19/06/2026
.O.
A lo largo de todos estos días hemos ido escuchando las palabras de Jesús en el Sermón del Monte en aquella colina desde la cual se podía contemplar el mar de Galilea, el Lago Tiberíades. Jesús comenzaba este sermón con las bienaventuranzas y nos transmitía que éstas no son una utopía que queda al margen de nuestra vida, como algo imposible de llevar a cabo, pues nos dice que hemos sido llamados a la vida y somos sal de la tierra y luz del mundo. Y esa llamada no es teórica ni lejana. Toca lo más concreto de nuestra existencia: aquello que ocupa nuestro corazón. Porque, como hoy nos recuerda el Evangelio, donde está nuestro tesoro, allí está también nuestro corazón. Por eso Jesús no solo nos anima a vivir, sino a vivir con sentido, con una orientación clara, con un corazón bien situado. Pero para que nuestra sal no se vuelva sosa ni nuestra luz deje de brillar, transparentando la gloria de Dios en nuestras buenas obras, hemos de escuchar sus palabras en el silencio de lo escondido y ponerlas en dinámica de amor y servicio humilde, de bendición y de perdón. Ahí es donde se juega la autenticidad del discípulo: en lo escondido del corazón, en esa mirada interior que puede estar llena de luz o, por el contrario, oscurecida. Porque la lámpara del cuerpo es el ojo. Y si nuestra mirada es limpia, toda nuestra vida se ilumina; pero si se enturbia por la codicia, el miedo o la necesidad de acumular, perdemos claridad y también paz. Por eso Jesús, en este contexto de enseñanza, quiso reinterpretar la ley, dejándonos una hoja de ruta para caminar con pie firme y seguro hacia la felicidad de sentirnos hijos de Dios. Nos ha dicho que seamos coherentes entre aquello en lo que creemos y aquello que hacemos, sin ambigüedades. Esa coherencia también se manifiesta en nuestra relación con los bienes, con lo que poseemos y con lo que deseamos. No se trata de no tener, sino de no quedar atrapados. De no poner nuestra seguridad en lo que pasa, en lo que se desgasta, en lo que puede desaparecer. Porque cuando el corazón se apoya solo en eso, termina vaciándose. Que no seamos nosotros de aquellos que responden el mal con el mal, sino que vayamos más allá del pago y la retribución, entrando en la senda de la gratuidad. Simplemente porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y estamos llamados a reproducir en nuestras vidas a ese Dios Padre providente, que no deja de derramar sobre nosotros su misericordia y sus bendiciones. Y esa gratuidad es ya un tesoro que no se corrompe. Es un modo de vivir que libera el corazón, que lo ensancha, que lo hace capaz de amar sin medida. Es el tesoro del cielo que comienza ya aquí, cuando aprendemos a confiar, a compartir, a mirar con bondad. Es éste el tesoro de la Buena Noticia que Jesús pone en nuestras manos, frágiles vasijas de barro que siempre tienen el peligro de romperse. Y en esa fragilidad no debemos tener miedo. Porque incluso cuando nuestra vida se resquebraja, cuando sentimos que no hemos sabido vivir con un corazón unificado, Él sigue siendo fiel. Él recompone, Él restaura, Él vuelve a encender la luz en nuestra mirada. Pero no nos preocupemos, si nos rompemos Él volverá a recomponernos. Sólo preocupémonos por buscar el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás nos lo dará por añadidura. Y buscar ese Reino es, en el fondo, aprender cada día a colocar el corazón en lo esencial, a vivir con una mirada limpia y confiada, y a descubrir que el verdadero tesoro no se acumula, sino que se recibe y se comparte. Buenos días!!! (Juanjo Martínez, sj)