09/09/2026
Cuando ella duerme apacible creyendo que el mundo son sus sueños, él trama sobre un papel satisfacerla.
Ninguno de los dos consigue gran cosa.
Ella, frente a la incertidumbre que le producen sus propios sueños, para seguir temblando, sueña.
Él espera, porque no sabe hacer otra cosa que escribir versos, que los sueños de ella cristalizados por él sobre un papel se transformen, ahora, en lingotes de oro.
Ella duerme para soñar, porque el mundo que le interesa son los versos de él.
Él no puede dormir ni de día ni de noche y no deja de soñar.
Después con el tiempo terminan siendo dos desgraciados.
Cuando él, por fin, consigue algunos lingotes de oro, ella ya no sueña, ha comenzado a trabajar.
Cuando vuelve de trabajar él le grita para animarla: Vamos querida, la poesía es un arma cargada de futuro y usted es ella.
Ella, mientras tanto, en los momentos libres, aprovecha y duerme y mientras duerme sueña que sueña todo el día.
Él sabe que ella nunca se lo perdonará y, sin embargo, sigue dibujando sobre un papel los más íntimos detalles de todo el recorrido.
Ninguno de los dos puede con lo que es. Como si estuvieran viviendo en un país pero sometidos a las leyes de otro país.
Y antes de cerrar el paréntesis decir que sólo hemos podido ver (cayendo en el error en que todo el mundo cae) las diferencias que existen entre un poeta y una mujer. Pero hemos dejado para fundamentar con el tiempo que más allá de la gran diferencia donde la poesía determina y ella padece, la mujer y la poesía son semejantes en todo.
Miguel Oscar Menassa