16/07/2026
Un bon article: Javier Sancho Valencia Plaza 2026-07-16
Hay una escena que se repitió miles de veces en la comarca de l'Horta durante los años
sesenta. Dos adultos hablando entre ellos en valenciano. Bastaba con que el hijo o el
nieto de uno de ellos entrara en la conversación para que, sin pensarlo demasiado, cambiaran
al castellano.
Esa escena ocurrió también en mi casa, en Burjassot.
Mis abuelos hablaban valenciano. Mi padre hablaba valenciano. A mí me hablaban en
castellano.
No recuerdo una discusión sobre ello, ni una decisión expresa de mis padres. Ni una
explicación. Simplemente parecía lo razonable. Si el castellano era la lengua de la
escuela, de la universidad, de las oposiciones y de la promoción social, ¿por qué no educar
al hijo directamente en castellano?
Con los años he pensado muchas veces en aquella conversación que nunca existió.
Porque sospecho que ahí empezó una parte importante de la historia reciente del valenciano.
Si aquella conversación se hubiera celebrado, si mis padres se hubieran sentado a
deliberar sobre la lengua en la que criar a su hijo, el resultado habría sido exactamente el
mismo, y además con buenos argumentos. Estaban ante una elección perfectamente racional.
En la Valencia de aquellos años, el valenciano servía para hablar con los vecinos, con
los del pueblo e incluso, con los mu***os. El castellano servía para todo lo demás: para
aprobar, para colocarse, para pleitear, para ascender o para irse. Nadie necesitaba que le
explicaran ese reparto de funciones. Se aprendía solo, como se aprenden los precios en
un mercado en el que uno lleva toda la vida comprando.
Lo que hicieron aquellos padres, en términos que hoy sonarían fríos y entonces eran
simple sentido común, fue una inversión en el capital humano de sus hijos. Renunciaron a
un activo sentimental para adquirir uno rentable. Y lo hicieron con la mejor de las
intenciones, que es precisamente lo que vuelve el episodio tan difícil de digerir. No
abandonaron el valenciano por desprecio, sino por ambición. Por sus hijos.
De ahí sale la única idea que me parece que merece la pena defender en todo esto. El
problema del valenciano no empezó cuando dejó de enseñarse. Empezó cuando dejó de
heredarse.
La geografía de aquella ruptura lo confirma, y conviene mirarla con cautela, porque
desmiente el mapa que uno esperaría. La lengua no se perdió antes en los sitios donde
quedaban menos hablantes, sino en los sitios donde había más oportunidades. Se rompió
primero en el cinturón industrial, en los pueblos que la ciudad estaba a punto de tragarse,
allí donde el ascensor social funcionaba y se veía funcionar: Burjassot, Paterna, Mislata o
Torrent. Aguantó, en cambio, tierra adentro, en las comarcas a las que el ascensor
social no llegaba. Dicho de otro modo, el valenciano se conservó mejor donde había menos que
ganar cambiando de lengua. No es una conclusión agradable, pero explica el mapa mucho
mejor que cualquier otra.
Nada de esto absuelve al franquismo, que hizo lo suyo con una eficacia notable. Pero
conviene distinguir entre quien fija los precios y quien hace la compra. La dictadura
estableció los precios relativos de las dos lenguas. Expulsó una de la escuela, de la
administración, de los tribunales y de la vida seria. Luego dejó que las familias actuaran en
consecuencia. Y las familias actuaron. Esa es la parte que rara vez se cuenta, entre otras
razones porque no permite señalar a nadie. El golpe final no lo dio un gobernador civil, lo
dieron millones de padres que querían lo mejor para sus hijos y que, dadas las
circunstancias, tenían razón.
De aquel movimiento venimos, y de él viene también la paradoja en la que llevamos más
de sesenta años instalados. Nunca tanta gente había sabido valenciano como ahora. Las
encuestas oficiales llevan décadas registrando mejoras sostenidas en comprensión, en
lectura y sobre todo en escritura, que es donde el sistema educativo ha hecho el trabajo que
se le encargó. Y sin embargo el uso real no acompaña. Se estanca en los adultos, y entre
los jóvenes retrocede. En una encuesta reciente en el Baix Vinalopó, alrededor del 95 %
de los encuestados reconocía no consumir ningún producto cultural en valenciano.
Ninguno.
La explicación no tiene mucho misterio. La escuela puede enseñar una lengua, pero no
puede, por si sola, instalarla en la vida real. Enseñar es transmitir un código; heredar
es recibir una costumbre, que es otra cosa y se adquiere en sitios donde ningún inspector
entra. Cuando la cadena doméstica se rompe, el sistema educativo puede fabricar
hablantes competentes, y de hecho los fabrica, pero no fabrica hablantes que usen la lengua sin
pensar. Hemos conseguido una generación que aprueba en valenciano y vive en castellano. Es
un fracaso con buena nota en el examen.
Por eso el debate político de los últimos años, con su ruido característico, me
parece menos relevante de lo que se cree. Cuando la Generalitat consultó a las familias qué
lengua base querían para sus hijos, el resultado global fue un empate técnico (50,5 %
frente a 49,5 %), poco más de tres mil votos de diferencia sobre trescientos cuarenta mil,
pero el agregado no informaba de nada. Lo interesante estaba en el mapa. En la ciudad de
Valencia venció el castellano con holgura; en la Ribera Baixa, el valenciano superó el 85
%; en Els Ports rozó el 93 %; en Orihuela ganó el castellano con casi el 98 %. Es
decir, la consulta no midió opiniones sobre el modelo lingüístico. Midió, con notable
precisión, dónde se rompió la transmisión familiar hace sesenta años y dónde no.
Preguntamos a las familias de ahora qué querían y nos contestaron sus abuelos.
Uno puede discutir si eso legitima o no la consulta, y ese es el debate que hemos
tenido. Yo tengo la impresión de que es el debate equivocado, o al menos el menos urgente.
Porque el fondo del asunto no es de política lingüística, sino de economía elemental. Las
lenguas se mantienen mientras sirven para conseguir aquello que sus hablantes quieren
conseguir, y se abandonan, libremente, razonablemente y sin ningún rencor, cuando dejan de
servir. El valenciano no se perdió porque los valencianos dejaran de quererlo. Se perdió,
en buena medida, mientras seguían queriéndolo. Esa es la parte triste de la historia, y
también la única que da alguna pista sobre lo que habría que hacer, que no consiste en
añadir horas lectivas ni en repartir papeletas, sino en devolverle a la lengua alguna
utilidad que sus hablantes deseen de verdad.
Mi padre murió hablando un valenciano perfecto. Yo lo entiendo mucho mejor de lo que lo
hablo. Mi hijo ni siquiera lo recibió de mí.
Entre mi padre y mi hijo hay una generación.
La mía.
El eslabón roto.
El eslabón roto del valenciano
Hay una escena que se repitió miles de veces en la comarca de l'Horta durante los años sesenta. Dos adultos hablando entre ellos en valenciano. Bastaba con que...