14/07/2022
A un año de tu luz:
Mi corazón se estremece al recordar esa noche. Una llamada, que no por esperada era menos temida, se me clavó en el alma y me partió la vida. Esa noche comencé a morir, se hundieron mis recuerdos de niño, se apagó la luz de los cocuyos de la mata, se nubló mi cielo y la noche se apoderó de mí. Desde entonces, soy errante peregrino, busco tu mirada con mi mirada perdida en el infinito, detrás de cada estrella, de tus cuadros, de la mirada de mi hija que no conociste. En la fe, a tientas, tu adiós dolorido busca en la fe su esperanza. Y, aunque sigue la noche cerrada, bañada por mis lágrimas tercas, persistentes, la fe es capaz de iluminar mi camino y de hacerme presentir un reencuentro eterno, feliz, pleno...
Quiero dar gracias, al final de esta serie mensual, a todos aquellos que me acompañan en esta oscuridad. A los que me han entendido cuando ya mi duelo pasó de moda. A los que no me dan palabras baratas o consuelos inútiles, sino su compañía, su dolor compartido y su oración. A tantos benefactores que nos permitieron salir adelante en momentos tan duros. E, incluso, mi perdón a los que quisieron aprovecharse de nuestra tragedia. Que Dios ilumine y bendiga a todos.
Me despido con Andrés Eloy Blanco
Aquí conmigo estás; yo, que soñaba
viajar contigo, tengo en tu retrato
esa sonrisa que te iluminaba.
Y allá estarás, en el taller beato,
para vestir de blancos faldellines
a mi angelito negro y mulato,
para llenar de azules escarpines,
tejidos con celajes de destellos,
la canastilla de los serafines.
Estamos con los hijos y hasta ellos
vemos caer la luz de tu mirada,
peinando con tu nombre sus cabellos.
Tenemos tu sonrisa iluminada;
la voz de tu trisagio y de tu misa
le grita a mi dolor: -¡No ha mu**to nada!
Con bosque y mar, con huracán y brisa,
con esa misma muerte que te encierra,
de la gracia inmortal de tu sonrisa
llenos están los cielos y las tierras.