31/07/2026
Hoy ha sido el último día de curso en Ohana.
Y no sé muy bien cómo explicar todo lo que siento ahora mismo.
Hoy he despedido a niños que sé que no volveré a ver y a otros muchos que volverán en septiembre. He cerrado la puerta del cole y, por primera vez, he visto todas sus taquillas vacías. Todo en silencio.
Y ese silencio me ha hecho darme cuenta de todo lo que ha pasado este año.
Hace exactamente un año estaba llena de miedo, de dudas y de inseguridades. Con un síndrome del impostor brutal, preguntándome constantemente si sería capaz de hacerlo, si estaría a la altura, si realmente había tomado la decisión correcta.
Y hoy, un año después, esos miedos siguen ahí. Porque supongo que nunca desaparecen del todo. Pero ahora sé que soy capaz.
Sé que este año he hecho todo desde el corazón. Dejándome llevar por cómo soy, por cómo entiendo la infancia y por cómo me gustaría que mis propios hijos vivieran sus primeros años.
Y creo que he conseguido algo que para mí era mucho más importante que cualquier otra cosa: que Ohana no sea solo un nombre.
Que sea una familia.
Creo de verdad que Ohana es un cole diferente. Y no porque quiera que lo sea, sino porque cada día hemos intentado hacerlo a nuestra manera, respetando a cada niño, dejando que sean ellos mismos y creando un lugar en el que sentirse queridos, seguros y felices.
Hoy tengo ganas de llorar de alegría, de tristeza, de orgullo, de gratitud… y también un poquito de todo lo que ha costado llegar hasta aquí.
Gracias a todas las familias que durante este primer año habéis confiado en mí, en mi forma de hacer las cosas y en este proyecto que empezó siendo un sueño y que hoy tiene nombre, caras, historias y muchísimos recuerdos.
Y gracias especialmente a ti, David.
Sin ti, nada de esto estaría pasando. Pero, sobre todo, gracias por confiar en mí incluso cuando yo no lo hacía.
Hoy cierro el primer curso de Ohana con las taquillas vacías, el cole en silencio y el corazón lleno.
Y solo puedo pensar una cosa:
Qué suerte haberme atrevido. 💙