23/09/2026
Una reflexión personal como instructor de aikido
Hace unos días me preguntaron cuántos años llevaba practicando aikido y si, si volviera a nacer, volvería a elegirlo.
Tengo 73 años y llevo casi toda una vida sobre el tatami. Y respondí que, probablemente, no lo haría… salvo que pudiera volver a encontrarme con mi Maestro, Y. Kitaura.
Porque el aikido que yo conocí era otra cosa.
Éramos compañeros y, sobre todo, amigos. No importaba tanto de dónde venías, con qué grupo entrenabas o a qué asociación pertenecías. Compartíamos tatami, experiencias y entrenamientos. El aikido era, ante todo, una práctica compartida.
Hoy tengo la sensación de que hemos levantado demasiadas fronteras. Grupos, asociaciones, siglas, pertenencias… A veces parece que para compartir un tatami primero hay que demostrar que perteneces al lugar adecuado.
Y me pregunto: ¿qué ha pasado?
El aikido sigue siendo, para mí, una práctica extraordinaria, con unos principios muy bellos. Pero ¿de qué sirven esos principios si no somos capaces de aplicarlos en nuestra forma de relacionarnos?
Quizá la ausencia de competición, que considero una de sus grandes virtudes, también puede hacer que nos encerremos en nuestro propio mundo y acabemos creyendo nuestros propios fantasmas:
El maestro perfecto.
La organización perfecta.
El «verdadero aikido».
Después de casi toda una vida practicando, a veces siento que el aikido se está convirtiendo en una de las prácticas más divididas y, quizá, más tóxicas que conozco.
Pero también me miro a mí mismo. Como instructor y como practicante, sé que he cometido errores y que también puedo haber contribuido a aquello que critico.
Por eso no quiero señalar culpables. Solo compartir una reflexión.
Quizá deberíamos volver a abrir las puertas, dejar de lado las siglas y recordar algo muy sencillo:
Nadie es propietario del aikido.
El aikido es mucho más grande que nosotros.
Quizá todavía está ahí, en el tatami, cuando dejamos atrás nuestros fantasmas y volvemos a ser, simplemente, compañeros.
Esta es solo mi reflexión personal. No pretende tener la razón. Solo abrir un espacio para pensar y, si es posible, para volver a encontrarnos.
Jaume Gelabert