03/09/2019
Es cuando acontece lo inesperado que nuestro cerebro se ve realmente afectado, cuando se producen nuevas conexiones. Los estudios recientes de neurociencia apuntan a que es lo ambiguo lo que nos activa. Es cuando surgen las preguntas ante lo que no esperamos, ante lo que rompe los patrones preestablecidos y, como a mi me gusta llamarlo, surge la esperanza del cambio tras la reflexión.
Cuando llegas a Aponiente, sito en un antiguo molino de agua a los pies del río Guadalete, lo primero que piensas es que te has equivocado, que el gps te ha jugado una mala pasada. Porque uno de los restaurantes más prestigiosos no sólo de España, sino del mundo, no puede estar en una suerte de polígono frente a la Renfe a las afueras del Puerto de Santa María. Pero cuando cruzas sus puertas y te explican dónde estás, y entiendes el porqué de que esté allí este templo de la creación gastronómica, todo cobra sentido y comprendes que no podría estar en otro lugar. Es ese desconcierto inicial, esa sorpresa, ese ir desvelándose el enigma, lo que hace que la experiencia tenga un valor excepcional. Y te modifica, porque todo, absolutamente todo, se rige bajo esa premisa: NADA ES LO QUE PARECE, toda la profundidad está aquí y ahora, configurándose ante todos tus sentidos de una forma absolutamente desconocida para ti. No tiene que ver con nada que antes conocieras, las conexiones son otras. Y todo juega un papel fundamental. Una textura conocida guarda un sabor antagónico a lo que tus sentidos predicen. Porque no sólo es gusto, sino también vista y olfato. Una NUEVA realidad se despliega, una nueva posibilidad. Entonces comprendes que esto es otra cosa, que el proceso creativo ha elevado la gastronomía a la categoría de poesía, que la tradición se torna excelencia porque se busca en la herencia, que los pescados de descarte ahora se visten de mantequilla de caviar para tornarse manjar y lo mundano es ahora exquisito porque se ha prestado la atención a lo que, de cotidiano, pasa siempre desapercibido. Se ha escuchado lo más hondo, se ha buceado al mismísimo centro del alma marino.
Y entonces pienso que esto tiene tanto que ver con lo nuestro... porque al fin y al cabo, perseguimos la esencia del arte, el milagro de la creación.
Cuando hacíamos “Se Traspasa” la gente nos decía, sobre todo, que pensaban que se habían equivocado de lugar al toparse con la fachada de esa tienda-caja de sorpresas que era nuestro escenario.
Benditas equivocaciones que nos sacan de nuestra realidad para mostrarnos nuevas existencias. Benditos procesos creativos que nos instauran preguntas nuevas y nos animan a seguir explorando, a la conquista de la poesía en lo más profundo.
No hemos podido ser más afortunados. No hemos podido llevarnos en la piel mejor inspiración.
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