20/08/2026
Cuando enseño reflexología siempre, siempre, digo lo mismo: un pie se coge con respeto y cariño.
Y alguna vez mis alumnos me han mirado un poco perplejos, como diciendo: «¿Eh?».
Hasta que empezamos a practicar y entienden de qué estoy hablando.
Coger un pie no es sujetarlo con la punta de los dedos para empezar a buscar puntos reflejos. Se coge con toda la mano. Se sostiene, se masajea, se toca con calidez.
Y hay un motivo. La persona que llega por primera vez a una sesión puede venir con curiosidad, con cierta incertidumbre o incluso con vergüenza por enseñar sus pies.
Así que antes de empezar a trabajar necesito que ocurra algo mucho más importante: que pueda confiar.
Por eso esos primeros minutos son tan importantes.
Mientras masajeo suavemente y aplico el aceite, observo cómo responde el pie: su movilidad, su sensibilidad, su rigidez, el estado de la piel... Todo eso me ayuda a entender cómo empezar a trabajar.
Pero, al mismo tiempo, está ocurriendo otra cosa. La persona está conociendo mis manos. Mi forma de tocar.
Y poco a poco puede empezar a relajarse y a sentirse cuidada.
Después vendrán los puntos reflejos, las técnicas y el trabajo que necesitemos hacer.
Pero antes hay una persona que ha puesto una parte de su cuerpo en mis manos. Y quiero que sienta que puede hacerlo con confianza.
Una persona no te entrega solamente sus pies. Te está permitiendo entrar en contacto con su cuerpo. Y eso merece respeto.