20/09/2026
Grecia – La tragedia ática – Eurípides
Los asuntos de la tragedia griega tenían que buscarse entre las historias de la Edad Heroica y esta limitación, sin duda, entorpecía la índole moderna y "progresista" de Eurípides. Pero aceptó dicha limitación y trató con nuevo espíritu las viejas historias, procurando en ellas lo que había de verdad permanente.
El resultado fue una serie de dramas sobre las mujeres famosas de la antigüedad. En “Medea” (431 a. C), “Hipólito” (428 a. C), “Hécuba” (ca. 424 a. C.) y “Andrómaca” (ca. 422 a. C.), Eurípides ha trazado un conjunto de estudios trágicos sobre la feminidad que admiraban y sorprendían a sus auditorios. Dejando de lado las conveniencias y pasando sobre las opiniones recibidas respecto a la mujer, creó algo enteramente nuevo en estos cuadros de almas violentas, cuadros íntimos, exactos, descarnados y a la vez plenamente simpáticos.
Las heroínas de Eurípides fueron muy distintas de la Antígona o la Deyanira. Con todo y a despecho de su flaqueza demasiado humana y sus raptos de extravagante violencia, son esencialmente trágicas. Pues mucho del interés que estas naturalezas inspiraban a Eurípides, se basaban en el conflicto que conllevan en sí.
En “Medea”, el poeta pinta la lucha entre el amor materno y el ansia de venganza de la esposa burlada; en “Fedra”, el amor ilegítimo busca dolorosamente su expresión por entre las costumbres establecidas; en “Hécuba”, la ternura se hace furia salvaje por efecto del sufrimiento y en “Andrómaca”, una princesa aparece rebajada por la cautividad al punto de aceptar cuanto los dioses ordenen. Y, en todos los casos, el conflicto del personaje se refleja en el conflicto exterior que lo rodea y en cada drama, el asunto resulta del choque entre voluntades encontradas, hasta de caracteres irreconciliables.
El objeto de la insana pasión de Fedra es nada menos que Hipólito, el hijastro, que aborrece el amor y el tremendo duelo de Hécuba se enfrenta con Odiseo, cuyo duro corazón parece insensible. La solución es siempre dolorosa y, en verdad, en vez de solución no habría más que desastre y muerte, a no ser por la intervención de los dioses. En estas obras, Eurípides creaba algo completamente nuevo. El vigor de tales obras es indiscutible. En ellas no todo se reduce a aquella profundidad psicológica que fascinaba a los públicos, sino que campea también aquel apurado y terso estilo y se dejan sentir los aleteos del canto en graciosos giros, los ojos del pintor que empapa en ricos coloridos los trozos de descripción, el genuino poder de los soberbios momentos dramáticos en que, por ejemplo, Medea habla a sus hijos antes de darles muerte, o Fedra declara el amor que tanto desearía ocultar.
Desde luego, hay otras cualidades y condiciones más al gusto de la época que al moderno. Cuando Jasón explica a Medea lo mucho que ella ha ganado con poder ahora disfrutar de la vida griega, o cuando Hipólito insinúa que los dioses no debieron haber creado a las mujeres, o bien Hécuba riñe con los conquistadores de su tierra, parece que los personajes pierden el nivel de la dignidad trágica. Pero esto, para los apasionados de Eurípides, era precisamente un realismo plausible, que acercaba hasta la vida diaria el sentido de las antiguas fábulas.
Otro aspecto que desconcertaba al público era la religiosidad de Eurípides. Los coros no olvidaban el invocar a los dioses y las fuentes de las leyendas son cuidadosamente referidas a las costumbres o tradiciones locales del caso. Pero el tono religioso suena falso. En Hipólito, Afrodita castiga a Hipólito porque éste la ha desdeñado y Artemisa, a quien el joven príncipe ha consagrado su existencia, no puede hacer nada por él al verlo moribundo. Bien está que se trate de grandes poderes naturales, más allá del bien y del mal, pero no se presentan como objetos dignos de adoración y culto.
En Andrómaca, Apolo, por quien Eurípides demuestra singular aversión, traiciona a Neoptólemo y lo conduce a la muerte en Delfos. No es que haya aquí una crítica manifiesta y explícita, tampoco un asomo de blasfemia. Pero el ateniense ortodoxo debe de haberse sentido incómodo ante esta luz desusada, bajo la cual, se le ofrecen los actos de sus dioses.