07/09/2026
¿Recuerdas cuando eras pequeña y te tirabas horas mirando las nubes?
No necesitabas que pasara nada.
Ni siquiera esperabas encontrar una forma concreta.
Mirabas.
También perseguías bichos, recogías piedras, te detenías ante cualquier cosa que despertara tu curiosidad y hacías preguntas que conseguían agotar la paciencia del adulto más resistente.
El mundo era interesante, todo lo era, porque todavía no habías aprendido a preguntarte para qué servía cada cosa.
Después creciste. Crecimos.
Y empezamos a llenar las horas.
Nos dijeron que prestar atención sin un propósito es distraerse. Que estar quietas es perder el tiempo, que siempre hay algo más urgente esperando.
Y funcionó estupendamente.
Ahora pasamos horas delante de una pantalla sin cuestionarlo, pero contemplar cómo una araña construye su tela durante diez minutos parece una extravagancia.
Tiene gracia.
Porque mientras aprendíamos a ocupar cada minuto, dejábamos de percibir muchas de las cosas que ocurrían a nuestro alrededor.
No desaparecieron.
Fuimos nosotras quienes dejamos de prestarles atención.
Quizás por eso algunas sentimos ahora esa necesidad casi física de detenernos, salir fuera, levantar la cabeza, tocar la Tierra, observar un animal o descubrir qué está creciendo entre las grietas del asfalto.
No estamos perdiendo el tiempo.
Estamos recuperando el asombro.
Esa capacidad de detenernos ante algo sin necesitar que nos resulte útil, nos enseñe nada o produzca algún beneficio.
Así que mira las nubes.
Observa el bicho.
Recoge la piedra.
Haz la pregunta.
Dedica tiempo a aquello que aparentemente no sirve para nada.
Quizás descubras que algunas de esas cosas eran bastante más importantes de lo que nos hicieron creer.
Nos enseñaron a no mirar.
Elegimos desobedecer.