Madre de dia La Cabaña Cucú

Madre de dia La Cabaña Cucú

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Casa nido La Cabaña Cucú.

Un pequeño universo tranquilo y familiar, donde las niñas y los niños aprenden jugando, crecen y exploran libremente cada rincón de este lugar mágico.

Photos 17/07/2020

Sobran las palabras... La imagen lo dice todo.

Photos from Madre de dia La Cabaña Cucú's post 10/07/2020

Tesoros piratas que descubrimos en cuevas reconditas del océano... Jejejejeje @ La Alberca, Murcia, Spain

25/06/2020

¿Qué dicen los pájaros?

Me parece que no hay mayor simplicidad que dejar todo un momento y salir a la naturaleza.

Incluso unos pocos minutos ​​en el jardín, en un parque o caminando por la orilla de un río, pueden recargarnos de energía.

¿Por qué tiene ese efecto?

La naturaleza nos motiva. Nos devuelve a nuestros sentidos.

Redescubrimos el fuerte sentido de interconexión entre nosotros y todo lo demás, y ya no nos sentimos solos.

Los pájaros lo saben. Los árboles, los ríos, las montañas, los océanos, el viento e incluso las estrellas conocen esta verdad universal de la interacción. Es lo que nos atrae a ellos.

Cuando escucho cantar a un pájaro, cuando realmente lo escucho, no hay pájaro, solo hay canto. Me pierdo en el canto, y una vez más, conecto con el todo.

Muchos de nosotros hemos vivido la experiencia de estar solos, aislados en el interior de nuestras casas, durante un período prolongado de tiempo. Es más esencial ahora que nunca, que salgamos al aire libre y a la naturaleza.

Muchas veces me digo: "¡Vuelve a tus sentidos!"
Esto significa notar silencio y sonido, luz y oscuridad, tacto, sabor y aroma. Cuando prestamos atención a la vida de esta manera, percibimos plenamente el momento, lo vivimos plenamente. Regresamos a nuestro estado natural de presencia, que tan fácilmente podemos perder en estos ocupados tiempos modernos.
Acostarse boca arriba y mirar al cielo. Realmente mirarlo viéndolo, pase lo que pase en él, de día o de noche.
Observar las copas de los árboles, percibir la brisa, escucharla, sentir cómo roza tu piel.
Caminar por el bosque o por el parque en una mañana húmeda, inhalar profundamente la tierra del suelo, la felicidad de las hojas, el aroma de las flores.
Pasar la mano sobre la corteza de un árbol, tocar delicadamente los pétalos de una rosa.
Sumergir tu mano en el mar y probar el océano; verlo, escucharlo, sentirlo y olerlo...

Volvamos a los pájaros por un momento. Las aves migran hacia el norte en primavera y regresan hacia el sur en otoño. Viajan a través de montañas, ríos, lagos y océanos en su viaje. Grandes lugares, todos inter-relacionados.

Las aves conocen la inmensidad, conocen la interconexión, conocen la presencia. Hacen su hogar en el mundo en su totalidad.

Sal al aire libre, recupera el sentido y escucha a los pájaros, realmente escúchalos, como si fuera la primera vez. En ese momento, estarás completamente presente con la vida, tal y como es. Los pensamientos, las preocupaciones y los recuerdos se desvanecerán por un tiempo. Descansa es este espacio por un tiempo.

Photos 22/06/2020

"La mayor señal del éxito de un profesor (acompañante), es poder decir: Ahora, los niños trabajan como si yo no existiera"

María Montessori

21/06/2020

Volver a confiar en la vida

¿Qué es esta tranquilidad silenciosa que me amenaza”? se preguntaba a finales del pasado marzo el filósofo español Emilio Lledó, tratando de poner palabras a esa sensación de extrañeza e irrealidad provocada por una situación inaudita, en toda su larga y fecunda existencia: el confinamiento de millones de personas sanas impuesto, por primera vez en la historia de la medicina, para hacer frente a una “pandemia”.

Comisión de reconstrucción

Tres meses después, muchas de nosotras hemos dejado de ser las mismas: en este breve lapso de tiempo, los cimientos sobre los que habíamos construido el frágil equilibrio de nuestras vidas, se echaron a temblar: algunas perdimos seres queridos, o no hemos podido verles en todo este tiempo; nuestra salud se resintió; el trabajo cambió radicalmente; la casa dejó de ser el refugio perfecto para convertirse en despacho, escuela, gimnasio..; sufrimos tensiones con la pareja; tuvimos que combinar nuestra profesión con el oficio de madres y el de maestras; nos sentimos bloqueadas frente al dilema de volver o no volver a la escuela; nos frustramos por no poder abrazar a las amigas; echamos de menos a nuestras alumnas o nos rompimos la cabeza tratando de descifrar las normativas de la “desescalada” o de la “nueva normalidad”. Aquello que nos resultaba evidente empieza a parecernos absurdo y, en cambio, consideramos seriamente ideas que, hasta ahora, tachábamos de insensatas. Lo “importante” de entonces, ahora nos resulta superfluo, y a la inversa. Pensamos varias veces, las cosas que antes hacíamos casi sin darnos cuenta. Y sin darnos cuenta, adoptamos actitudes y comportamientos que, de vez en cuando, nos sorprenden..

Cada vez que nuestra imaginación vuela alegremente hacia el futuro, corremos a refugiarnos en un presente que, al menos, nos rescata de la incesante incertidumbre. Vivir se parece cada vez más a lanzar piedras en el borde de un lago y quedarse después contemplando las ondas...
Sabiamente, nuestros gobernantes organizan “comisiones de reconstrucción” para superar esta extraña guerra. Sin duda algo parecido deberiamos emprender también nosotras. La cuestión es ¿por dónde empezar?

Aterrizar en el cuerpo

Sin duda, el primer paso para nuestra particular reconstrucción es reconectarnos con el cuerpo.
Solemos decir que “vamos” a la naturaleza, cuando en realidad, ya estamos en ella porque somos naturaleza: nuestro aliento es el aire, en continuo intercambio con la atmósfera; la sangre que corre por nuestras venas lleva un 83% de agua; nuestros huesos están hechos de los mismos minerales que el mármol y el polvo de estrellas...Somos microcosmos, universos en miniatura, superorganismos fruto de la colaboración simbiótica entre billones de microorganismos: al menos 3 kg de nuestro peso son, precisamente, virus y bacterias.

Lo propio de la vida del cuerpo es un continuo movimiento, una expansión placentera, en relación con su entorno. Una efusión que muy posiblemente se haya visto frenada por . El miedo a tocar, o a ser tocada. A contagiar y a ser contagiada. La sombra de una sospecha sobre nuestra biología: ¿estará en mí?. El no saber. La ausencia de experiencia. Las preguntas, las dudas…nos hacen acortar la respiración y elevar los hombros hasta las orejas. El cuello se pone tenso, rígido. La mente se acelera y se distancia del cuerpo: será cierto?, haré bien así? qué puede pasar si? y si no?. Perdemos toda la profundidad, la belleza tranquila de nuestra presencia inocente.

Para recuperarla, tal vez nos baste con una respiración profunda, de esas que como en los bebés, llegan desde las nalgas. O quizás venga de una repentina sensación placentera: el resplandor de un gota de agua bañada por el sol, los colores del atardecer, el canto de los pájaros, el olor de la hierba, la caricia de una brisa fresca...Sensaciones simples, pero poderosas, que nos recuerdan que el disfrute de una vida sencilla es un fin noble y bueno.


La mejor vacuna

Dice el investigador en biología Fernando Valladares que la naturaleza es nuestra mejor vacuna porque la biodiversidad de los ecosistemas sanos tiende a equilibrar la cargas víricas entre las distintas especies. Además, las que tienen mayor resistencia, bloquean o reducen la transmisión de enfermedades infecciosas, lo que permite atenuar el número de contagios.

Además de fortalecer nuestra salud física, las investigaciones señalan que la naturaleza es también la mejor aliada para aumentar la resiliencia psico-emocional, es decir, la capacidad de superar cualquier impacto vital y de sobreponernos a las dificultades más grandes. Golpes de los que nos levantamos inseguras, con miedos, con la impresión de estar hechas de cristal. Vivencias que aumentan nuestra desconfianza, que nos vuelven asustadizas y nos llevan a minimizar los riesgos, reduciendo nuestro potencial y nuestra vitalidad.

Cultivar esta afinidad milenaria con la biosfera de la que formamos parte, como las olas emergen del mar o las bacterias se funden simbióticamente para forjar nuestros cuerpos, es una forma de echar raíces y sentirnos acogidas, cuidadas, y seguras. De reencontrarnos con nuestro origen, recuperar el sentido y atrevernos a ser lo que realmente somos.

Asumimos la fragilidad y vulnerabilidad de la existencia humana y nos damos cuenta que en ello reside, precisamente, su grandeza. Aprendemos a hacernos pequeñas para fundirnos con la montaña, y compartir su majestuosidad. A confiar en la vida y en (sus)nuestras múltiples capacidades.

Como Carla quien, al cumplir 20 años, escribió una carta de agradecimiento a sus padres que terminaba así: “este amor por la Tierra que me cuida y me nutre en todas partes, es uno de los mayores regalos que me habéis ofrecido. Me ayuda a sentirme en casa en todas partes, a estar a gusto con el mundo y a confiar en la vida”.

20/06/2020

Últimas plazas para Septiembre 2020, en La Cabaña Cucú.

Photos 14/06/2020

Gracias a los cuidados y mimos que hacen cada día los peques, las gallinas están frondosas y felices!!

En agradecimiento, ellas nos regalan unos huevos increíbles, un manjar difícil de sustituir. Salen unas tortillas riquísimas, con unas yemas doradas preciosas y los/as niños/as disfrutan de lo lindo recogiéndolos, cocinando juntos y comiéndose este sabroso alimento.

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