Porque nadie está completamente a salvo del paso del tiempo.
Las arrugas llegan, las canas llegan, y ojalá la pérdida de memoria nunca llegue.
Pero si algún día toca enfrentarla, espero que quienes nos rodeen recuerden algo que nosotros quizá ya no podamos recordar: Que seguimos siendo personas.
Y eso, aunque la memoria falle, jamás debería olvidarse.
Y sí, duele decirlo, pero ver a alguien que amas pasar por esto es una tortura lenta. Es perder a la persona en vida. Recuerdo historias de oyentes del podcast que cuentan cómo su madre pregunta por el marido mu**to hace 15 años como si acabara de salir a comprar el pan. O el padre que se pone violento porque no reconoce su propia casa. Ahí el humor negro se vuelve una herramienta de supervivencia: “Bueno, al menos ya no recuerda que le debo dinero”. Pero detrás de la broma hay lágrimas.
¿Por qué decidí hablar de esto? Porque el Alzheimer y la demencia no solo afectan al que las padece, sino a familias enteras. Ver a alguien que amas desvanecerse es como perderlo mientras aún respira. Y aunque mi estilo es reírme del caos –porque si no ríes, lloras–, esto es serio. Diagnósticos tempranos y hábitos saludables pueden marcar la diferencia.
Al final del día, el mensaje del podcast y de esta columna es el mismo: cuida tu cerebro como si fuera el último coche que vas a tener. Come verdura aunque sepa a pasto, camina aunque te duela el c**o, llama a tus viejos aunque repitan las mismas historias. Y si algún día olvidas todo, ojalá quede al menos el eco de las carcajadas. Porque en esta vida tan absurda, olvidar con estilo sigue siendo la mejor venganza contra el olvido. Así que, mientras puedas, disfruta tu café, ríe con tus amigos y no dejes que el miedo te robe el presente.

Del megáfono al poder: cuando las luchas sociales se convierten en trampolín políticoDR. HUGO A. FIALLOSLas luchas socia...
15/07/2026

Del megáfono al poder: cuando las luchas sociales se convierten en trampolín político
DR. HUGO A. FIALLOS
Las luchas sociales son necesarias. Siempre lo han sido.
Si hoy disfrutamos de vacaciones, jornadas laborales reguladas, seguridad social y otros derechos, es porque alguien estuvo dispuesto a enfrentarse al poder cuando hacerlo significaba perder el empleo, la libertad o incluso la vida.
Precisamente por eso duele tanto cuando esas luchas terminan convertidas en mercancía electoral.
Y es que en Honduras Hay un oficio del que casi nadie habla, pero que parece tener un mercado bastante apetecible: Héroes del pueblo.
No se estudia en ninguna universidad. No existe un colegio profesional que lo regule. Tampoco requiere experiencia previa. Basta con un megáfono, una buena capacidad para indignarse frente a las cámaras y un olfato extraordinario para detectar cuándo una causa social puede convertirse en una candidatura política.
Así nacen muchos de nuestros héroes.
Y es que vea compa, En toda democracia, los sindicatos, los colegios profesionales, las organizaciones campesinas, los movimientos estudiantiles y los colectivos ciudadanos cumplen una función indispensable y muy necesaria: Son la voz de quienes, individualmente, difícilmente serían escuchados. Han impulsado conquistas laborales, defendido derechos fundamentales y servido como contrapeso frente a gobiernos y empresas. Sin ellos, muchas de las garantías que hoy parecen normales jamás habrían existido.
Precisamente por esa enorme influencia social, me indigna cuando veo que algunos de sus dirigentes dejan de ver esas organizaciones como instrumentos de servicio y comienzan a tratarlas como plataformas de lanzamiento para sus propias aspiraciones políticas.
El problema no es que un dirigente sindical, gremial o social decida participar en política. Eso esta bien pue, es legitimo. Es aceptable. Todo hondureño puede ser candidato político si no le da asco nadar en la mi**da. El verdadero problema es cuando la lucha social es solo el pretexto y se convierte únicamente en el medio para alcanzar un cargo público.
Hay una diferencia enorme entre alguien que entra en política para continuar defendiendo las causas que siempre abrazó y alguien que utiliza esas causas como simple publicidad electoral. Y es que hay una frase muy vieja que dice que el poder no cambia a las personas, solo revela quiénes son realmente, y viendo la historia de algunos dirigentes sindicales y de colegios profesionales, pareciera que el poder también provoca amnesia. Una amnesia muy conveniente. Tan conveniente que algunos olvidan, en cuestión de semanas, a la misma gente que durante años llamaron “compañeros de lucha”.
Aclaro desde el principio: no todos son iguales. Han existido y deben existir actualmente(aunque yo no los conozco) dirigentes honestos que han dedicado su vida a defender los derechos de sus gremios y que jamás han utilizado esa posición para beneficio personal. Sería injusto meterlos a todos en el mismo s**o. Pero también Sería ingenuo negar que el fenómeno existe y que ocurre con mucha más frecuencia de la que quisiéramos admitir y que ya empieza a parecer una carrera profesional.
La historia suele repetirse con demasiada frecuencia.
Todo comienza con un líder visible. Convoca marchas, organiza huelgas, denuncia abusos, aparece constantemente en los medios de comunicación y construye una imagen de defensor incansable de su gremio. Poco a poco se convierte en una figura conocida. Su nombre empieza a sonar más allá del sindicato o del colegio profesional que representa.
Hasta ahí, todo va bien.
El problema aparece cuando cada conferencia de prensa, cada protesta y cada conflicto parecen estar cuidadosamente diseñados para alimentar una futura campaña política más que para resolver los problemas que originaron la protesta.
Algunos dirigentes comienzan a personalizar completamente las luchas sociales.
El sindicato deja de girar alrededor de las necesidades de sus afiliados y empieza a girar alrededor de la imagen del presidente.
Las conferencias de prensa hablan más del dirigente que de los trabajadores.
Las entrevistas presentan más al futuro candidato que a las personas afectadas.
Las redes sociales muestran más fotografías del líder que soluciones para los problemas del gremio.
Cuando eso ocurre, la organización deja de pertenecer a sus miembros y pasa a convertirse en una plataforma de promoción personal.
Es una transformación silenciosa, pero profundamente peligrosa.
Las causas sociales dejan de ser colectivas para convertirse en campañas individuales.
Y mientras más crece el protagonismo del dirigente, más pequeñas parecen las necesidades reales de quienes representa.
Entonces llega el momento esperado.
Ese dirigente anuncia su candidatura a diputado, alcalde o cualquier otro cargo de elección popular. Lo hace asegurando que "desde adentro podrá cambiar las cosas". Promete que jamás olvidará a quienes confiaron en él. Jura que seguirá siendo la voz del pueblo.
Y el pueblo les cree. Porque el pueblo, a pesar de todos los golpes que ha recibido, sigue creyendo. Esa sigue siendo nuestra mayor virtud y, tristemente, también nuestra mayor debilidad.
Llegan las elecciones. Ganan. Y ahí, empieza otra historia.
El hombre o la mujer que antes caminaba entre manifestantes ahora camina entre asesores. El que antes denunciaba privilegios descubre que el aire acondicionado del Congreso funciona bastante bien. El que criticaba los pactos políticos aprende el arte de negociar. El que hablaba todos los días con los trabajadores comienza a reunirse únicamente con dirigentes de partido. El mismo hombre que juraba que jamás se mezclaría con los políticos ahora aparece abrazándolos en la foto. El mismo que criticaba los viáticos aprende sorprendentemente rápido a firmar formularios para cobrarlos.
Y el dirigente que prometía no abandonar la lucha ahora anda demasiado ocupado asistiendo a reuniones de bancada, sesiones fotográficas y entrevistas donde explica por qué ya no es tan fácil cumplir lo que antes prometía a gritos.
Resulta curioso cómo el poder vuelve razonable a quienes antes eran radicales.
Antes todo era urgente. Después todo necesita estudios.
Antes exigían soluciones inmediatas. Después hablan de procesos.
Antes todo era corrupción. Después descubren que algunas irregularidades son “errores administrativos”.
Es increíble la velocidad con la que algunos cambian de idioma sin cambiar de boca.
Lo verdaderamente grave no es únicamente la decepción que produce un dirigente en particular.
Lo más dañino es el efecto que deja en la sociedad.
Cada vez que un supuesto líder abandona las causas que decía defender, miles de ciudadanos concluyen que todos los dirigentes son iguales. Poco a poco se destruye la confianza en los movimientos sociales. Las personas dejan de participar, dejan de organizarse y dejan de creer que vale la pena luchar por cambios colectivos.
La desconfianza termina convirtiéndose en apatía.
Y una sociedad apática siempre resulta conveniente para quienes prefieren ciudadanos resignados antes que ciudadanos organizados.
Quizá por eso la mayor víctima de estas traiciones no es el sindicato, ni el colegio profesional, ni siquiera el partido político.
La mayor víctima es la credibilidad.
Porque recuperar la confianza de una población decepcionada puede tomar décadas.
Existe además otro fenómeno igual de preocupante.
Muchos partidos políticos han descubierto la enorme rentabilidad electoral de reclutar dirigentes gremiales.
Un líder sindical conocido ya posee algo que cualquier candidato necesita desesperadamente: reconocimiento público.
Tiene seguidores, exposición mediática y credibilidad acumulada durante años de conflicto.
En términos políticos, representa una inversión bastante rentable.
Por eso no resulta extraño ver dirigentes sociales cambiando de partido con una facilidad sorprendente. Lo que ayer parecía una convicción ideológica hoy se convierte en una alianza estratégica.
Los discursos cambian, las críticas desaparecen y los enemigos de ayer se convierten en aliados.
Y todo se justifica bajo la frase favorita de muchos políticos: "ahora podré ayudar más desde adentro. Lástima que ese "desde adentro" termina significando mejor salario, oficinacon aire acondicionado y un vehíc**o oficial con guaruras y chofer.
Mientras tanto, las condiciones que originaron las protestas siguen prácticamente iguales.
Los hospitales continúan sin recursos.
Las escuelas siguen enfrentando los mismos problemas.
Los trabajadores mantienen muchas de las mismas dificultades.
Las promesas cambian de escenario, pero la realidad permanece intacta.
Por eso deberíamos desarrollar una costumbre saludable: desconfiar de los discursos heroicos. Que ya no nos vean la cara de pendejos.
No porque todo líder sea deshonesto.
Sino porque las palabras siempre resultan más fáciles que las acciones.
Los verdaderos liderazgos no se miden por la intensidad con la que alguien grita frente a un micrófono.
Se miden por la coherencia que mantiene cuando finalmente obtiene el poder que decía buscar para servir.
La memoria ciudadana también tiene una enorme responsabilidad.
Con demasiada frecuencia olvidamos lo que los políticos hicieron ayer y volvemos a emocionarnos con exactamente las mismas promesas. Premiamos el discurso antes que los resultados. Celebramos las consignas antes que las acciones.
Confundimos popularidad con liderazgo y visibilidad con honestidad.
Mientras eso siga ocurriendo, siempre habrá alguien dispuesto a utilizar el descontento colectivo como escalera hacia un cargo público.
No necesitamos desconfiar de las organizaciones sociales, no, eso sería un error enorme. Lo que necesitamos es exigir coherencia.
Quien dice representar al pueblo debe seguir representándolo incluso cuando el poder le ofrece comodidad.
Quien promete defender principios debe hacerlo también cuando esos principios resulten incómodos para su propio partido.
Y quien llega al poder gracias a una lucha social jamás debería olvidar que el cargo no le pertenece a él.
Le pertenece, moralmente, a todas aquellas personas que caminaron bajo el sol, marcharon, protestaron, hicieron huelga y depositaron su confianza creyendo que alguien hablaría por ellas.
Porque el verdadero liderazgo no consiste en usar al pueblo como escalera para subir.
Consiste en permanecer junto al pueblo incluso cuando ya no haya ninguna escalera que subir.
Y mientras no aprendamos a distinguir entre un servidor público y un cazador de votos disfrazado de luchador social, seguiremos viendo la misma película una y otra vez.
Solo cambiarán los actores.
El guion seguirá siendo exactamente el mismo.
Y esa, quizá, es la lección más amarga de todas.
Los pueblos no solo son víctimas de los políticos que los traicionan.
También son víctimas de la facilidad con la que convierten en héroes a quienes todavía no han demostrado merecer ese título.

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