27/08/2026
Una de las ventajas de vivir en un pueblo es que los productos locales saltan del campo a tu mesa en un periquete.
Estas delicias que he comprado en el puesto que las hermanas Burillo y montan los jueves en la plaza, pocas horas antes estaban en sus matas, en los campitos de María de Huerva, recibiendo sol, mimo y atención hasta ponerse así de bonitos.
¡Y ese aroma! A tomate de verdad y a pepino del bueno que ha inundado mi cocina, es un regalo para los sentidos. Nada mejor como un tomate recién cogido amiguis.
Hasta Pablo Neruda no se pudo resistir a los encantos de esta fruta (en esta casa no falta, somos súper fans del tomate) y le dedicó una oda que decía algo así como:
“La calle se llenó de tomates,
mediodía, verano,
la luz se parte en dos mitades de tomate…
… invade las cocinas,
entra por los almuerzos,
se sienta reposado
en los aparadores,
entre los vasos,
las mantequilleras,
los saleros azules.
Tiene luz propia,
majestad benigna.
… es un sol fresco,
profundo,
inagotable,
llena las ensaladas…
… se casa alegremente
con la clara cebolla,
y para celebrarlo
se deja caer aceite,
hijo esencial del olivo,
sobre sus hemisferios entreabiertos,
agrega la sal su magnetismo…
… golpea con su aroma
en la puerta,
es hora!
vamos!
y sobre la mesa, en la cintura del verano,
el tomate, astro de tierra,
estrella repetida
y fecunda,
nos entrega
el regalo
de su color fogoso
y la totalidad de su frescura.”
Extractos de “Oda al tomate” de Pablo Neruda.
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