01/08/2026
San Ignacio, en los Ejercicios Espirituales, nos conduce a identificarnos con Cristo, haciéndonos descubrir que el camino hacia la vida pasa siempre por la cruz. Esa es también la enseñanza del Evangelio de hoy, donde Juan el Bautista nos muestra que el verdadero profeta vive atento a la acción del Espíritu y entrega su vida al servicio de la justicia, del bien común y del Reino de Dios, sin buscar el reconocimiento personal. Quien opta por el Evangelio ha de aceptar que la fidelidad puede traer críticas, rechazo o incomprensión, porque siempre existe la tentación de acomodar el mensaje para agradar a los demás y vivir una fe sin exigencias. Sin embargo, nuestro mundo necesita testigos valientes que anuncien a Cristo con autenticidad. Como Jesús y como Juan el Bautista, también nosotros estamos llamados a perseverar en la misión recibida, confiando en que toda vida entregada por amor al Evangelio florece finalmente en la esperanza de la resurrección. (Mateo 14, 1-12)
01/08/2026
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Para escuchar en la oración de hoy, sábado, 1 de agosto (Sábado XVII T.O.)_
Nos faltan Héroes | Jesuitas Acústico
NOS FALTAN HÉROESLetra © Antonio Ordóñez, SJ +Música © Luis Busto...
01/08/2026
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En los Ejercicios Espirituales, San Ignacio quiere llevar al Ejercitante hasta la identificación con Cristo, pero quiere hacerle consciente que seguirle supone asumir la cruz como única vía para alcanzar la resurrección. Esta dinámica espiritual es la que enlaza con la lectura del Evangelio de hoy, en la que se nos transmite la difícil experiencia de los profetas, como Juan el Bautista o como el mismo Jesús. La muerte del Bautista manifiesta que la fidelidad al Señor nunca depende del éxito humano, sino de la constancia en la misión recibida. Los profetas son aquellos que captan la presencia del Espíritu en los acontecimientos del presente y se sienten impulsados a la práctica de la justicia social y el bien común, denunciando todo aquello que se opone a la felicidad del ser humano. Porque no hemos sido llamados y elegidos por Cristo para el servicio de nosotros mismos y nuestro propio reconocimiento, sino para estar al servicio del Evangelio de la justicia y la paz. Así vivió Juan, sin buscar el aplauso de los poderosos ni rebajar la verdad para conservar privilegios, dejando que su conciencia estuviera guiada únicamente por Dios. Sin embargo si optamos por el amor y la justicia de Dios revelada en la Buena Noticia transmitida por Jesús hemos de admitir la posibilidad de la cruz. Empezamos a recibir críticas, dejamos de obtener reconocimiento o sentimos que nos empiezan a dejar de lado. El Evangelio muestra que esa cruz comienza muchas veces en las pequeñas renuncias de cada día, cuando debemos escoger entre la verdad y la comodidad. Por eso está tan presente en nosotros la tentación de decir a la gente lo que quiere escuchar u omitir aquello que no se quiere escuchar, en vez de transmitir la radicalidad del Evangelio. Porque queremos un Dios controlado que nos asegure la salvación si cumplimos con determinadas normas que no nos desagraden demasiado. Esa fue también la debilidad de Herodes, que conocía la rectitud de Juan, pero prefirió proteger su prestigio antes que obedecer a la verdad. También nosotros corremos el riesgo de vivir una fe acomodada, más preocupada por ser aceptados que por transparentar el Evangelio con una vida coherente. Nuestro mundo necesita profetas, esas voces incómodas, que manifiesten a un Jesús que no se ajusta a nuestros intereses y que pongan al descubierto nuestras mentiras y cobardías, como Juan el Bautista. Si Jesús fue capaz de ser fiel a su misión, a pesar de los rechazos y desprecios que encuentra en su camino, nosotros, llamados a identificarnos con él, tenemos que continuar su tarea salvadora encomendada. Aun cuando esto pueda acarreamos la crítica y el rechazo, como contemplamos hoy en la figura de Juan el Bautista. Los discípulos del Bautista recogieron el cuerpo de su maestro y acudieron a Jesús, enseñándonos que toda fidelidad encuentra finalmente su sentido en Él. También nosotros estamos llamados a presentar al Señor nuestras cruces y a perseverar con esperanza, convencidos de que ninguna vida entregada por amor al Evangelio se pierde, porque Cristo transforma la aparente derrota en semilla de resurrección y convierte a quienes permanecen fieles en testigos silenciosos de su Reino. Buenos días!!! (Juanjo Martínez, sj)
31/07/2026
Hoy la Compañía de Jesús celebra con gratitud a san Ignacio de Loyola, cuya vida refleja el Evangelio de quien pone a Cristo en el centro de su existencia. La herida de Pamplona rompió sus sueños de gloria humana, pero abrió el camino a una vida nueva guiada por Dios. Desde entonces aprendió a descubrir que el Señor habla en todos los acontecimientos y que incluso los fracasos pueden convertirse en ocasión de esperanza y conversión. En su búsqueda de Dios comprendió que la verdadera grandeza consiste en dejarse transformar por el Espíritu y servir a los demás siguiendo el modo de proceder de Jesús. La oración, el discernimiento y el examen cotidiano fueron la escuela donde aprendió a reconocer la voluntad de Dios. Su legado nos invita hoy a encontrar a Dios en todas las cosas, vivir una fe comprometida y pedir por la Compañía de Jesús, para que siga sirviendo a la Iglesia con fidelidad, generosidad y esperanza. (Lucas. 14, 25-33)
31/07/2026
Para escuchar en la oración de hoy, viernes, 31 de julio (San Ignacio de Loyola)_
Menos mal (feat. Alex Lora) - Jesuitas Acústico
MENOS MALLetra y música © Miguel Matos, SJEscúchanos en Spotify: ...
31/07/2026
Hoy la Compañía de Jesús está de celebración. Celebra, con memoria agradecida, la figura de su fundador, san Ignacio de Loyola. No podía acompañarnos un evangelio más oportuno. Jesús nos recuerda que ser discípulo suyo significa ponerle en el primer lugar de la vida, dejar que Él oriente nuestras decisiones y recorrer su camino con libertad y confianza. La vida de Ignacio es una hermosa encarnación de este Evangelio. Aquel hombre bueno que decidió entregarse a Dios después que la bala de una bombarda le rompiera sueños y futuro. Soñaba con ser un hombre de armas, caballero enamoradizo de nobles damas en la corte de los reyes de España; pero sus sueños caen como un castillo de naipes con el soplo de aquel viento que le trajo un futuro inesperado que transitaría por caminos y con compañeros también nuevos. Aquella herida, que parecía un fracaso, se convirtió en el comienzo de una vida nueva, porque Dios fue capaz de escribir esperanza sobre las ruinas de sus proyectos. Se puede decir que Ignacio supo ver cómo el misterio de Dios está en todas las cosas y habla en todos los acontecimientos, incluso en aquellos que parecen irreversibles; aunque no sería la única vez que aprendería a interpretar el camino por el cual Dios le iba dirigiendo: los escrúpulos en Manresa, la Inquisición, la frustración de no poder ir a Jerusalén, su larga preparación en letras y teología... Así, san Ignacio nos enseña que incluso los grandes fracasos y los cambios abruptos de la vida pueden transformarse en llamadas profundas a un sentido mayor. Y su proceso de conversión, marcado por rupturas y renuncias, es ejemplo de cómo la fragilidad humana puede ser el lugar donde germina la esperanza. Como el hombre prudente del Evangelio, aprendió a discernir antes de decidir, buscando siempre la voluntad de Dios y no la propia. En su búsqueda incansable de Dios, Ignacio descubrió la belleza de dejarse moldear por el Espíritu, aprendiendo que la verdadera grandeza no está en los honores terrenales, sino en la entrega generosa al servicio de sus semejantes, bajo la bandera del Reino y siguiendo con el modo de proceder de Jesús. Descubrió que solo un corazón libre puede seguir de verdad a Cristo y que nada merece ocupar el lugar que solo corresponde al Señor. Nada parecía parar a aquel hombre, amante de la Iglesia, que quería dar su vida desde la identificación e imitación de Cristo; primero siguiendo el ejemplo de aquellos santos que había leído en los libros, y, luego, dejando que fuera el mismo Señor el que le fuera enseñando como un maestro a un alumno en una escuela. Y, ciertamente, el Señor le irá hablando a través de los acontecimientos de la vida, porque todo acontecimiento es el momento oportuno para aprender el lenguaje de Dios a través de la oración, el discernimiento y el examen cotidiano, sabiendo elegir aquello que más le pudiera conducir a su fin, que es el principio y fundamento de la vida del compañero de Jesús: amar y servir a Dios en el amor y el servicio encarnado en nuestros hermanos más pequeños. Ahí reside la actualidad del mensaje de Ignacio: aprender a escuchar a Dios en la vida concreta y responder con generosidad a su llamada. Su legado nos invita a mirar nuestra vida con ojos de asombro y gratitud, sabiendo que en lo cotidiano también se esconde lo divino. Al igual que él, estamos llamados a discernir, a escuchar el susurro de Dios en medio del ruido y a responder con valentía a la invitación de amar más y mejor. Que su ejemplo inspire nuestro deseo de encontrar a Dios en todas las cosas, y de vivir una fe comprometida que se traduzca en gestos concretos de justicia y compasión. Finalmente os pido, humildemente, que elevéis vuestra oración por aquello que él fundó junto a sus compañeros: la Compañía de Jesús. Que el Señor nos conceda, por intercesión de san Ignacio, la gracia de seguir a Cristo con un corazón libre, de buscar siempre su mayor gloria y de servir con alegría a nuestros hermanos allí donde más nos necesiten. Buenos días!!! (Juanjo Martínez, sj)
30/07/2026
El Reino de Dios nos invita a levantar la mirada por encima de las luces pasajeras y a orientar toda nuestra vida hacia el único bien que permanece. En ese camino, cada decisión, cada esfuerzo y cada paso van modelando nuestro corazón, hasta que un día la verdad de nuestra existencia quede plenamente manifestada. Entonces comprenderemos que lo verdaderamente importante habrá sido responder con fidelidad a la llamada que Dios sembró en nuestro interior, dejándonos transformar por su amor. Así descubrimos el verdadero tesoro del Evangelio, que une la riqueza de la fe recibida con la novedad siempre viva de Cristo, llenando la vida de esperanza. Por eso, no dejemos de soñar los sueños de Dios, enamorémonos de su proyecto de amor, justicia y paz, y aprendamos a mirar la realidad con sus mismos ojos, caminando hacia el Reino como peregrinos de esperanza, hasta reconocer cada día la presencia silenciosa del Señor, que continúa haciendo nuevas todas las cosas. (Mateo 13, 47-53)
30/07/2026
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Para escuchar en la oración de hoy, jueves, 30 de julio (Jueves XVII T.O.)_
Enámorate - CD Enamórate
Canción del CD de canciones ignacianas 'Enamórate', grabado en 2015...
30/07/2026
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Cuenta la leyenda que una joven mariposa volaba cierta tarde jugando con el viento, cuando vio una estrella muy brillante, y se enamoró. Loca de amor, se lo contó a su madre. «¡Qué tontería!», fue la fría respuesta que escuchó, «búscate una farola, o una lámpara, y enamórate de algo así, para eso fuimos creadas». Pero ella decidió ignorar el comentario. La noche siguiente la estrella continuaba en el mismo lugar, y ella decidió que subiría hasta el cielo y volaría en torno de aquella luz radiante para demostrarle su amor. Consiguió subir algunos metros para intentar vencer la distancia que la separaba de su amor. Su madre estaba cada vez más furiosa. Durante algún tiempo, intentó olvidar a la estrella y enamorarse de la luz de las bombillas o las velas… Pero su corazón no conseguía olvidar a la estrella, y después de ver que la vida sin su verdadero amor no tenía sentido, resolvió reemprender su itinerario en dirección al cielo. Noche tras noche intentaba volar lo más alto posible, y desde allá arriba podía vislumbrar las ciudades llenas de luces, las montañas heladas y los océanos. Sin saberlo, aquel deseo de alcanzar una luz que nunca terminaba de poseer iba transformando su corazón y ensanchando su mirada. Lo importante ya no era únicamente llegar, sino dejarse cambiar por el camino. Algo semejante sucede con quien descubre el Reino de Dios. El Señor nos llama a levantar la vista por encima de las luces pasajeras que tantas veces nos atraen y a orientar toda la vida hacia el único bien que permanece. Cada decisión, cada paso y cada esfuerzo van dando forma al corazón, porque llegará un día en que la verdad de nuestra vida quedará plenamente manifestada. Entonces comprenderemos que lo decisivo no habrá sido el brillo efímero de tantas luces cercanas, sino la fidelidad con la que hemos seguido la estrella que Dios encendió en nuestro interior. La mariposa comenzó a amar cada vez más a su estrella, porque era ella la que la impulsaba a conocer un mundo tan rico y hermoso. Descubría horizontes nuevos, aprendía a contemplar la realidad con una profundidad desconocida y comprendía que el verdadero tesoro no consistía en poseer la estrella, sino en dejarse conducir por ella. Así también el discípulo de Jesús aprende a sacar de su corazón cosas antiguas y cosas nuevas: conserva la riqueza de la fe recibida y descubre cada día la novedad siempre sorprendente del Evangelio, que ilumina la existencia con una esperanza que nunca envejece. La mariposa, aun cuando jamás haya conseguido llegar hasta su estrella, vivió muchos años aún, descubriendo cada noche cosas diferentes e interesantes. Sueña, no dejes de soñar los nuevos y buenos sueños de Dios para ti y la humanidad. Enamórate de su proyecto liberador, de amor, de justicia y de paz. Y vuela, vuela cada vez más alto y contempla la realidad con la misma mirada de Dios, que penetra en lo profundo de la realidad para dar respuestas de sentido y esperanza a nuestra humanidad herida. Porque quien vive mirando hacia esa estrella descubre que toda la vida es una peregrinación hacia el Reino, una escuela de conversión y de amor, donde el Señor nos reúne pacientemente, nos purifica y nos prepara para la alegría definitiva de encontrarnos con Él. Solo quien no deja de mirar al cielo aprende también a caminar mejor por la tierra y a reconocer, en medio de la historia cotidiana, la presencia silenciosa de Dios que sigue haciendo nuevas todas las cosas. Buenos días!!! (Juanjo Martínez, sj)
29/07/2026
Podemos establecer un paralelo entre dos mujeres, María Magdalena y Marta, como dos mujeres unidas por un mismo amor y una misma fe en Jesús, capaces de reconocerlo incluso en medio del dolor. Ambas recorren un camino interior que las lleva de la tristeza y el desconcierto a la confesión confiada del Señor, como también sucederá después con Tomás. Jesús no permanece indiferente ante nuestro sufrimiento, sino que acoge nuestras lágrimas y preguntas para conducirnos hacia una fe más profunda. Al revelarse como la Resurrección y la Vida, nos muestra que la esperanza no es una idea, sino su propia persona. Marta aprende a confiar más en la palabra de Cristo que en la evidencia de la muerte y proclama con firmeza que Él es el Hijo de Dios. También nosotros estamos llamados a descubrir su presencia fiel en nuestras noches e incertidumbres, dejando que sostenga nuestra fragilidad y renueve nuestra esperanza. Así podremos responder con la misma fe de Marta: «Sí, Señor; yo creo», seguros de que quien camina con Cristo nunca está solo y de que la última palabra de la vida pertenece siempre a Dios. (Juan 11,19-27)