18/07/2026
Hay noticias que solo pueden entender quienes han aprendido a emocionarse con la naturaleza.
Una abubilla ha elegido La Era del Rey para criar.
Su vuelo ondulante, su cresta desplegada como un pequeño abanico y ese inconfundible “up-up-up” anuncian que la primavera aún conserva algunos de sus viejos milagros. Que un ave tan singular encuentre aquí un lugar donde sacar adelante a sus polluelos es, para nosotros, mucho más que una anécdota: es la confirmación de que la vida sigue confiando en este rincón.
Pero la naturaleza nunca escribe historias sencillas.
Mientras la abubilla alimenta sin descanso a sus crías, las urracas vigilan. Inteligentes, pacientes y oportunistas, conocen cada árbol, cada hueco y cada descuido. Son capaces de esperar durante horas el instante exacto en que los padres abandonan el nido para intentar hacerse con los polluelos. No hay maldad en ello; solo la implacable ley de la supervivencia.
Y, sin embargo, uno no puede evitar tomar partido con el corazón.
Porque la abubilla es una gran aliada de nuestros campos y pinares. Recorre el suelo buscando larvas, escarabajos, grillos y orugas, contribuyendo silenciosamente al equilibrio del ecosistema. Incluso puede alimentarse de la procesionaria del pino cuando tiene ocasión, participando, junto a otras muchas especies, en ese delicado engranaje que mantiene viva la naturaleza.
Ahora solo queda observar. Sin intervenir. Sin alterar el curso de los acontecimientos.
Quizá dentro de unas semanas veamos salir del nido a los primeros jóvenes, torpes aún, siguiendo a sus padres entre los árboles. O quizá la historia termine de otra manera.
Así es la naturaleza: hermosa, emocionante y, a veces, profundamente dura.
Nosotros solo tenemos el privilegio de ser testigos.
🪶 Ojalá el vuelo de esta abubilla continúe muchos años sobre La Era del Rey.