18/09/2026
El lunes tuve un accidente.
Que no vi un semáforo. Crash.
Nada más que un susto, aunque el coche ha quedado regulinchi.
Me puse muy nerviosa y al borde de las lágrimas, me pilló de sorpresa.
Bajé del coche a hablar con el conductor con el que había chocado.
Fue amable y comprensivo. Esto lo arreglan los seguros, tranquila.
𝐌𝐢𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐬 𝐛𝐚𝐣𝐚𝐛𝐚, 𝐩𝐚𝐬𝐨́ 𝐎𝐓𝐑𝐎 𝐜𝐨𝐜𝐡𝐞.
𝐔𝐧𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐭𝐞𝐧𝐢́𝐚 𝐧𝐚𝐝𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐯𝐞𝐫.
𝐌𝐞 𝐢𝐧𝐬𝐮𝐥𝐭𝐨́, 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐞𝐧𝐭𝐚𝐧𝐢𝐥𝐥𝐚, 𝐬𝐢𝐧 𝐬𝐚𝐛𝐞𝐫 𝐧𝐚𝐝𝐚, 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐮𝐧 𝐡𝐚𝐭𝐞𝐫 𝐞𝐧 𝐫𝐞𝐝𝐞𝐬.
También se acercó una tercera persona.
Un desconocido.
No venía con nadie, no tenía por qué pararse.
Mediador. Preguntando si estoy bien. Se quedó, por si acaso, tranquilizó al otro conductor, aunque no hiciese falta, o tal vez no hizo falta gracias a él. (GRACIAS ❤️)
Tres personas y tres reacciones distintas ante lo mismo.
Una humana, normal, educada.
Otra, cobarde escondido tras un volante y la velocidad.
Otra, un extraño que decidió no pasar de largo y quedarse simplemente porque sabía que estas cosas terminan a veces mal, y tengo la sensación de que me percibió como la parte más débil en ese momento.
Hoy insultar a un desconocido desde un coche en marcha ya casi ni sorprende.
Porque vemos a diario esa violencia, no sorprende en redes, ni en política, ni en una calle.
Hemos normalizado la violencia, la falta de respeto, las malas formas.
Ya no extraña.
Y lo peor es que ya no da miedo.
Lo que sorprende es que alguien se pare a ayudar.
Y eso está mal, como sociedad nos deja en una realidad que da vergüenza.
La violencia no siempre es un golpe, a veces es un grito innecesario a alguien que no conoces y que no sabes cómo está.
A veces violencia es simplemente no bajar la ventanilla para preguntar si estás bien.
Vivimos rodeados de gente dispuesta a juzgar en tres segundos y a ayudar en ninguno.
Si parar a ayudar a alguien se vuelve noticia, algo se nos ha roto.
Mi coche tiene arreglo, lo otro también si todos ponemos de nuestra parte.
Noemí Del Barrio