21/06/2020
Volver a confiar en la vida
¿Qué es esta tranquilidad silenciosa que me amenaza”? se preguntaba a finales del pasado marzo el filósofo español Emilio Lledó, tratando de poner palabras a esa sensación de extrañeza e irrealidad provocada por una situación inaudita, en toda su larga y fecunda existencia: el confinamiento de millones de personas sanas impuesto, por primera vez en la historia de la medicina, para hacer frente a una “pandemia”.
Comisión de reconstrucción
Tres meses después, muchas de nosotras hemos dejado de ser las mismas: en este breve lapso de tiempo, los cimientos sobre los que habíamos construido el frágil equilibrio de nuestras vidas, se echaron a temblar: algunas perdimos seres queridos, o no hemos podido verles en todo este tiempo; nuestra salud se resintió; el trabajo cambió radicalmente; la casa dejó de ser el refugio perfecto para convertirse en despacho, escuela, gimnasio..; sufrimos tensiones con la pareja; tuvimos que combinar nuestra profesión con el oficio de madres y el de maestras; nos sentimos bloqueadas frente al dilema de volver o no volver a la escuela; nos frustramos por no poder abrazar a las amigas; echamos de menos a nuestras alumnas o nos rompimos la cabeza tratando de descifrar las normativas de la “desescalada” o de la “nueva normalidad”. Aquello que nos resultaba evidente empieza a parecernos absurdo y, en cambio, consideramos seriamente ideas que, hasta ahora, tachábamos de insensatas. Lo “importante” de entonces, ahora nos resulta superfluo, y a la inversa. Pensamos varias veces, las cosas que antes hacíamos casi sin darnos cuenta. Y sin darnos cuenta, adoptamos actitudes y comportamientos que, de vez en cuando, nos sorprenden..
Cada vez que nuestra imaginación vuela alegremente hacia el futuro, corremos a refugiarnos en un presente que, al menos, nos rescata de la incesante incertidumbre. Vivir se parece cada vez más a lanzar piedras en el borde de un lago y quedarse después contemplando las ondas...
Sabiamente, nuestros gobernantes organizan “comisiones de reconstrucción” para superar esta extraña guerra. Sin duda algo parecido deberiamos emprender también nosotras. La cuestión es ¿por dónde empezar?
Aterrizar en el cuerpo
Sin duda, el primer paso para nuestra particular reconstrucción es reconectarnos con el cuerpo.
Solemos decir que “vamos” a la naturaleza, cuando en realidad, ya estamos en ella porque somos naturaleza: nuestro aliento es el aire, en continuo intercambio con la atmósfera; la sangre que corre por nuestras venas lleva un 83% de agua; nuestros huesos están hechos de los mismos minerales que el mármol y el polvo de estrellas...Somos microcosmos, universos en miniatura, superorganismos fruto de la colaboración simbiótica entre billones de microorganismos: al menos 3 kg de nuestro peso son, precisamente, virus y bacterias.
Lo propio de la vida del cuerpo es un continuo movimiento, una expansión placentera, en relación con su entorno. Una efusión que muy posiblemente se haya visto frenada por . El miedo a tocar, o a ser tocada. A contagiar y a ser contagiada. La sombra de una sospecha sobre nuestra biología: ¿estará en mí?. El no saber. La ausencia de experiencia. Las preguntas, las dudas…nos hacen acortar la respiración y elevar los hombros hasta las orejas. El cuello se pone tenso, rígido. La mente se acelera y se distancia del cuerpo: será cierto?, haré bien así? qué puede pasar si? y si no?. Perdemos toda la profundidad, la belleza tranquila de nuestra presencia inocente.
Para recuperarla, tal vez nos baste con una respiración profunda, de esas que como en los bebés, llegan desde las nalgas. O quizás venga de una repentina sensación placentera: el resplandor de un gota de agua bañada por el sol, los colores del atardecer, el canto de los pájaros, el olor de la hierba, la caricia de una brisa fresca...Sensaciones simples, pero poderosas, que nos recuerdan que el disfrute de una vida sencilla es un fin noble y bueno.
La mejor vacuna
Dice el investigador en biología Fernando Valladares que la naturaleza es nuestra mejor vacuna porque la biodiversidad de los ecosistemas sanos tiende a equilibrar la cargas víricas entre las distintas especies. Además, las que tienen mayor resistencia, bloquean o reducen la transmisión de enfermedades infecciosas, lo que permite atenuar el número de contagios.
Además de fortalecer nuestra salud física, las investigaciones señalan que la naturaleza es también la mejor aliada para aumentar la resiliencia psico-emocional, es decir, la capacidad de superar cualquier impacto vital y de sobreponernos a las dificultades más grandes. Golpes de los que nos levantamos inseguras, con miedos, con la impresión de estar hechas de cristal. Vivencias que aumentan nuestra desconfianza, que nos vuelven asustadizas y nos llevan a minimizar los riesgos, reduciendo nuestro potencial y nuestra vitalidad.
Cultivar esta afinidad milenaria con la biosfera de la que formamos parte, como las olas emergen del mar o las bacterias se funden simbióticamente para forjar nuestros cuerpos, es una forma de echar raíces y sentirnos acogidas, cuidadas, y seguras. De reencontrarnos con nuestro origen, recuperar el sentido y atrevernos a ser lo que realmente somos.
Asumimos la fragilidad y vulnerabilidad de la existencia humana y nos damos cuenta que en ello reside, precisamente, su grandeza. Aprendemos a hacernos pequeñas para fundirnos con la montaña, y compartir su majestuosidad. A confiar en la vida y en (sus)nuestras múltiples capacidades.
Como Carla quien, al cumplir 20 años, escribió una carta de agradecimiento a sus padres que terminaba así: “este amor por la Tierra que me cuida y me nutre en todas partes, es uno de los mayores regalos que me habéis ofrecido. Me ayuda a sentirme en casa en todas partes, a estar a gusto con el mundo y a confiar en la vida”.