20/11/2023
En el crepúsculo todo habla: todas las cosas del universo lanzan su mensaje. Y esa elocuencia es contagiosa. Y fluye de una forma tranquilizadora durante las horas de la noche. Y todo cobra trascendencia. Y nada importa.
Pero la luz del amanecer se encarga de pasar la hoja. La claridad de la madrugada siempre es lánguida, sin brillo; y es por esa ausencia de destellos por lo que se ven las cosas con toda precisión, pues nada nos deslumbra. Entonces el mundo deja de parecer hermoso y limpio, porque esa luminosidad hace destacar lo feo, lo sucio, lo ajado, las arrugas profundas. Ocurre como cuando vas en el metro, con nada que hacer salvo mirar sin mirar a los otros. Ves los cordones sucios de sus zapatillas, la mi**da de tus uñas, la caspa en la chaqueta del de delante, los pelos de perro en ese jersey con bolas, los zancajos secos y percudidos sobre sandalias que balancean en el aire, un aire viciado ya por fétidos alientos matutinos… y rostros, vistos de soslayo pero todos sucios, con pieles muertas y cabellos grasos. Es difícil no sentirse roñoso y como empolvado, aunque acabes de ducharte. Es así; por eso la gente lee durante el trayecto. No es por entretenerse, no, quién va a querer leer en ese sitio; es para no ver toda esa fealdad. Pues eso que ocurre ahí a cualquier hora, sucede fuera en los albores del día, de cada día, de todo el mundo.
Normalmente, después, vuelven los destellos del sol para cegarnos, para actuar de Photoshop y hacernos ver la vida con lustre. Pero hay mañanas en las que no da paso. Y esa era una de ella.
Yolanda Regidor, "Ego y yo"